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Doctrina social de la Iglesia y misión de la Iglesia.

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06-02-2012 - de S. E. Mons. Giampaolo Crepaldi

COMUNIDAD EMANUEL

VI Coloquio de Roma

Caridad, justicia y paz:

un desafío para la evangelización

 

Doctrina social de la Iglesia y misión de la Iglesia

 

+Mons. Giampaolo Crepaldi

 

Inicio esta intervención tomando como punto de partida un recientísimo discurso del Papa Benedicto XVI. El pasado 19 de enero, encontrando un grupo de Obispos de Estados Unidos en visita ad limina, el Santo Padre trato el tema de la misión de la Iglesia con referencia a las realidades temporales y a la relación que debe existir entre la sociedad y el Estado por un lado, y la Iglesia por el otro, pero también de la relación que se debe dar entre la razón pública por un lado, y la fe cristiana por otro. Se trató de un discurso de gran claridad conceptual y expositiva, que quisiera retomar aquí  ya que se concluyó con una afirmación aparentemente extraña, por lo menos a quien afronta estas cuestiones según los cánones dominantes en la opinión pública. Esta afirmación aparentemente extraña dice así «La preparación de empeñados líderes laicos y la presentación de una articulación convincente de la visión cristiana del hombre y de la sociedad, continúan siendo la tarea principal de la Iglesia en su País; cuáles componentes esenciales de la nueva evangelización, estas preocupaciones deben modelar la visión y los objetivos de los programas catequéticos en cada nivel». Aquí el Papa une en modo estructural la presencia de los laicos en la construcción de la sociedad según la visión cristiana de la misma – es decir, podemos decir, guiados por la Doctrina social de la Iglesia - con la “nueva evangelización” por cual, afirma, la catequesis debe tener en cuenta esta exigencia y promoverla “a cada nivel”.

Es evidente que el Papa habla aquí de la misión de la Iglesia. Es entre otros, evidente que implica que la misión de la Iglesia es la evangelización, es decir, el anuncio de Cristo o, si queremos decir, conducir a todos los hombres a Cristo o llevar a Cristo a todos los hombres. En sus palabras se siente el eco de famosos pasajes del magisterio social que unen la Doctrina social de la Iglesia con el anuncio de Cristo. En el recuerdo uno por todos: «La Doctrina social de la Iglesia tiene de por sí un valor de  instrumento de evangelización; en cuanto tal anuncia a Dios y el misterio de salvación en Cristo a cada hombre y, por la misma razón, revela el hombre a sí mismo» (Centesimus annus, 55). Menos evidente en la frase del Papa Benedicto XVI es en cambio, el hecho que también el empeño social y político directo, aquel que se actúa sobre un terreno frecuentemente retenido “laico” y por perseguir con instrumentos no confesionales, como por ejemplo la razón práctica o la ley natural, sea aquí contado dentro de la nueva evangelización, o sea, considerado en estricta relación con el anuncio religioso de la única salvación en Cristo: «En ningún otro hay salvación, no les es, en efecto, otro nombre bajo el cielo en el cual se haya establecido que podemos ser salvados» (Hch. 4,12).

El hecho de admitir a la nueva evangelización el empeño en el mundo profano, une evidentemente aquel empeño con la misión de la Iglesia y, entonces, se admite que la misión de la Iglesia tiene que ver también con el ordenamiento de la sociedad y de la política. Así como aquí se juega el roll de la Doctrina social de la Iglesia en orden a la misión de la Iglesia misma, me parece que este sea un punto nodal por aclarar. Para hacerlo, examinemos mejor las reflexiones que en el susodicho discurso preceden la conclusión que hemos ahora leído. 

