Sintesis introductoria. EUROPA, EL FINAL DE LAS ILUSIONES

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El proyecto de unificación, no sólo económica, sino también política, del continente europeo está en fase terminal, por lo menos por cómo ha sido ideado y realizado hasta ahora. Aparte de quienes, por deber o interés institucional o político, apuestan aún por «esta» Unión Europea, el sentido de incomodidad y el descontento sobre cómo van las cosas están bastante difundidos a todos los niveles.

A menudo se dice que la Unión Europea debe volver al espíritu de los orígenes, pero precisamente el espíritu de los orígenes era bastante incierto y, en algunos aspectos, peligroso. No se ha tratado sólo de incidentes del camino y de anomalías respecto al proyecto originario. En este Informe, Alfredo Mantovano recuerda cómo en el origen de la idea de Europa unida existen, sí, unos principios del humanismo cristiano y el compromiso de algunos hombres políticos católicos, pero también el Manifiesto de Ventotene, que se basa sobre principios muy distintos. Este documento es, de hecho, hijo de la visión ilustrada, elitista, que parte desde arriba y que quiere reeducar a los pueblos «obligándoles» a participar, mejor si es de forma pasiva, en el nuevo proyecto. Era también un documento absolutamente laico y completamente horizontal, lo que explica por qué, a continuación, desapareció de la Unión Europea la religión, sobre todo la religión católica, y por qué no se aceptó la apremiante invitación de Juan Pablo II a mencionar a Dios en la nueva Constitución europea. También el esfuerzo de volver al espíritu de los orígenes es, por lo tanto, inútil dado que precisamente en ese espíritu estaban en estado embrionario las causas de la profunda crisis actual, como también la conflictividad entre las distintas almas de Europa.

Entre estas almas ha prevalecido durante mucho tiempo la irreligiosa, como si la única base de la Unión Europea fueran los principios de la Revolución francesa, del estado napoleónico y de la ley, también francesa, sobre la laicité de 1905. Quien llevaba adelante el ideal de la Unión lo hacía con un espíritu aún jacobino, depurado, sin embargo, de los contenidos ideológicos más urticantes, y dulcificado por la retórica atractiva de la colaboración, la solidaridad y la concordia europeas. El proyecto «Erasmus», que ha permitido a tantos estudiantes frecuentar durante ciertos periodos las universidades de otros países de la Unión, es un ejemplo de ello: de hecho, se ha tratado de una forma de reeducación y de alineación de las culturas juveniles a una cultura artificial y abstracta de tipo tendencialmente libertario, que se ha sobrepuesto a las culturas nacionales de procedencia, produciendo aplanamiento y uniformidad de los valores y comportamientos. Una vez construida Europa, había que crear a los europeos, que se convertirían en algo distinto a los italianos, los españoles, los alemanes, los polacos.

Este tipo de construcción, que podríamos llamar ideológica, se ha insinuado en los aparatos de la burocracia europea, favorecida por la complejidad de la maquinaria funcional de la Unión y del carácter farragoso del sistema, como pone en evidencia Alfredo Mantovano en su ensayo. De este modo, se ha creado un sistema de cooptación y de lobbies que esquivan todo control político, que los países sienten como un peso que tienen que soportar y que ha dado vida a una nomenklatura europea rígida y corporativa de funcionarios que hablan su propio lenguaje en código y que no maduran una verdadera sensibilidad de cercanía real a los problemas de los ciudadanos europeos.

En cualquier caso, se tiene la sensación que ha habido un cambio de ritmo. Ha sucedido, por ejemplo, cuando el Tratado de Maastricht (1992) introdujo en el ordenamiento europeo el principio de subsidiariedad. El principio según el cual las decisiones deben ser tomadas por quien está más cerca de los ciudadanos, que hace referencia a la subsidiariedad, habría podido cambiar el sistema, quitar poder a las estructuras centrales y centralistas de Bruselas y volver a una Unión más ligera, en la que las «periferias» nacionales pesaran más y, así, permitir que otras «periferias» contaran más dentro de las respectivas naciones. La gestión de este punto del Tratado de Maastricht, sin embargo, no ha sido realizada bien y el poder de decisión se ha quedado en los vértices de Bruselas o, a nivel más directamente político, en algunos estados particularmente fuertes. La aplicación del principio de subsidiariedad con todas sus exigencias habría llevado a una revisión del proceso moderno de construcción del Estado absoluto y centralizado con todas sus necesidades de simplificaciones artificiales, planificadas detalladamente, de lo que la historia habría construido lentamente a lo largo del tiempo. Pero en los hechos ha sido esa lógica la que ha prevalecido, con las características de la política como técnica, de la potestas como realidad no moralmente ordenada, de la ley positiva privada de referencia respecto a un orden jurídico objetivo y la imposibilidad de valorar las pretensiones del poder a la luz de los diversos criterios, distintos de la voluntad del poder mismo. Si no ha nacido un verdadero y propio estado europeo, es necesario, no obstante, constatar que existen en la actual Unión Europea las premisas culturales, políticas y jurídicas para una realidad como ésta.

