INDIVIDUO, SOCIEDAD E INSTITUCIONES: COLABORACIÓN POR EL BIEN COMÚN. Intervención en el Congreso “Un Manifiesto para Europa”

17760116_1883648138539485_2515703142095214521_n

La colaboración en Europa entre individuos, sociedades e instituciones por el bien común requiere examinar, al menos, los dos conceptos de bien común y subsidiaridad. En esta breve intervención he decidido comparar estos dos principios de la Doctrina social de la Iglesia con su realización en la organización y en la práctica de la Unión Europea. Distingo, como es natural, entre Europa, proceso de unificación europea y Unión Europea. Es erróneo hacer coincidir estos tres elementos. Los dos principios del bien común y la subsidiaridad, tal y como los define la Doctrina social de la Iglesia, pertenecen a Europa por naturaleza y por historia; se trata de ver si han sido recibidos correctamente en el proceso de unificación europea y en la Unión europea. Si no fuese así se podría deducir que el proceso de unificación ha socavado elementos importantes de “europeidad”, favoreciendo un europeísmo sin europeidad, o sea el europeísmo como ideología.

*****

Para la Doctrina social de la Iglesia, el bien común tiene algunas características esenciales. La primera es la de la moralidad: no es un concepto cuantitativo sino cualitativo, la buena vida de todos los europeos y de cada europeo en cuanto hombre. El sentido moral de la expresión está certificado por la presencia de la palabra “bien”. A no ser que se entienda la palabra según significados impropios y reductores, esta llama a un orden final al que hay que corresponder. El resultado es que una visión utilitarista, convencional y relativista del bien no es capaz de fundar el bien común. Este es el primer punto y es, como se ve, verdaderamente fundamental.

Para la Doctrina social de la Iglesia el bien común es, por lo tanto, un concepto también finalista: he aquí el segundo punto. Es el fin el que constituye el bien: sin un fin natural para alcanzar el bien común se convierte o en la suma de los deseos individuales (el interés general) o en el bien del poder político (el bien público). Para saber qué es el bien tengo que saber qué es el hombre y cuál es su finalidad, pero es precisamente esta la principal debilidad cultural del proceso de unificación de Europa que, como escribió Remi Brague, “ha pasado a ser incapaz de decir por qué es bueno que haya hombres”, por lo cual “somos incapaces de creer en el valor del hombre”.

En tercer lugar, para la Doctrina social de la Iglesia el bien común es analógico y orgánico. No hay un único bien común (el bienestar colectivo), sino que este se articula en el bien de las personas, de las familias, de las empresas, de las naciones etc. El bien común es articulado, compuesto, sinfónico: las justas relaciones naturales de las partes entre ellas y hacia el todo. Ello requiere que cada nivel social tenga y persiga el propio bien común entendido como respuesta a la propia finalidad natural en el ejercicio de las actividades y funciones a él adaptadas. El individuo vive dentro de sociedades naturales (como por ejemplo, la familia) y elegidas (como por ejemplo, un cuerpo social intermedio), las cuales participan en la construcción del bien común en el sentido orgánico, y no en el sentido de una pluralidad de individuos situados frente a un individuo que es más fuerte que los demás: el Poder Público. Hoy en día, a los ciudadanos se les pone frente al Estado y frente a la Unión Europea según el mismo esquema: de individuo a Individuo.

Por esto no existe en la Doctrina social de la Iglesia el concepto de soberanía, porque cada realidad social actúa según los deberes que tiene hacia el orden finalista que le corresponde, todas se reconocen ante un superior. El bien es el orden de las cosas en cuanto poseedoras de un fin natural por alcanzar. O hay una naturaleza finalista de las cosas -de la persona, de la familia, de la empresa, de los municipios, de las agrupaciones sociales, de las naciones etc.-, cuya consecución corresponde al orden común, o el bien común es convencional, débil e infundado.

En cuarto lugar, el bien común tiene una estructura subsidiaria, con la que nos conectamos expresamente con el otro principio que tenemos que examinar. Subsidiaria quiere decir solidaria según el orden natural y finalista de las articulaciones sociales. ¿Por qué la sociedad de orden superior tiene que ayudar y proteger a la de orden inferior? Porque esta puede alcanzar su fin natural y sólo por esto. La ayuda subsidiaria es una verdadera forma de solidaridad. Es erróneo pensar en la solidaridad como algo distinto a la subsidiaridad, porque coincide con ella.

El último elemento del bien común según la Doctrina social de la Iglesia es la verticalidad. El bien común no es posible sin el último fundamento del bien; es decir, el Bien-en-sí. Si hay un orden natural finalista que funda el bien común, tiene que haber también un Fin último, sin el cual incluso los fines intermedios pierden el significado. Considerado sólo en sentido humano, el bien común carece del absolutismo del cual, en cambio, tiene necesidad y que no sabe proporcionarse solo, como evidenciaron también pensadores laicos como Habermas o Böckenförde. El bien común es un concepto ético, pero la ética no se basa en sí misma porque el hombre no se funda sobre sí mismo. El bien común requiere de un último fundamento trascendente y esto explica la conocida insistencia de Juan Pablo II en su deseo de incluir la referencia a Dios en la Constitución Europea, y la provocadora invitación de Benedicto XVI a vivir como si Dios fuese: etsi Deus daretur. “Para creer en Europa necesitamos creer no sólo en Europa” (Brague).