El Papa Benedicto XVI comenzó el discurso afirmando un concepto que le es muy querido y reiterado a lo largo de su pontificado: «Nuestra tradición no habla partiendo de una fe ciega, pero desde una prospectiva racional que liga nuestro empeño por construir una sociedad auténticamente justa, humana y próspera a nuestra certeza fundamental, que el universo posee una lógica interna accesible a la razón humana». Esta lógica interna se llama “ley natural”, que es «una “lengua” que nos permite comprender a nosotros mismos y la verdad de nuestro ser, y de modelar en tal modo un mundo más justo y más humano». El hecho que la religión cristiana funde teológicamente tal ley natural haciéndola depender del Creador y la ilumine, hace necesaria e imprescindible, sea a la Iglesia que al mundo, la naturaleza pública de la religión cristiana. Es necesario, agrega el Papa, que la entera comunidad eclesial tome consciencia de la gravedad de las amenazas a este roll público cuando la secularización no permite no sólo la libertad de culto sino incluso la libertad de conciencia: «La gravedad de tal amenaza debe ser comprendida con claridad en cada nivel de la vida eclesial». Y es aquí que él habla del empeño de los laicos cristianos, como haciendo parte de la nueva evangelización, en cuanto – la motivación me parece muy importante - «no existe un reino de cuestiones terrenas que puedan ser restados al Creador y a su dominio». De particular significado el volver a este punto del discurso en el número 36 de la Gaudium et spes, donde se dice que sin referencia al Creador, también la creatura “es oscurecida”. El plano natural pierde, parece entender, la propia claridad, o sea la propia verdad, la propia natural identidad y es como perdido de vista, ofuscado o deformado. Este célebre parágrafo es el punto de referencia obligado para quien quiera fundar la autonomía de las realidades terrenas, por esto es significativo que el Papa recuerde también que ello reconoce sí la autonomía de las realidades terrenas pero también que «no existe un reino de cuestiones terrenas que puedan ser restadas al Creador y a su dominio».

Salvación natural y sobrenatural

Cuando se examinan las posiciones del laicismo secularizante se es lanzado a retener que ello combata en la religión cristiana su pretensión de conducir los hombres a la salvación eterna, de hablar a ellos del sobrenatural, de orientarles a otro plano de la realidad. Se piensa que el objetivo polémico es frecuentemente persecutorio del laicismo de hoy hacia el cristianismo que hace referencia a su dimensión religiosa, que se niega la religiosidad del Cristianismo. En realidad así no es, porque otras tantas fe expresan una cierta religiosidad y sin embargo son no sólo toleradas sino también bien aceptadas y promovidas por la cultura secularizada de hoy. Ellas no dan fastidio. Una religión que sea sólo religión no es temida y entonces combatida. El motivo es que ella no contradice el “pluralismo de las antropologías” a las cuales el laicismo une el propio concepto de libertad sin verdad. Ella no contradice ni mucho menos la democracia postmoderna, entendida como la ausencia de significados absolutos.

En cambio el cristianismo es odiado propiamente por cuanto decía el Papa Benedicto XVI en el discurso que me ha motivado, o sea, porque piensa que «no existe un reino de cuestiones terrenas que pueda ser sustraído al Creador y a su dominio». Esta dependencia de las “cuestiones terrenas" por el “Creador y por su dominio” admite sí el pluralismo pero sólo en las cuestiones contingentes, no lo admite en las cuestiones antropológicas que, en virtud de esta dependencia, adquieren carácter de absoluto. El cristianismo no puede prescindir por el hecho que son antropologías en competición y su visión acerca de la dependencia de la creatura por el Creador, que es elemento fundamental de esta competición. Quisiera recordar que la famosa Nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe del 2002 afirma que la laicidad es entendida como «autonomía de la esfera civil y política por aquella religiosa y eclesiástica – pero no por aquella moral».

