Las nuevas guerras de religión.

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Serie: Colana de Observatorio/13
Publisher: Cantagalli
Pages: 96
Price: €9,59

«El problema es que para un gobierno democrático, la libertad religiosa no es otra cosa que la libertad de culto, es decir, el derecho de creer en quién o en lo qué se quiera. Pero siempre que se haga en casa o en los lugares adecuados». Esto es lo que se puede leer en «Il Foglio» acerca de un reciente artículo de Matteo Matzuzzi (“La santissima stretta”, 12/03/2016). El periodista habla de la práctica religiosa en los EE.UU. donde la fe vivida, sobre todo a partir de la administración Obama, se ha reducido a «fetiche privado».

Es innegable que la cuestión religiosa o, mejor, la transformación del principio de laicidad en laicismo ideológico, es uno de los grandes problemas actuales. De ello habla también el reciente volumen, obra de varios autores, titulado “Le nuove guerre di religione”, publicado por Cantagalli (2016, pp. 96, 9,50 euros) en el que –como especifica el Arzobispo Mons. Giampaolo Crepaldi en la introducción–, junto a las «guerras de religión», se examina también la «guerra a la religión».

 

De cómo el secularismo ha destronado el dogma cristiano

 

Como señala Mons. Crepaldi, cuando los terroristas llevan a cabo los atentados franceses al periódico Charlie Hebdo o al teatro Bataclan, o las tropas de Boko Haram hacen masacres en Nigeria, se «trata de un claro retorno de las guerras de religión», porque la motivación religiosa ha sido el desencadenante. Pero cuando todo Occidente –y en particular los EE.UU. y Europa– considera que tiene que proclamar «la indiferencia a las religiones», borrando de facto la posibilidad de una expresión pública de la religión, es más exacto hablar de «guerra a la religión».

El Arzobispo profundiza estos temas en el libro, en el capítulo titulado “Laicità, Cristianesimo, Occidente. Un profilo di storia delle idee ”. Confirma, sobre todo, que el principio de laicidad fue transmitido por la fe cristiana. Tal como afirmó Joseph Ratzinger en varias ocasiones, la relación entre Occidente y la fe no fue en absoluto «una contingencia en la historia del cristianismo»; más bien dicha relación tuvo «un carácter fundamental». De hecho, se insiste demasiado poco sobre la importancia del dogma en todo el acontecimiento histórico occidental. Crepaldi lo hace reafirmando la verdad, a menudo omitida, según la cual «la Iglesia ha plasmado la civilización cristiana occidental con sus dogmas».

Es engañoso, a este respecto, relegar el dogma al solo ámbito sobrenatural o a la conciencia del creyente: al contrario, el dogma «se hace por su naturaleza historia y, por consiguiente, civilización», por vía de la salvación humana querida por Dios. Por ejemplo, sólo a través del dogma de la doble naturaleza de Cristo (humana y divina) ha sido posible –explica Crepaldi– preservar la civilización del nihilismo gnóstico, que rechazaba la materialidad de la familia, destruyendo sus bases. El dogma de la Inmaculada Concepción, además, ha contrastado los males causados por la negación del pecado original, sin el cual el hombre es bueno y sólo está destinado al progreso, sin necesidad alguna de la Gracia.

Incluso la modernidad, enemiga del dogma casi por definición, se ha reducido a tener que sustituir los dogmas católicos con otros dogmas de tipo laicista, cuya peculiaridad es lo absoluto. Este fue el caso, escribe el Arzobispo, del positivismo de Auguste Comte, que reconoce en el cristianismo la elaboración de la laicidad, como también la utilidad del dogma católico para el orden social. Sin embargo, según Comte, desde el momento en que el equilibrio se ha roto y la laicidad se ha transformado en laicismo, con la consiguiente emancipación del orden temporal del espiritual, estamos frente a un proceso absolutamente «irreversible». Esta irreversibilidad absoluta e historicista es, de hecho, el nuevo dogma de los modernos: se ha impuesto la secularización y esto es temporalmente irreversible. A la secularización le siguió la negación de lo sobrenatural, de la necesidad de la Gracia y de la Iglesia que la transmite. He aquí, por consiguiente, el posible origen de la «guerra a la religión» por parte de una modernidad secularizada y absolutista.

