PRESENTACIÓN. EUROPA, DONDE LA DEMOCRACIA NO SABE TRIUNFAR SOBRE SÍ MISMA

El Informe de nuestro Observatorio, que se acerca a su décimo aniversario, está dedicado este año a Europa. Tal vez cause asombro que un Informe dedicado a los cinco continentes centre su atención sólo en uno de ellos. Naturalmente, los primeros que se han quedado perplejos son los responsables del Informe, visto que algunos de los centros de investigación que contribuyen al mismo tienen su sede fuera de Europa. Sin embargo, un motivo decisivo nos ha llevado a esta decisión, a pesar de las perplejidades suscitadas. Si Europa, desde el punto de vista geográfico, tiene fronteras (aunque, a decir verdad, no realmente precisas) y si, desde el punto de vista geopolítico, parece estar encajada entre potencias tanto hacia occidente como hacia oriente, como idea expresa una civilización potencialmente universal. Hablar de Europa, por lo tanto, induce a afrontar temas que no son sólo europeos. Si hay una crisis en Europa, ésta afecta a todo el mundo.

A esto hay que añadir que para la Doctrina social de la Iglesia Europa no representa un punto de referencia casual. Aquí es donde ésa se encarnó inicialmente y, en muchos aspectos, la relación entre la Iglesia y el mundo, tal como se ha llevado a cabo en territorio europeo, tiene un significado bastante más amplio. Si esta relación tuviera que entrar en una crisis definitiva –no podemos escondernos, pues muchos síntomas revelan precisamente esto–, las repercusiones negativas serían clamorosas, también fuera de Europa. No estoy diciendo que las viejas soluciones europeas de la relación Iglesia-mundo deben ser defendidas y conservadas por una cuestión de nostalgia. Mis observaciones no tienen que ver con las soluciones históricas a los distintos problemas sociales y políticos por los que ha atravesado Europa, sino con la estructura de la relación entre la Iglesia y el mundo, y sus directrices fundamentales tal como han sido siempre entendidas y articuladas por la Doctrina social de la Iglesia. Son éstas las que tienen necesidad de Europa; y Europa tiene necesidad de ellas.

Europa es, por lo tanto, el teatro de distintos escenarios, todos ellos igualmente importantes para el futuro de la humanidad y, también, para la Iglesia. Los pontífices nos han recordado en reiteradas ocasiones la importancia de Europa para la evangelización y la nueva evangelización, incluso de la vida social. El último en hacerlo ha sido el Papa Francisco cuando, en julio de 2016, dirigiéndose a Polonia y a los polacos y, a través de ellos, a todos los otros, recordó en Varsovia y Częstochowa el 1050 aniversario del bautismo de Polonia, que tuvo lugar con la conversión del duque Mieszko en 966. Si la evangelización de lo social se frena de manera significativa o incluso se detiene aquí en Europa, esto sucederá también en todo Occidente, del que Europa es origen y fundamento. Pero no sólo en Occidente. Esto sin quitar nada a la vivacidad de las Iglesias de los otros continentes, impregnadas de Magna Europa, y de las que llegará en un futuro una gran ayuda para volver a descubrir, Dios no lo quiera, la Europa perdida.

Este IX Informe sobre la Doctrina social de la Iglesia en el mundo tiene, como todos los anteriores, un lenguaje claro e intenta expresar la realidad de las cosas, sin ceder nada en favor del pensamiento dominante. Por consiguiente, no sentimos temor cuando afirmamos que el proyecto europeo está en una crisis gravísima y que sólo un replanteamiento radical de los métodos y, sobre todo, de los contenidos, podrá, con la ayuda de la Providencia, cambiar una situación que se está demostrando enormemente peligrosa para todos. El título del Informe, en su dureza, es muy claro: «El final de las ilusiones».