*****

Comprobemos ahora, brevemente, la presencia de estos elementos del bien común y de la subsidiaridad en la estructura y en la práctica de la Unión Europea.

Es difícil sostener que la Unión Europea asume el bien común en un sentido moral, es decir, de manera no funcional o convencional. Tal vez este concepto estaba presente en los Padres fundadores católicos,  pero no en el Manifiesto de Ventotene, de tipo ilustrado. Hoy, la ideología de la Unión Europea parece fundarse únicamente en el principio de autodeterminación: la libertad desvinculada de la verdad que no sea una verdad convencionalmente establecida y, por lo tanto, funcional a la libertad; derechos desvinculados de los deberes que no sean los convencionalmente definidos y, por lo tanto, funcionales a los derechos.

Dadas estas premisas, es difícil pensar que lo que hoy está presente en la Unión Europea sea un bien común entendido en sentido finalista. Podemos decir que la Unión Europea es un compromiso entre soberanismos, es decir, entre distintos fines arbitrarios. Hoy se usa mucha la palabra soberanismo para indicar una resistencia a los procesos de integración supranacionales en nombre de la soberanía estatal. Pero no es la única forma de soberanismo. Existe también el soberanismo de las varias esferas sociales, cada una de las cuales se considera soberana en su orden; existe el soberanismo de los Estados que se consideran tales en su orden; existe el soberanismo de las instituciones europeas que, a menudo, se imponen a sí mismas y a la propia ideología a niveles socialmente subordinados.

El de la Unión Europea no es ni siquiera un bien común analógico y orgánico. La Unión no es una “comunidad de comunidades” y no tiene la estructura articulada y orgánica de los antiguos imperios. De su centro emanan muchas dinámicas que se remontan a las realidades de las familias o de las naciones uniformándolas.

El bien común en la Unión Europea no tiene ni siquiera una naturaleza subsidiaria, a pesar de que el Tratado de Maastricht contemple formalmente esta noción que, sin embargo, entiende como a)  atribución desde arriba de funciones descentradas y b) como instrumento funcional para hacer más eficiente el sistema mediante la proximidad con el ciudadano. La subsidiaridad implica que tanto quien ayude al cuerpo social inferior, como quien pretenda tener espacios de autonomía del cuerpo social superior, lo haga en obsequio a una finalidad natural que hay que alcanzar, y no por una funcionalidad práctica o por responder a ciertos deseos. Actualmente, ningún documento fundador de la Unión Europea y ninguna práctica de sus instituciones hace referencia a un orden natural finalista. En muchísimos campos, la Unión Europea está trabajando para contradecir elementos de orden natural finalista, empezando por la vida y la familia hasta llegar a las comunidades locales y nacionales.

El concepto de bien común de la Unión Europea respeta su carácter vertical menos de lo que respeta los aspectos hasta ahora vistos. Como mucho la Unión Europea puede: a) considerar las religiones como un hecho privado que hay que prohibir de la plaza pública; b) considerar que todas las religiones tienen, indiferentemente, un derecho público. En ambos casos, la razón política de la Unión Europea ha elegido dogmáticamente la indiferencia hacia las religiones en el sentido de no medirse con la “verdad” o no de las religiones. Para la Doctrina social de la Iglesia, en cambio, el bien común requiere no solo y no tanto un apertura genérica gnóstica al trascendente, sino una seria confrontación con la verdad de las religiones y, por lo tanto, con la religio vera.

La colaboración por el bien común en la Europa de individuos, sociedades e instituciones es muy difícil hoy en día, en cuanto la Unión Europea se ha estructurado ella misma sobre principios que plantean serias dificultades a esta colaboración. La Unión Europea es la primera financiadora del aborto en el mundo y empuja para que los demás Estados miembros adopten la legislación en favor del matrimonio entre personas del mismo sexo; la jurisprudencia europea establece precedentes para las legislaciones nacionales en detrimento del derecho natural, las naciones están consideradas en sentido prevalentemente folklórico y la defensa de la identidad cultural es criticada como nacionalismo; se va hacia un globalismo europeo que coincide, indebidamente, con la solidaridad entre pueblos europeos… he aquí algunos ejemplos de la dificultad de susodicha colaboración.

