Lutero o lo que hace imposible la Doctrina Social de la Iglesia.

Publicamos el editorial firmado por el Arzobispo Mons. Giampaolo Crepaldi del fascículo 2 (2017) del “Boletín de Doctrina Social de la Iglesia” y dedicado a  “La Reforma luterana a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia”. El número contiene artículos de  Miguel Ayuso, Samuele Cecotti, Omar Ebrahime, Stefano Fontana, Ermanno Pavesi, Guido Vignelli. Para más información, compra o suscripciones:  http://www.vanthuanobservatory.org/esp/bollettino-dsc/come-abbonarsi/

El argumento de este número de nuestro “Boletín” lo imponía, en cierto sentido, el recuerdo de los 500 años de la Reforma luterana, que se celebra este año 2017. No hablamos sobre la Reforma porque “haya que hacerlo” a causa del aniversario, sino porque estamos convencidos de que muchas cuestiones acerca de la correcta o incorrecta visión de la sociedad, de la política y del derecho tienen que ver con dicha Reforma. Por lo cual, es una ocasión propicia no sólo para volver a examinar la Reforma como tal, sino también su relación con muchos aspectos de la vida social y política a los que se dedica la Doctrina Social de la Iglesia, ámbito central del compromiso de nuestro Observatorio. Me refiero al tema de la modernidad, de la secularización, de la relación entre la Iglesia y el mundo, de la autoridad o del papel de la conciencia individual en las cuestiones de la vida pública. Para volver a examinar la Reforma es necesario tener una mirada de amplio alcance, dado que está vinculada a muchas dimensiones de la vida pública y, quinientos años después, esta influencia sigue siendo muy fuerte, incluso más que en el pasado, porque muchas potencialidades se han manifestado sólo con el paso del tiempo. Algún agudo observador ya las había visto entonces, pero ahora son visibles para todos: basta querer verlas.

Dada la naturaleza de nuestra revista, los estudios que publicamos en este número del “Boletín” son, sobre todo, de corte social y político. No entran, por tanto, en las cuestiones ecuménicas o explícitamente teológicas. Pero tampoco pueden evitarse del todo, por lo que sólo se hace una referencia indirecta a las mismas. No pueden dejarse de lado porque es de los nuevos y clamorosos contenidos teológicos de la Reforma de donde nacen las consecuencias sociales y políticas que son el objeto principal de estos estudios. Ojo: no de la aventura interior y personal del monje Martín Lutero, sino de la nueva visión del pecado y de la gracia, de la naturaleza y de la relación con Dios. Ciertamente, la historia personal del monje de Erfurt tiene una gran importancia como origen del proceso, pero la Reforma está en las afirmaciones teológicas heterodoxas, y no en las intenciones individuales de Lutero. De estas también hablamos en este número, sobre todo Ermanno Pavesi en su artículo, pero el foco hay que ponerlo en los contenidos conceptuales de la Reforma.

De la visión luterana de la relación entre naturaleza y gracia; de su concepción de la justificación como no imputación por parte de Cristo de nuestros pecados en lugar de como purificación de la naturaleza corrompida pero no aniquilada; de su idea del pecado original como corrupción sin posibilidad de redención íntima de la naturaleza humana; de su concepción de la fe como confianza ciega, es de donde nacen los nuevos planteamientos de la cuestión social y política como, por ejemplo, la concepción de la autoridad como puro poder; la depravación invencible del hombre social y la doctrina del poder como lo que vence el mal con el mal; la separación entre la vida publica del cristiano y su vida de fe interior, dado que la libertad sólo puede ser vivida en esta última dimensión; la imposibilidad de una presencia pública y visible de la Iglesia al ser sólo una realidad interior y espiritual; la dialéctica entre la sumisión del hombre malvado al poder político, por un lado, y la afirmación de la libertad de la propia conciencia, que deriva del libre examen, por el otro; lo que explica cómo del protestantismo han podido nacer tanto los estados totalitarios como las democracias liberales vacías de sentido, etcétera. Estos son los argumentos que se desarrollan adecuadamente en este número.

