La Pacem in terris. Último regalo de Juan XXIII

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Publisher: Cantagalli
Pages: 194
Price: €12,00

Ya está en librería el decimotercer volumen de la colección del Observatorio con la editorial Cantagalli de Siena: Ettore Malnati y Marco Roncalli, “Pacem in terris. Último regalo de Juan XXIII” (Introducción de Mons. Giampaolo Crepaldi), Cantagalli, Siena 2013. Ofrecemos en adelanto, la introducción del Arzobispo Mons. Crepaldi. 

 

PRÓLOGO

La Pacem in terris a la luz de la hermenéutica de la reforma en la continuidad

 

Como se sabe, la doctrina social de la Iglesia es siempre antigua y siempre nueva. En ella hay algo que permanece y algo que cambia. Sin embargo a menudo la atención de lectores y analistas se centra más en lo que cambia, porque las novedades atraen más la curiosidad humana y también porque todos buscamos instrumentos que nos ayuden a afrontar nuestro presente. 

Esto es comprensible. Sin embargo, cuando el “novismo” se adueña de esta clave de lectura, la correcta interpretación de una encíclica puede ser desfigurada y comprendida no sólo de acuerdo a su legítima novedad en relación al magisterio anterior, sino en orden a una presunta novedad procedente de las crónicas periodísticas y que solo satisface el paladar de quien busca lo nuevo por lo nuevo. Precisamente de estos “innovadores” se había distanciado el magisterio social desde sus primeros documentos a finales del ochocientos. Pero ni siquiera la Pacem en terris pudo ponerse a salvo de estas lecturas tendenciosas.

En este quincuagésimo aniversario de su publicación, creo que es importante volver al texto en su integridad, recuperarlo en todos sus aspectos, tanto aquellos que pertenecen a la enseñanza social de siempre de la Iglesia, como aquellos que fueron la respuesta a los problemas específicos de los primeros años del sesenta. Sólo de esta manera esas palabras también nos hablarán hoy. En efecto, lo que en los primeros años del sesenta pudo ser considerado una novedad, hoy puede no serlo más, y si se nos detiene sólo en ello la Pacem in terris hoy quedaría muda.

Un primer modo de conseguir este objetivo es tener claro que la “novedad” de la encíclica no proviene, como normalmente se piensa, de los hechos nuevos que aparecieron en esa etapa de la historia, sino de la eterna juventud del Evangelio. De lo contrario las encíclicas tendrían el mismo valor que una encuesta sociológica, o una reseña de reportajes periodísticos. La novedad de la Pacem in terris no está en el hecho de que ella hablara del ingreso de la mujer al mundo del trabajo, y que de esto las anteriores encíclicas hayan dicho menos o nada, por lo que habrían sido supuestamente superadas. Consideremos que el Evangelio no habla del ingreso de la mujer al mundo del trabajo, pero continúa siendo muy actual. Esto mismo se aplica también para las otras numerosas novedades de las que habla la Pacem in terris, como por ejemplo la independencia de los jóvenes Estados frente al poder colonial o el surgimiento de las clases trabajadoras. La novedad de la encíclica, en todo caso, es haber interpretado estos hechos a la luz del Evangelio. En esto ella es nueva, pero para hacerlo ha empleado la luz de siempre, una luz antigua. 

Sin duda, es nueva también en este otro sentido: Los hechos nuevos interpelan a la Iglesia misma, que no vive en el vacío sino en la historia, y así la obligan, no a adaptarse pasivamente a lo nuevo como si fuera por esto mismo válido, sino a recurrir a su propia tradición de fuerzas espirituales, intelectuales y morales para hacerle frente evangélicamente. Sobre este punto se ha caído en una gran confusión. La Iglesia no debe perseguir las novedades para mantenerse al paso de los tiempos. Sin embargo, su aggiornamento a menudo se ha interpretado así, convirtiendo en testimonio de una idea similar a la Pacem en terris, pero yo creo que de forma equivocada y sin razón. La Iglesia debe dejarse interrogar por las novedades y no fingir que no sucede nada, pero debe discernir, a la luz de la tradición apostólica, para reconocer en ellas lo que es bueno para el hombre según el Evangelio y lo que no.