Otro momento en el que se tuvo la impresión de un cambio de ruta fue, como recuerda el arzobispo Crepaldi en la presentación de este Informe, cuando cayó el sistema soviético. Tras esos acontecimientos, los países del Este que progresivamente entraron en la Unión sufrieron fuertes presiones para que se uniformaran a los estándares neoilustrados de las élites occidentales y del pensamiento dominante en el establishment de la Unión. Se les ha forzado ideológicamente, tanto en las condiciones planteadas para su entrada como, más adelante, a medida que esos pueblos iban expresando valores de referencia distintos a los de la ideología europeísta. Todavía hoy, algunos de estos países son culpabilizados porque llevan adelante políticas relacionadas con la vida y la familia, o con la religión, o con la inmigración, distintas de las que son consideradas canónicas por quienes mandan actualmente en los aparatos de la Unión Europea. Por este motivo, se va acentuando dentro de la Unión Europea una nueva división entre los países que ya han aceptado el secularismo y la ideología ilustrada de los nuevos derechos y los países que, en cambio, han conservado, en relación con estos temas, su posición cultural tradicional. Naturalmente, este contraste tiene lugar también dentro de cada país.

También el factor religioso se está convirtiendo, de nuevo, en un elemento de división. La camisa de fuerza que la Unión Europea ha impuesto a las religiones en los países occidentales es rechazada cada vez con más frecuencia, junto con el rechazo de las presiones de las Instituciones europeas a legislaciones «abiertas» a la vida y a la familia. Al mismo tiempo, en los países del Este, la religión tiene una fuerte recuperación y pretende ser reconocida social y políticamente. En Europa hay un neorenacimiento religioso que no acepta la ideología europeísta de relegar la religión al ámbito privado y devocional y, mucho menos, de inducir a la irreligiosidad. Esta persistente actitud irreligiosa de la sociedad opulenta –como diría Augusto Del Noce– contrasta aún más con la impasibilidad respecto a la penetración islámica en el continente, o es su consecuencia dado que su corolario es que todas las religiones son iguales. La presencia islámica en Europa ya es un serio problema político y lo será aún más en el futuro, pero las instituciones de Europa no piensan afrontarlo, con la ilusión –pero estas ilusiones se están acabando– que una tolerancia vacía pueda vencer y convencer a todas las formas de integrismo.

Respecto a las grandes cuestiones humanas como la vida, la familia, la educación, la religión, en Europa hay en marcha una confrontación sería y difundida. La Unión Europea no es neutra respecto a esta confrontación, sino que ha abrazado en el pasado y lo sigue haciendo en la actualidad una de las partes del conflicto, la del progresismo de la neoburguesía desencantada que no quiere mezclarse con el pueblo porque considera que su misión es guiarlo para emanciparlo. El problema es precisamente éste: guiarlo y emanciparlo ¿hacia dónde? Los valores de la Unión Europea son cada vez más débiles y formales y, en el fondo, se reducen a la libertad entendida como autodeterminación. Demasiado poco para construir una unidad continental. En estos años, la Unión Europea ha sido la formalización institucional de un vacío, al que se intenta alinear todos los países que se adhieren.

A lo largo de la parábola de la Unión Europea, la referencia a Europa se ha convertido, incluso, en un dogma acríticamente asumido. Esto haría pensar en una buena salud y, en cambio, es signo de incertidumbre. «Lo quiere Europa», «Nos lo pide Europa», «Somos los últimos en Europa a no haber aprobado aún esta ley», cuántas veces hemos oído estas expresiones por parte de los políticos. Parecía que la Unión Europea poseía los criterios del bien y del mal. A la realidad se le sobreponía la ideología europea, considerada verdadera prescindiendo de la realidad. Hoy, por suerte, este concepto está en crisis y su crisis es un fruto positivo de la crisis de la Unión Europea. En muchos casos se asiste, hoy en día, a la tendencia contraria: alejarse de la Unión, reivindicar márgenes de maniobra nacionales o regionales, tanto en el ámbito de la economía como en el de las políticas migratorias o de la familia. Puede ser que en estos fenómenos haya también un «populismo» un poco deformado, pero en la praxis institucional formal de la Unión Europea hay mucho populismo demagógico, que se evidencia también en el encuentro en la isla de Ventotene de los líderes políticos de Italia, Francia y Alemania después del Brexit.