Entre todos estos argumentos invito al lector a detenerse en un punto que, en mi opinión, es central en el pensamiento de la Reforma. Me refiero a la actitud -que algunos consideran de cuño gnóstico-, de desprecio de la realidad y de superposición de la voluntad humana a ella. En este punto las analogías entre Reforma protestante y pensamiento moderno son múltiples y profundas. El pensamiento moderno antepone el método al contenido, el conocimiento al ser, la duda a la verdad, la conciencia a la realidad. Dado que su punto de partida es la duda, que anula todas las verdades en un escepticismo radical, toda verdad que se quiera afirmar debe ser “puesta”. Tanto Augusto del Noce, como Cornelio Fabro y Joseph Ratzinger, concuerdan al sostener que el pensamiento moderno nace de una “tesis” no demostrada e indemostrable, a saber: que lo que se conoce no es el ser, sino la propia conciencia. Se puede decir también que nace de un “dogma”, cuyo valor reside sólo en ser “puesto” por la voluntad. También detrás del racionalismo moderno se encontrarían, por tanto, el voluntarismo y el vitalismo; es decir, el primado de la praxis.

Ahora bien, este planteamiento caracteriza también la Reforma protestante. En Lutero, el elemento práctico -sentirse salvado-, es más importante que el elemento teorético y contemplativo: conocer quién es Jesucristo. De modo que la desmitologización que se llevará a cabo posteriormente en el ámbito de la teología protestante, sobre todo por Rudolf Bultmann, estaba ya implícita en las posiciones originarias: no interesa qué es Cristo en sí, sino qué es para mí. Lo que cuenta no es el Cristo real, sino el Cristo de mi conciencia. De este modo, el “principio de inmanencia” pasaba de la filosofía (moderna) a la teología (protestante) y el primado de la conciencia ha dictado la ley hasta nuestros días. Al vincularse a la conciencia individual, la fe se ha disociado de la razón.

Decía antes que hay quien ve en este planteamiento rasgos de la Gnosis. Yo también creo que éste es un aspecto importante que hay que profundizar. La Gnosis está presente de formas diversas en la Reforma protestante. Aquí me urge poner en evidencia sólo el aspecto que considero principal: en el rechazo de la realidad para privilegiar la propia conciencia, algo característico tanto de la filosofía moderna como de la filosofía de la Reforma, está presente el proyecto gnóstico -primordialmente anticipado en el pecado original- de liberarse de la realidad, de la verdad y del orden para poder plasmarlos de nuevo según criterios humanos, según nuestros criterios. Es el proyecto de sustituir la filosofía y la teología por la ideología. Ideología que, dada la prevalencia de la voluntad y de la intención práctica recordados anteriormente, se convierte cada vez más en “praxismo”, en un actuar por actuar, fin en sí mismo y, por tanto, carente de sentido. Augusto del Noce acertó al demostrar que el marxismo, es decir, el primado de la praxis, era la madurez de la modernidad, y al prever su resultado final en Nietzsche. Tras la muerte de Del Noce, el resultado ha superado incluso a Nietzsche, pero su previsión era correcta.

Es de gran interés para esta revista abordar la relación existente entre la Reforma protestante y la Doctrina Social de la Iglesia. Vistas las consideraciones expuestas más arriba, así como las contenidas en los ensayos de este número, creo poder afirmar que la Reforma protestante hace imposible la Doctrina Social de la Iglesia. No sólo porque en ella no hay una Iglesia; no sólo porque no hay una doctrina; sino también porque la Iglesia ya no se relaciona con el mundo por medio de la razón y la verdad. El mundo debe ser controlado porque es víctima del mal, y la fe cristiana no puede ser fuente de ningún tipo de avance. Como decía Karl Löwith, filósofo protestante de la historia, desde el punto de vista del progreso humano estamos aún en la época de los vándalos. La fe es ineficaz para la historia humana, cuenta sólo para las almas y las obras no tiene valor o, peor aún, son tentaciones del diablo.

S.E. Mons. Giampaolo Crepaldi

Presidente del Observatorio