A lo largo de su historia, el proceso de unificación europea ha tomado caminos equivocados, pero siempre ha tenido ocasión de enmendarse y retomar el camino correcto. Esto ocurrió, concretamente, tras la caída del imperio comunista de Europa del Este, a principios de los años noventa del siglo pasado. Cualquiera que hubiera sido el camino de unificación recorrido hasta entonces por los países europeos, cualesquiera que hubieran sido los pasos justos y los equivocados, en ese momento se daban todas las condiciones para un cambio radical de ruta. Pero esa ocasión histórica se ha perdido. Europa podía empezar a respirar con sus dos pulmones: del Este podían llegar a las agotadas sociedades del bienestar occidental estímulos humanos y espirituales; el Papa Juan Pablo II se dedicaba a Europa como uno de los temas principales de su pontificado y trabajaba incansablemente, empezando por la encíclica Centesimus Annus y el Sínodo sobre Europa, para despertar en el continente la conciencia plena de las propias razones de ser, llegando también a pedir expresamente que se incluyera la referencia a Dios en la Constitución Europea, documento con el que se quería, a principio de los años noventa –de una manera justa en las aspiraciones, pero inadecuada en los métodos adoptados–, replantear los fundamentos del proceso de unificación. En realidad no cambió nada y se procedió a una ampliación de las cooptaciones de nuevos países dentro de un concierto con convicciones morales y religiosas débiles. Se estipuló el Tratado de Maastricht (1992) y se decidió dar vida a la Unión Europea, pero sus bases doctrinales, de valores y religiosas eran demasiado frágiles, por no decir que estaban sometidas a una ideología occidentalista más que a un Occidente que reconoce que tiene sus raíces en el cristianismo. Prevaleció la Europa de las Luces, prevaleció la «razón instrumental», el convencionalismo de los derechos humanos, la centralización y normalización desde lo alto, en lugar de la sabiduría política de la construcción articulada y subsidiaria desde abajo. Y esto siguió siendo así ininterrumpidamente, también con la entrada de los nuevos países de Europa oriental, creando en la actualidad una nueva fractura dentro de la Unión.

Tras un conflicto descomunal, el ideal europeo nació para despedirse de los estados ideológicos. Era una señal positiva en un momento en el que –estábamos en los años cincuenta del siglo pasado– en las naciones europeas aún se combatía una guerra ideológica, pero sin combates. La guerra fría utilizaba todos los medios y no sólo la amenaza nuclear o el espionaje: esta guerra se combatía también en nuestras plazas, fábricas, aulas universitarias. El ideal europeo, entonces, resonaba fuerte, estimulaba. Es verdad que en estos decenios el continente europeo ya no tuvo guerras ideológicas, pero no se puede decir que no conociera el estado ideológico, dado que a menudo las propias instituciones europeas –que no son un estado, pero que a veces parecen querer ser un superestado– han ejercido una fuerte presión, cuando no una opresión, precisamente de naturaleza ideológica.

Esta Unión Europea, caracterizada por la prevalencia de la ideología del Siglo de las Luces, por el predominio de la nomenklatura intelectual y política según la ideología del «Manifiesto de Ventotene»[1], por una concepción abstracta de los derechos sin una visión compartida de los deberes, considera que se mantiene junta por la democracia y la libertad y piensa, incluso, que puede difundir en el mundo su propia democracia y libertad, cuando en cambio, precisamente sobre este punto, no ha conseguido vencer sobre sí misma. El fracaso de las ilusiones europeas concierne, precisamente, al fracaso de su concepción de la democracia y la libertad, es decir, atañe a su esencia. El error de fondo es haber pensado que había derrotado a las ideologías del siglo XX con la democracia formal, normativa, tolerante en todo hasta llegar a ser intolerante con quien dice que no se puede tolerar todo. Y este error de fondo sigue estando presente, es más, se fortalece, signo de una ignorancia que continúa en el tiempo. Es en esto que Europa demuestra ser, aún, una ilusión. No se sabe si es una ilusión acabada; lo que sí sabemos es que estamos ante el final de las ilusiones.

 

S.E. Mons. Giampaolo Crepaldi

 Presidente del Observatorio Internacional Cardenal Van Thuân sobre la Doctrina social de la Iglesia, Arzobispo-obispo de Trieste y Presidente de la Comisión «Caritas in veritate» del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa (CCEE).

 

[1] A este respeto ver los tres ensayos centrales de este Informe y, en concreto, el de Alfredo Mantovano.