De los posibles desarrollos futuros me gustaría señalar estos tres simples puntos:

  • Remi Brague dice que Europa ya no cree en nada. El juicio es fiable y plantea la pregunta: ¿por qué tendríamos que creer en Europa, si esta ya no cree en nada? Brague no dice Unión Europea, dice Europa. Si la Unión Europea ya no cree en nada es porque Europa ya no cree en nada. Si es así, es necesario retomar el discurso de Europa más que el de la Unión Europea, que seguirá en consecuencia.
  • La Unión Europea, en el fondo, ha adoptado el esquema hobbesiano del Estado moderno como Summum artificium y Gran Individuo. Por esto, un probable desarrollo en unos Estados Unidos de Europa es preocupante porque se colocaría en este esquema.
  • Ciertamente, un Parlamento que no puede proponer leyes es un absurdo democrático y todos observan un gran déficit de democracia en la Unión Europea. Sin embargo, la solución no llegará sólo de “más democracia” si se permanece dentro de la concepción de democracia propia del Manifiesto de Ventotene, y no en la indicada por la Doctrina social de la Iglesia.

En conclusión, no hay necesidad de “más Europa”; hay necesidad de creer en algo más que en Europa.

 

Stefano Fontana

Verona, 22 a de febrero de 2019

 

Referencias

AA.VV., Il posto di Dio in Europa, “Bollettino di Dottrina sociale della Chiesa”, VIII (2012) 1.

  1. VV., Magna Europa. L’Europa fuori dell’Europa, A cura di CANTONI, Giovanni e PAPPALARDO, Francesco, D’Ettoris, Crotone 2006.

AA.VV., Rivoluzione francese e coscienza europea oggi. Un bilancio, a cura di Danilo Castellano, Edizioni Scientifiche Italiane, Napoli 1991.

BAGET-BOZZO, Gianni, Tra nichilismo e islam. L’Europa come colpa, Mondadori, Milano 2006.

BATTISTI, Gianfranco, Europa: Le molte ragioni di una crisi epocale, in Osservatorio cardinale Van Thuân, Europa: la fine delle illusioni. IX Rapporto sulla Dottrina sociale della Chiesa nel mondo, Cantagalli, Siena 2017, pp. 123-146.

BÖCHENFÖRDE, Ernst-Wolfgang, Diritto e secolarizzazione. Dallo Stato moderno all’Europa unita, Laterza, Roma-Bari.

BRAGUE, Rémi, – GRIMI, Elisa, Contro il cristianismo e l’umanismo, Cantagalli, Siena 2015.

DAWSON, Christopher, Il dilemma moderno. Senza il cristianesimo l’Europa ha un futuro?, Lindau, Torino 2012.

FONTANA, Stefano, Ex captivitate salus. Se sia ancora attuale io concetto di  guerra civile europea, Osservatorio cardinale Van Thuân, Europa: la fine delle illusioni. IX Rapporto sulla Dottrina sociale della Chiesa nel mondo, Cantagalli, Siena 2017, pp. 147-156.

GILSON, Étienne, Le metamorfosi della città di Dio, Cantagalli, Siena 2010.

GIOVANNI PAOLO II, Memoria e identità, Rizzoli, Milano 2005.

HABERMAS, Jünger, Questa Europa è in crisi, Laerza-Roma-Bari 2012.

LAQUEUR, Walter, Gli ultimi giorni dell’Europa. Epitaffio per un vecchio continente, Marsilio, Venezia 2008.

MEOTTI, Giulio, Il suicidio della cultura occidentale. Così l’islam radicale sta vincendo, Lindau, Torino 2016.

ID., La fine dell’Europa. Nuove moschee e chiese abbandonate, Cantagalli, Siena 2016.

NEMO, Philippe, La bella morte dell’ateismo moderno, Rubbettino, Soveria Mannelli 2015.

OSSERVATORIO CARDINALE VAN THUÂN SULLA DOTTRINA SOCIALE DELLA CHIESA, Europa, la fine delle illusioni, IX Rapporto sulla Dottrina sociale della Chiesa nel Mondo, a cura di Giampaolo Crepaldi e Stefano Fontana, Cantagalli, Siena 1017.

PERA, Marcello, Perché dobbiamo dirci cristiani. Il liberalismo, l’Europa, l’etica, Mondadori, Milano 2008.

RATZINGER, Josef, L’Europa di Benedetto nella crisi delle culture, Cantagalli, Siena 2005.

ID., Europa, suoi fondamenti spirituali ieri, oggi e domani, in M. Pera-J. Ratzinger, Senza radici. Europa relativismo cristianesimo Islam,  Mondadori, Milano

ROCCELLA, Eugenia-SCARAFFIA, Lucetta, Contro il cristianesimo. L’ONU e l’Unione europea come nuova ideologia, Piemme, Casale Monferrato 2005.

SCHMITT, Carl, Terra e mare, Adelphi, Milano 2002.

ID.,  Ex Captivitate Salus, Adelphi, Milano 1987.

SPAEMANN, Robert, La cultura europea e il nichilismo banale, “Studi Cattolici”, n. 623, Gennaio 2013, pp. 4-7.