Benedicto XVI: ocho años fundamentales para la Doctrina social de la Iglesia

El 19 de abril marcaba el aniversario de la elección de Benedicto XVI como Sumo Pontífice (19 de abril de 2005). Un pontificado lleno de gran riqueza, también para la Doctrina social de la Iglesia, y con una característica especial: la importancia de su aportación a la Doctrina social se debe, no tanto a las enseñanzas directas en este ámbito, sino de manera más general a la aclaración sobre los cimientos de la enseñanza social de la Iglesia. Me gustaría aclarar este punto que, habitualmente, no se resalta lo suficiente.

La encíclica Deus Caritas est (2005) contiene un párrafo largo, el n. 48, que podemos considerar una pequeña encíclica social. La Caritas in veritate (2009) es una encíclica plenamente social, con la que se conmemora la Populorum progressio de Pablo VI. Los Mensajes para la Jornada mundial de la Paz de los ocho años de pontificado contienen importantes enseñanzas sociales. También hay algunos discursos memorables, como por ejemplo, el que pronunció ante el Parlamento alemán en 2011, cuyos temas fundamentales eran el poder y el derecho natural. Sin embargo, y sin quitar nada a la importancia de estas intervenciones, el mayor mérito del papa Benedicto ha sido el de haber ahondado, como ninguno de sus predecesores, en los principios que hacen que la Doctrina social de la Iglesia no sólo sea posible, sino también necesaria. Me gustaría intentar ilustrar aquí, brevemente, por lo menos tres de estos principios, que considero muy relevantes.

El primero de ellos consiste en haber afirmado de nuevo, con una gran profundidad filosófica y teológica, la relación entre la naturaleza y lo sobrenatural, siguiendo los pasos de la insuperable tradición cristiana. Pensemos, por ejemplo, en el discurso en el Colegio de los Bernardinos, en París (2008). En él explica que buscar a Dios (Quaerere Deum) debe ser el primer gran deber de la Iglesia, como lo era para los monjes medievales, puesto que de ello deriva la justa organización del mundo: ocuparse de las almas asilvestradas permite, además, bonificar las ciénagas y cultivar la tierra. Enseñanzas de este tipo -y el magisterio de Benedicto XVI tiene una gran riqueza en este sentido- tienen gran importancia para la Doctrina social de la Iglesia. En el discurso en los Bernardinos se ratificaba, con la típica levedad y el buen gusto intelectual que caracterizan al papa Benedicto, que sin las cosas últimas tampoco hay las penúltimas, que sin Dios no hay hombre y que si la Doctrina social de la Iglesia deja de ser evangelización tampoco será promoción humana. El primado de Dios, confirmado en este discurso, implicaba también un lugar en el mundo para Dios, también en la escena pública, porque si toda la ciudad no busca a Dios, la política no alcanza sus propios fines. Era el gran tema del primado de la gracia sobre la naturaleza a fin de evitar cualquier forma de pelagianismo y de naturalismo político.

El segundo principio de gran importancia estructural es el tema de la verdad, que permite unir entre ellas a la razón y la fe. El catolicismo es la religio vera que entra en relación con la razón en virtud de esta verdad y que hace que la razón misma sea verdadera, mientras que las otras religiones no son capaces de plantearle a la razón el problema de su verdad y de exigirla, puesto que no tienen una exigencia plena de verdad, como tiene, en cambio, la religión “de rostro humano”, es decir, el catolicismo. Esta es la religión del Logos y no del mito; por lo tanto, es la religión que hace libres. Dado que el más no proviene del menos, no es posible que el orden y la inteligencia humanas hayan nacido de la casualidad o del determinismo, sino que se derivan de la Sabiduría ordenadora de Dios. Benedicto XVI confirmaba, así, la importancia de la ley moral natural y del derecho natural, temas a los que ha dedicado muchísimas de sus enseñanzas, autónomas en su ámbito y, al mismo tiempo, necesitadas de la religio vera, sin la cual la inteligencia humana pierde la confianza en sí misma.

El tercer principio de gran relevancia es la enseñanza sobre el concepto correcto de laicidad, también este un tema fundamental para la Doctrina social de la Iglesia, porque define las relaciones entre política y religión. Benedicto XVI ha afirmado en numerosas ocasiones que en Occidente ha nacido, por primera vez, una cultura no sólo dependiente, sino también contraria a la religión. Esto sucedió sobre todo con la Ilustración. Dado que es imposible pensar en una laicidad como zona neutra de las religiones, esta laicidad pronto se transforma en antirreligiosa. Es como decir que es imposible una laicidad moderada o abierta, y que la laicidad moderna siempre es también laicismo. De aquí la conclusión más importante de este discurso: un mundo sin Dios es un mundo contra Dios. Y de aquí también la famosa provocación a los laicos de vivir como si Dios no existiera. Por último, de aquí parte también la idea de que cuando la razón política expulsa a Dios de la escena pública, ella misma se transforma en una nueva religión, en Dios.

Los tres principios que he resaltado de manera resumida son base suficiente para releer y corregir muchos recorridos de la teología católica que se han salido del camino correcto, muchas teorías católicas de la política y muchos comportamientos prácticos de los católicos en la escena pública. Por todo esto, el magisterio de Benedicto XVI sigue teniendo una importancia fundamental para la Doctrina social, por lo que no hay que olvidarlo en absoluto, aunque nos impidieran de muchas maneras recordarlo.

Stefano Fontana