El rechazo de la presencia pública de la religión cristiana, considerada por el Papa Benedicto XVI en el discurso citado como una «grave amenaza», depende del hecho que el cristianismo en cuanto religión no acepta ser sólo religión, sino que pretende hacer encontrar el orden natural y el orden sobrenatural, y el punto de encuentro es propiamente la ley natural, el orden moral que deriva del orden ontológico. El cristianismo no niega ser religión, entendámonos. Ello afirma ser esencialmente religión y que la misión de la Iglesia es una misión religiosa. Sin embargo afirma también que propiamente por esto, para el cristianismo promanan luces y energías que permiten a la creatura, para volver a la expresión de la Gaudium et spes, de no ser “oscurecida”. Entre los muchos pasajes del magisterio que se podrían citar a este propósito quisiera recordar todavía una vez la Gaudium et spes cuando afirma que «la misión de la Iglesia se presenta religiosa y por esto mismo profundamente humana» (n. 11). Esto es cuanto el laicismo secularizado no puede aceptar, sino es propiamente por esto que el empeño de los cristianos laicos en el mundo secular tiene una función evangelizadora, en cuanto su objetivo no es solamente de organizar horizontalmente el mundo, de hacerlo funcionar sobre el plano natural, sino de “ordenarlo a Dios”, de «informar del espíritu cristiano la mentalidad y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad» (Apostolicam actuositatem, 13), de unirlo al Creador y, haciendo, así de purificarlo, de aclararlo en sí mismo y de liberarlo por la posibilidad que resulte en cambio “oscurecido”.   

Dependencia directa e indirecta

Volvamos, sin embargo, al concepto expresado por la Nota del 2002 acerca de la autonomía de la política para el plano religioso y confesional, pero no por aquel moral. Hemos ya visto que esto comporta la exclusión del pluralismo antropológico y la admisión de un pluralismo acerca de las cuestiones contingentes. La dependencia sin embargo para el plano moral vuelve a mandar a una absolutización que el plano moral no está en grado, en cuanto plano moral natural, de conferir a sí mismo. La negación del pluralismo antropológico, y entonces del relativismo ético de las democracias sólo de procedimientos, comporta aproximar a una moral dotada de absolutización, pero una moral debidamente dotada de absolutización que se limita al sólo plano natural es una contradicción porque el plano natural no es absoluto. Hasta Kant, desde otro punto de vista, se había dado cuenta y también para él la moral tenía necesidad de Dios.   

Se debe entonces decir que la dependencia de la política por parte de la moral, dependencia que podemos decir “directa”, no elimina la dependencia de la política por la religión cristiana, dependencia que podemos decir “indirecta”. En caso contrario también la dependencia de la política por parte de la moral vendría a menos. Dado, en efecto, que la moral está en grado de darse propias reglas y leyes - los procedimientos propios de la “razón práctica”, que desde Aristóteles hasta nuestros días han sido reconocidas (contestadas, también, pero también reconocidas y en ciertos periodos también redescubiertas) - pero no es en grado de fundarse últimamente, sin la iluminación del fundamento religioso se “oscurece” y se degrada sea sobre el plano del conocimiento sea, todavía más, sobre aquel de la voluntad. Si así no ocurriera vendría contradicho un principio metafísico de primaria grandeza: ninguno se da lo que no tiene. El plano natural no tiene por su natura la absolutización, entonces no puede dársela.

