La empresa: una comunión de capital y de trabajo. Por Germán Masserdotti

Masserdotti

Hace unas semanas destacábamos “la feliz comunión entre el trabajo y el capital que, en vistas al desarrollo integral del hombre, debe ser fomentada por el Estado, garante del bien común politico, de acuerdo al principio de subsidiariedad y que, por esto mismo, no debe olvidar que los actores principales de esta relación trabajo–capital son los trabajadores y los empresarios mancomunados en un fin común”. Y concluíamos: “Al fin de cuentas, la empresa es no solamente una comunidad de trabajo sino, en primer lugar, una comunidad de vida” (“Trabajo y capital, no trabajo o capital”, La Prensa, 16 de junio de 2020).

A la vista de la falsa oposición de contradicción que algunas voces pregonan entre los empresarios y los trabajadores al poner más el foco en el conflicto que en las soluciones ante los problemas social-económicos que se siguen de una carentena mal implementada por las autoridades gubernamentales, nos parece oportuno recordar algunas enseñanzas pontificias sobre las relaciones entre ambos protagonistas de la vida empresarial. En esta oportunidad nos acompañará la pluma de Pío XII.

A propósito de su magisterio social, apuntamos el dato de un libro casi inhallable que vale mucho: “La Economía Social en el pensamiento de Pío XII” cuyos textos fueron seleccionados y ordenados por César H. Belaunde y fue editado por Emecé Editores S. A. en 1954 bajo el auspicio del Instituto Católico de la Cultura (Buenos Aires). (foto)

Enseña Pío XII: “En el dominio económico hay una comunidad de actividades y de intereses entre los jefes de empresa y los obreros [empleados]. Desconocer este vínculo recíproco, trabajar para romperlo, no puede ser más que índice de una pretensión de despotismo ciego e irracional. Empresarios y obreros [empleados] no son antagonistas inconciliables; son cooperadores en una obra común” (Alocución, 7 de mayo de 1949).

“La Iglesia exhorta igualmente a todo aquello que contribuye a que las relaciones entre patronos y trabajadores sean más humanas, más cristianas, y estén animadas de mutua confianza. La lucha de clases nunca puede ser un fin social. Las discusiones entre patronos y trabajadores deben tener como fin principal la concordia y la colaboración” (Radiomensaje, 11 de marzo de 1951).

En primer lugar, entonces, conviene reparar en lo siguiente: en el dominio económico hay una continuidad de actividades y de intereses entre los jefes de empresa y los obreros [empleados]. Es decir, la empresa es una comunidad de trabajo. Pero, y este segundo elemento no debe ser perdido de vista, en su raíz es una comunidad de vida. Desde miradas economicistas que se retroalimentan y que no logran la paz social, esta condición de la empresa resulta ininteligible.

Pero, como bien ha explicado san Juan Pablo II, “La doctrina social de la Iglesia no es, pues, una «tercera vía» entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categoría propia. No es tampoco una ideología sino la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial” (Sollicitudo rei socialis, 30 de diciembre de 1987, 41).

Esta mirada evangélica y teológica de la Doctrina Social de la Iglesia es la que explica que Pío XII exhorte igualmente “a todo aquello que contribuye a que las relaciones entre patronos y trabajadores sean más humanas, más cristianas, y estén animadas de mutua confianza”.

La lucha de clases –termino arcaico, dicho sea de paso– nunca puede ser un fin social. El fin principal debe ser “la concordia y a colaboración” entre los hacedores de la vida económica.

Hace unos meses, Miguel Ángel Iribarne señaló que “el verdadero enfrentamiento que marca a nuestra sociedad nacional y que obsta al pleno desarrollo de sus potencialidades, potencialidades de las que tuvimos destellos en la época del Primer Centenario, es el que opone la Clase Política con los Clases Medias productivas del país” (“Lucha de clases en la Argentina”, La Prensa, 16 de febrero de 2020).

La cita viene a cuento, nos parece, dado que en esas Clases Medias productivas de nuestra querida Argentina están incluidos, desde una perspectiva social-económica, tanto los empresarios como los trabajadores. Y deben estarlo teniendo presente que su fin principal, como enseñó Pío XII, debe ser “la concordia y la colaboración”.

Comunión entre el trabajo y el capital en la empresa como comunidad de vida, entonces, y el Estado como garante del bien común politico, de acuerdo al principio de subsidiariedad. Así, nos parece, y no de otra manera, se forjará una Argentina con auténtica justicia social y no con discursos para la tribuna.