Mientras tanto, Europa es cada vez menos importante en el plano de la geopolítica internacional. Como documenta a fondo Gianfranco Battisti en su ensayo, Europa tiene muchos enemigos que trabajan para su destrucción, y muchos hechos actuales sólo se explican desde este punto de vista, incluso la invasión migratoria a la que hemos dedicado el Informe del año pasado. Encerrada entre estos enemigos y debilitada su alma, Europa ha dejado de exportar a Europa en el mundo. O, más concretamente, exporta el vacío de las propias ilusiones y no la sustancia de sus valores. El hecho que la Unión Europea se haya comprometido a sustituir a los Estados Unidos en la financiación global al aborto cuando el Presidente Trump empezó a retirar a su país de este frente, expresa claramente qué quiere exportar Europa hoy en día desde el punto de vista de la civilización. La Unión Europea exporta individualismo y vacío, el mismo al que pretende educar a sus jóvenes, vistas las presiones de las instituciones europeas sobre los estados miembros para que cambien las leyes y la enseñanza escolar en favor de una nueva educación según las neoideologías que niegan las evidencias naturales.

La Iglesia católica siempre ha creído en el proyecto europeo y lo ha apoyado. Siempre lo ha criticado cuando ha tomado un camino impropio o cuando se desvinculaba de los principio que lo tendrían que guiar. Juan Pablo II nos ha dejado un inmenso patrimonio magisterial sobre Europa y en el libro Memoria e identidad ha situado el tema de Europa en un escenario de teología de la historia hecha de pecado y redención, como si en Europa –¡y realmente es así!– se desarrollase una comedia mucho más grande que la propia Europa. Benedicto XVI a menudo ha puesto el dedo en la llaga, señalando que Europa ha empezado a odiarse a sí misma cuando ha separado la fe cristiana de la razón, cuando ha empezado a desvincularse de la verdad con la ilusión que así se emancipaba. Pero frecuentemente en la praxis eclesiástica se asiste a una excesiva complacencia en relación a las instituciones europeas y a un supino dar por descontado que sirve «más Europa», sin precisar el contenido de este augurio. Cada institución política, también la europea, es un instrumento y no un fin. Por lo tanto, hay que llenarla de contenidos verdaderos y buenos que den sustancia a su valor.

Para esta Europa las ilusiones se han acabado. Si sigue adelante por este camino, como mucho sobrevivirá porque a alguien le es cómodo que sobreviva, pero sin alma o con un alma secuestrada. Paradójicamente quienes la salvarán serán los que hoy están descontentos y que la consideran un peso del alma, además del cuerpo. Hablo de quienes están descontentos en lo más hondo y no sólo por un populismo contestatario general. Hablo de los «nuevos monjes» que, como en la Europa invadida por los bárbaros, se dedican primero a roturar el terreno de las almas y, después, el de los cambios, como dijo proféticamente Benedicto XVI en los Bernardins. Pienso en los nuevos intelectuales que están redescubriendo el realismo metódico y, por lo tanto, son capaces de desenmascarar todas las construcciones ideológicas, incluidas las europeas. Pienso en los jóvenes que no aceptan ser manipulados, ni siquiera por el Erasmus. Pienso en los políticos que dan al principio de subsidiaridad una interpretación plena y verdadera. Hablo de los grupos sociales que, arraigados en su historia y en su tradición, combaten en favor de los deberes y derechos naturales, contras los artificios narcisistas de los centros de poder, también europeos. Es muy probable que Europa se salve, si realmente podrá salvarse, gracias a quien la critica a fondo y no a los complacientes o temerosos.

La Unión Europea no deberá aumentar la centralización del poder, ni aumentar la fuerza del poder central. Ningún superestado europeo, ni tan siquiera federal, salvará a Europa. Europa se salvará si redescubre fórmulas de agregación similares a los imperios que, sobre este suelo, han sido destruidos, pero que aún existen aquí y allá en Europa, sobre todo donde Revolución francesa y estado napoleónico no han pasado. Se salvará si sus instituciones se aligeran, si se profundizan sus convicciones sobre la propia identidad y si se articula más en relación a lo que la historia ha producido en su territorio y sus sociedades. Europa acabará ciertamente mal si sigue negando y aplanando las identidades nacionales y populares que la forman y si, de manera prepotente, impertinente e impenitente, sigue despreciando la religión cristiana que ha sido y será su alma. Europa tendrá a disposición muchas posibilidades de suicidio, algunas de las cuales ya las ha intentado, pero la principal es eliminar al Dios cristiano del propio horizonte[1]. Entonces todo y todos la invadirán, como ya sucede en parte, porque el vacío pide, obviamente, ser llenado.

Stefano Fontana

[1] Cfr. Il posto di Dio in Europa, «Boletín de la Doctrina social de la Iglesia», VIII (2012) 1, pp. 3-4, con textos de Giampaolo Crepaldi, Stefano Fontana, Gianfranco Battisti, Edward Hadas, Fabio Trevisan, Assuntina Morresi, Donata Fontana, ArturMrówczynski-Van Allen, Miranda Mulgeci Kola.