 Volvemos así al punto central del discurso del Papa Benedicto XVI a los Obispos estadunidenses del cual hemos partido. El plano social y político revela una ley natural que la razón humana descubre en el ordenamiento de la realidad, pero esta ley natural no puede ser plenamente conocida ni plenamente valorizada y prometida sin la fe cristiana. De aquí que resulta clara la función de evangelizadores y de nuevos evangelizadores de los laicos, mientras que estando ellos empeñados en el terreno así llamado profano y entonces no directamente unidos con el anuncio religioso. La Fides et ratio afirma que «la revelación propone claramente algunas verdades que, sin embargo no siendo naturalmente inaccesibles a la razón, quizás no habrían  sido nunca por ella descubiertas, si hubiera sido abandonada a sí misma» (n. 77) y la Veritatis splendor afirma: «la efectiva realidad de la divina revelación por el conocimiento de la verdad moral también es de orden natural» (n. 36). La Spe salvi del Papa Benedicto XVI afirma por su canto que la razón sólo es humana si indica el camino a la voluntad, pero a su vez debe ser atraída hacia adelante por la esperanza religiosa (n. 23). Debo detenerme aquí con las citaciones, para no aburrir, pero es absolutamente evidente que la dependencia directa de la política por la moral es fundada y garantizada por la dependencia indirecta de la política por la religión cristiana. Se apoya aquí, me parece, el paso tanto discutido de la Dignitatis humanae del Vaticano II que afirma el «deber moral de los hombres y de las sociedades hacia la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo» (n. 1). Es verdad que la tarea directa de la política es de promover el bien común, como innumerables textos magisteriales lo afirman, pero es entre otras verdad que el bien común permanece como “ofuscado” si no es iluminado y apoyado por la fe en Cristo. Concepto enseñado también por el Catecismo de la Iglesia católica cuando habla del deber del hombre y de la sociedad de hacer a Dios un «culto auténtico» (n. 2105). Entonces la dependencia de la política por la moral no puede detenerse en aquel plano, sino a través del actuar de los cristianos laicos en las realidades así dichas profanas es confirmada «la realeza de Cristo sobre toda la creación y en particular en la sociedad humana» (Ibidem).

Signos conclusivos

Podemos ahora retornar al título de mi intervención. Espero haber hecho un poco más clara la relación que existe entre la Doctrina social y la misión misma de la Iglesia. Es evidente que esta misión está en orden al mundo, estamos aquí hablando de la misión de la Iglesia en las confrontaciones del mundo, de la misión de la fe en confrontación con la razón. Es también evidente que, siendo la Doctrina social de la Iglesia sólo “de la Iglesia” y que entonces se nutre de la entera vida de la Iglesia, ella sea últimamente, sin embargo, orientada, en modo práctico y por último experimental, como afirma el n. 59 de la Centesimus annus, a orientar a Dios las cosas del mundo y, en este sentido, es luz e instrumento sobre todo de los fieles laicos. Sin embargo el mundo pudiera prever una forma de empeño político de los cristianos laicos independiente no sólo desde el plano eclesiástico sino también por aquella moral, entonces la Doctrina social de la Iglesia, como guía de aquel empeño, no pertenecería más a la misión de la Iglesia. Pero también si el mundo previera una forma de empeño político de los cristianos laicos conexo sólo con el plano moral, la Doctrina social de la misma no habría algún puesto en la misión de la Iglesia. Si el mundo del hombre pidiera a los cristianos laicos un empeño sólo ordenativo del mismo y no orientativo a Dios, entonces la Doctrina social no expresaría más la misión de la Iglesia. Aquí el porqué resulta de fundamental importancia, a mi aviso, la distinción entre una dependencia “directa” de la política por la moral y de una dependencia “indirecta” por la religión cristiana.

Que el magisterio retenga que la Doctrina social pertenezca a la misión de la Iglesia es cierto. Recuerdo que el Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, publicado en el 2004 después de un largo trabajo del Pontificio Consejo de la justicia y de la Paz por voluntad del Papa Juan Pablo II, después de haber hablado del “diseño de amor de Dios para la humanidad”, en el mismo primer capítulo habla de “Designio de Dios y misión de la Iglesia” y después dedica el segundo capítulo entero al argumento que ha sido también vuelto a llamar en el título de mi intervención: “Misión de la Iglesia y Doctrina social”.

Pero quisiera recordar también, y para terminar, que el Papa Benedicto XVI en Mónaco de Baviera, el 12 de septiembre de 2006, nos  enseño que «Hasta por el iluminismo al menos una parte de la ciencia se empeña con diligencia en una explicación del mundo en el cual Dios llega a ser superfluo. Y así el debería llegar a  ser inútil también para nuestra vida. Pero cada vez que podía parecer que nos fuera casi llegar a ser, siempre de nuevo aparecía evidente: las cuentas no retornan! Las cuentas del hombre, sin Dios, no retornan!».

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Anno X (2014), numero 3, LUGLIO-SETTEMBRE

Boletín de Doctrina social de la Iglesia

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