Benedicto XVI ha mostrado el camino de la hermenéutica de la reforma en la continuidad para comprender el Concilio Vaticano II. Creo que el mismo camino puede ser recorrido para examinar cualquier documento del magisterio y también la Pacem in terris. En todos estos documentos vamos a encontrar aspectos de reforma, pero éstos no afectan nunca los principios, que entran en la categoría de continuidad.

Los aspectos de reforma presentes en la Pacem in terris están bien explicados por los dos artículos publicados en este libro. Recordemos por ejemplo la distinción entre teorías históricas falsas y corrientes históricas, entre el error y el hombre que lo profesa, cómo se dirige esta encíclica a todos los hombres de buena voluntad, la petición de una autoridad pública mundial, la condena de la guerra y así sucesivamente. Sin embargo al centrar la atención preferentemente en las novedades, se corre el riesgo, incluso sin quererlo, de contraponer este documento a los anteriores, el pontificado de Juan XXIII o el de Pío XII, arriesgándose a perder la continuidad. Me gustaría repetirlo para no correr riesgos de ambigüedad: a menudo ésto ocurre en virtud de una ideología específica que se llama novismo, o modernismo, o progresismo, que en la Iglesia no tienen sentido; sin embargo, a menudo se trata de una actitud espontánea que, sin quererlo, se siente tan atraída por lo nuevo, que en la práctica acaba por separarlo de lo antiguo.

Por lo tanto quisiera intentar resaltar algunos aspectos de la Pacem in terris en los que está presente lo antiguo, no en el sentido arqueológico del término, sino en el sentido de la tradición, es decir, de aquello que, por ser herencia cristiana, no cambia. Se notará, al leer las siguientes líneas, que sobre estos elementos se habla poco hoy en día, o que incluso han sido olvidados, pero que, sin embargo, están presentes en la encíclica del Papa Juan.

El primer elemento es el concepto de “orden social”. La encíclica comienza con la referencia al «orden establecido por Dios” (n. 1), un «orden maravilloso” (n. 2) porque es fruto de una Sabiduría infinita. A este orden pertenece también el orden en la humanidad, lo que le da el título al primer capítulo de la encíclica. Y en este orden están fundados los derechos humanos, que la encíclica puntualmente enumera y explica. 

Hoy en día la expresión “orden social” ya casi no es empleada y el concepto mismo casi se ha perdido. Pero según la Pacem in terris éste es indispensable, estuvo presente en todas las encíclicas sociales anteriores y también, aunque no con estas palabras, está en las siguientes hasta la Caritas in veritate. A él la doctrina social de la Iglesia no puede renunciar y no es correcto que se olvide su presencia en la Pacem in terris solo porque es un concepto que no está de moda.

El motivo por el que hoy no está de moda es, en mi opinión, porque el orden social hace referencia al Creador, en cuanto está inscrito en la creación sabia de Dios y no es fruto del azar o de la necesidad. Y, en este sentido Juan XXIII es muy claro: “El orden vigente en la sociedad es todo él de naturaleza espiritual. […] este orden espiritual, cuyos principios son universales, absolutos e inmutables, tiene su origen único en un Dios verdadero, personal y que trasciende a la naturaleza humana” (n. 37-38). “Dios, en efecto, –continúa la encíclica– por ser la primera verdad y el sumo bien, es la fuente más profunda de la cual puede extraer su vida verdadera una convivencia humana rectamente constituida, provechosa y adecuada a la dignidad del hombre” (n. 38). Con estas citas podemos ver que el tema de la “centralidad de Dios” en la construcción del orden social, deja sin fundamento a cualquier concepto superficial de laicidad, sin caer en formas de integrismo. El orden político es legítimamente autónomo pero no es autosuficiente. La centralidad en Dios es lo que vincula ininterrumpidamente todas las encíclicas y, naturalmente también a la Pacem in terris. Las novedades que ella contempla no cuestionan este principio fundamental, cuya negación implicaría poner entre paréntesis la creación y la redención.

