ARZOBISPO CREPALDI: CONTRA EL ABORTO, MAYOR INFORMACIÓN E IDEAS CLARAS SOBRE LA LUCHA QUE HAY QUE LLEVAR A CABO

Excelencia, uno de los temas candentes del momento en cuanto a “derechos”, pero también en cuanto a implicaciones éticas y morales, es sin duda el aborto. Un tema que en realidad siempre ha sido divisivo, desde el referéndum de hace más de 40 años. Hoy en día, ¿cuál es el mejor enfoque para afrontarlo sin dejar de ser fieles al concepto provida?

Responderé primero a esta última parte de la pregunta, y luego retomaré su observación sobre el carácter “divisivo” que tiene el aborto. El aborto voluntario es una de las acciones que la moral católica considera esencialmente malas frente a las cuales no hay discrecionalidad; lo único que hay que hacer es no hacerlas y oponerse a ellas. Lo que hace que una acción sea buena o mala es el fin, que determina su especie y su contenido material. En el caso del aborto, la especie es la supresión de una vida humana inocente. Por ello, su fin nunca es aceptable. Con esto no se está entrando en la cuestión de la responsabilidad personal, que se refiere a la conciencia, a la que solo Dios tiene acceso. Dado que el aborto es esto, la autoridad pública debe impedirlo y debe eliminar las condiciones culturales, sociales o económicas que lo favorecen. En otras palabras, la autoridad política debe aplicar políticas para la vida. No veo otra forma de actuar para los provida: actuar y presionar para cambiar la cultura de la muerte por la cultura (y la política) de la vida.

En cuanto al carácter “divisorio”del tema, debo admitir que hoy este temor corre el riesgo de paralizar la propia actividad pastoral, y de ahí que se prefiera no hablar del aborto precisamente para no dividir a la comunidad cristiana de los demás, y a la propia comunidad cristiana dentro de sí misma. Pero quiero recordar que la unidad no es un fin en sí mismo (no toda unidad es buena), sino que requiere la verdad: la unidad se logra en la verdad. Sin la verdad es una unidad aparente y, en concreto, una desunión.

Creo, además, que es erróneo y contraproducente pensar en converger, precisamente para no crear divisiones, en el reconocimiento de la ley 194, que abrió Italia al aborto. Esa ley, aunque de entrada declara que defiende la vida, en realidad está en contra de la vida y no puede ser aceptada.

 

Algunas personas, incluso dentro del mundo eclesiástico, han sido atacadas por comparar el aborto con la pena de muerte y, en general, con el asesinato. ¿Qué piensa al respecto?

No hay ninguna duda, ni científica ni filosófica, de que la gestación, de continuar, daría lugar a un ser humano, perteneciente a nuestra propia especie. La interrupción voluntaria del embarazo mata a un ser humano, como muestra cada simple ecografía con sus imágenes.

Sin embargo, hay que aclarar la comparación con la pena de muerte. La pena de muerte se impone a una persona declarada culpable. El aborto, en cambio, se realiza sobre una persona inocente. Esta persona es declarada “culpable” de algo que no ha hecho porque no pudo hacerlo. Existe una especie de “atribución colectiva de culpa” hacia ella que, como señaló el historiador Ernst Nolte, es típica de los regímenes totalitarios. El niño en el vientre materno es “culpable a pesar de todo”.

 

La Iglesia siempre ha tenido un papel importante. ¿Cómo aborda usted, como sacerdote y como obispo, esta cuestión? ¿Qué enseñanza aporta a su magisterio?

Gran parte de mi servicio a la Iglesia ha sido en el campo de la Doctrina social de la Iglesia, primero en la oficina nacional para los problemas sociales y el trabajo de la Conferencia Episcopal Italiana y, más tarde, como Secretario del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz. Puedo decir, por tanto, que he abordado el problema del aborto, no solo desde el punto de vista de la bioética, sino también de la biopolítica y, por ende, no solo como una cuestión de moral personal, sino también de moral pública.

Mi colaboración con la Santa Sede durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI hasta 2009, cuando fui nombrado obispo de Trieste, ha tenido relación con muchas actividades de ese Dicasterio en lo que atañe a la problemática de la que estamos hablando. Me gustaría indicar, en particular, la publicación del Compendio de la Doctrina social de la Iglesia (2004) y la encíclica Caritas in veritate (2009) de Benedicto XVI. El Compendio habla extensamente y de manera concreta del aborto en el marco del proyecto de Dios para la humanidad, a cuyo servicio se sitúa la Doctrina social de la Iglesia. Caritas in veritate resalta de manera evidente el tema de la vida, que considera fundamental para el desarrollo. Son conceptos que he abordado y desarrollado en muchos de mis libros, así como en la actividad del Observatorio Cardenal Van Thuân sobre la Doctrina Social de la Iglesia, que fundé en 2004.

Creo que esta forma de abordar el aborto en un sentido público, social y político sigue siendo fundamental hoy; y, quizás, hoy más que ayer. De hecho, han aumentado con creces las leyes y políticas que destruyen la vida y la familia, dos conceptos que están estrechamente vinculados. Sin embargo, también debo decir que, en este tema de la coherencia pública de los católicos en cuestiones de vida y familia, que abordé sobre todo en el libro Il cattolico in politica [El católico en política], las cosas dejan mucho que desear.

 

A menudo el tema del aborto se vuelve tan candente, tan divisivo, que termina con un enfrentamiento entre los provida y los pro-aborto. En su opinión, ¿cómo podemos llegar a una formación y un debate que sean realmente útiles para la salud de las mujeres y los niños en el seno materno?

Me parece que hay que tener en cuenta dos aspectos o necesidades. El primero, es la constatación bíblica y teológica de que la lógica del mundo tiene algo en sí que no es conciliable con el Evangelio, y esto será siempre así hasta el final de los tiempos. Dada la condición caída del hombre tras el pecado, el mundo mantiene la tendencia a prescindir de Dios, o a ir contra Dios. Esta tendencia se centra especialmente en la vida y la familia. En estos temas no hay un simple choque de opiniones entre la Iglesia y el mundo; es algo mucho más relevante lo que hay en juego, una tensión propiamente religiosa. Digo esto, no para demonizar o excluir, sino para tratar de evitar formas de irenismo ingenuo e infructuoso en las relaciones con el llamado mundo pro-choice.

El segundo aspecto es que el mundo provida debe, en primer lugar, reforzarse a sí mismo antes de pensar en medirse con la otra parte. Es cierto que incluso en la comparación se madura, pero hoy en día el mundo católico y, en general, los que están a favor del respeto absoluto a la vida, están algo divididos. En este momento lo vemos, por ejemplo, incluso en el tema de las “vacunas”, que no quiero abordar aquí, pero que, en mi opinión, pone de manifiesto precisamente la fragmentación de la que hablaba. Hay que tomar dos caminos juntos y de manera convergente: por un lado, nuestras comunidades católicas deben volver, sin miedo, a hablar de este tema e indicar la visión de la sana razón y de la Iglesia; y, por el otro, hay que proceder a una formación más amplia y sólida, no extemporánea, sino sistemática. Solo sobre estas bases podremos enfrentarnos a ca