 

La libertad religiosa

 

¿En qué sentido, entonces, hay que entender el principio de «libertad religiosa» que el Estado debería garantizar? De esto se ocupa Stefano Fontana en el capítulo “Libertà di religione e doveri politici verso la religio vera. Il Sillabo, il Vaticano II, Joseph Ratzinger”. El magisterio anterior al Concilio Vaticano II – explica Fontana– negaba el derecho a la libertad religiosa, pues no podía haber una «separación entre libertad y verdad». Es decir, si la religión cristiana fuera «verdad» -como de hecho lo es-, el poder político no tendría ningún derecho a asumir una posición neutral: el Estado debería confesar la verdad de esa religión y asumir sus fines (no los medios), en vista del bien común. Y sobre todo porque la realeza de Cristo, según el Magisterio, se extiende también a las realidades temporales.

Con el Vaticano II –escribe Fontana–, la libertad religiosa se convierte en un «derecho», si bien no en sentido «absoluto». Según el texto, no clarísimo, de la Dignitatis humanae, se diría que el Concilio rechaza el concepto de estado confesional, aunque mantiene el principio de la realeza de Cristo. En cualquier caso, tras las puntualizaciones del Papa Benedicto XVI, parecería confirmarse –según Fontana– que «el final del Estado confesional no comporta que la política haya perdido sus propios deberes hacia la religión verdadera».

La tesis de Fontana parece fundarse también sobre otro aspecto. Es probable que el Vaticano II, al pronunciarse sobre el derecho a la libertad religiosa, se refiriera únicamente al “foro interno” de la conciencia individual y no al “foro externo” social, que debe confesar siempre la religión verdadera. La Dignitatis humanae no habla de foro interno o externo; pero cuando un Concilio calla sobre una determinada verdad no significa que quiere negarla, porque nunca es competencia de un Concilio la reproducción total de los contenidos del depósito de la fe.

 

La amplitud cultural e histórica de la religión

 

Omar Ebrahime reflexiona sobre la «guerra a la religión» en su “La guerra dell’Occidente contro il Cristianesimo”. Se trata de una síntesis de la conocida «cristianofobia» que, sobre todo en Europa, somete especialmente a los católicos -en el mejor de los casos-, al «martirio del ridículo», por lo que se disuade al desventurado, mediante el escarnio y la difamación públicas, de expresarse en la sociedad. En los casos peores es expulsado de la arena pública, perseguido o encarcelado, como sucede cada vez con  más frecuencia.

Gianfranco Battisti, en “La geopolitica delle religioni nell’epoca del ritorno al paganesimo”, recuerda el concepto de Samuel Huntington sobre el «choque necesario entre las civilizaciones», en el sentido de que hay un problema vinculado a la religión en cuanto «factor de división». Es decir, la geopolítica no puede ignorar que junto al «auténtico impulso misionero», la religión (en sentido general) transmite a veces el deseo de dominar otros pueblos mediante la «cobertura ideológica» de «intereses de grupo». Entonces la religión puede convertirse en «un factor poderoso de movilización política». El análisis abarca todos los niveles e investiga a fondo el fenómeno de las guerras de religión, en las que prevalece la praxis de la guerra civil y, entre otros, nombra estos dos ejemplos: las guerras europeas en el ámbito del cristianismo de los siglos pasados y la actual guerra entre musulmanes chiíes y suníes.

Y precisamente el origen del islam es el tema tratado por Silvia Scaranari Introvigne en “Violenza e pace di vecchi e nuovi califfati”. La autora aclara sobre todo la realidad histórica del sunismo y el chiismo, como también el origen del califato.

 

El poder descentralizado

 

Guerras civiles, o guerras internas en los Estados. Y sin embargo, la propia realidad del Estado nacional está actualmente corrupta en su interior. De ello habla Miguel Ayuso en el capítulo “Pacifismo, nuova guerra e crisi dello Stato”. Según el autor, el Estado moderno es, entre otras cosas, un efecto de la revolución industrial, a la que siguió la «masificación» y la «centralización económica y política». Sin embargo, hoy están en juego nuevas fuerzas que descentralizan los poderes como, por ejemplo, las tecnologías electrónicas aplicadas a las comunicaciones. Todo esto ha eliminado los confines nacionales mediante nuevos poderes «funcionales y no territoriales», que han derrotado no sólo el poder de los Estados, sino también sus mismas bases ético-sociales. Ante este cuadro, no debe asombrarnos que el poder se haya alineado cada vez más con los denominados «organismos internacionales», particularmente hostiles a la Iglesia y «al servicio de causas ideológicas no siempre confesables».

 

Silvio Brachetta

 

Miguel Ayuso, Gianfranco Battisti, Giampaolo Crepaldi, Stefano Fontana, Omar Ebrahime, Silvia Scaranari Introvigne, Le nuove guerre di religione, Edizioni Cantagalli, Siena 2015, pp96, euro 9,50