Y es por ello que en la Pacem in terris también está presente otro concepto que hoy en día se tiene incluso vergüenza de emplearlo, y es el que toda autoridad proviene de Dios. La base de la encíclica es tomista, y en ese sentido, precisamente, el Papa cita a Santo Tomás. El razonamiento es simple y profundo al mismo tiempo. La autoridad consiste en la facultad de “mandar según la recta razón” (n. 47), De lo contrario sería arbitrariedad. Mandar según la recta razón significa tener en cuenta la ley natural impresa en la creación y conocida por inclinación de nuestra conciencia. Pero esta ley natural se basa en Dios creador. Por lo tanto, quién ejerce la autoridad lo hace como participación en la autoridad de Dios (n. 49). Quién toma decisiones arbitrarias, obviamente, lo hace sólo en su propio nombre y no obliga a la conciencia de nadie. Y esto que nos dice Juan XXIII, se aplica también para las democracias (n. 52). El hecho que la autoridad sea elegida por los ciudadanos no la exime de este deber de “participar” de la autoridad divina. 

De esto se deduce otro punto. El “bien común” debe incluir de alguna manera la referencia a Dios y no puede ser entendido solo en sentido horizontal, es decir, como organización material de la vida comunitaria. Juan XXIII hace referencia a la dimensión espiritual del bien común y también a la religiosa: “el bien común debe procurarse por tales vías y con tales medios que no sólo no pongan obstáculos a la salvación eterna del hombre, sino que, por el contrario, le ayuden a conseguirla” (n. 59).

Pues en este contexto debe ser entendido el capítulo V de la Pacem in terris, relativo a las “Normas para la acción temporal del cristiano”. Así vemos que se habla mucho de la apertura de Juan XXIII a la colaboración con los no creyentes, pero no se dice que el motivo es la presencia en todos de la luz de la razón natural que nos muestra la ley moral natural. Juan XXIII distingue entre teorías filosóficas falsas y corrientes históricas, y entre el error y el que lo profesa, no para desarrollar una colaboración imprudente, sino para confiar en la presencia de la luz de la conciencia en el ser humano, incluso cuando está atrapado por ideologías. Él dice también que “En tales ocasiones procuren los católicos ante todo ser siempre consecuentes consigo mismos y no aceptar jamás compromisos que puedan dañar la integridad de la religión o de la moral”, (n. 157. La frase es tomada de la encíclica Mater et magistra). 

En este quincuagésimo aniversario de la publicación de la Pacem in terris, que coincide significativamente con la canonización de Juan XXIII en el Año de la fe convocado por Benedicto XVI, espero que el texto de la encíclica sea entendido, valorado y actualizado. Para hacerlo, sin embargo, existe la necesidad de sacarlo de las crónicas de su tiempo, con las que está relacionado pero de las que no depende de manera determinante, y verlo en la gran tradición de la doctrina social de la Iglesia. Esto lo hará concreto, antes que abstracto, y actual, antes que superado.

 

S. E. Mons. Giampaolo Crepaldi

Arzobispo-Obispo de Trieste

Presidente del Observatorio Cardenal Van Thuân

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N. del T.: Este artículo es una traducción de su versión original en italiano, y todas las citas y referencias bibliográficas que se realizan sobre la encíclica Pacem in terris están tomando como fuente la versión en castellano de la encíclica (disponible en <http://www.vatican.va>), cuya numeración a veces no coincide con la versión en italiano de la Pacem in terris (también disponible en <http://www.vatican.va>) que toma como fuente el artículo original.