Varios

Elementos básicos para la sanación de la Iglesia después de Traditionis Custodes. Por Gabriel Calvo Zarraute

  1. Introducción

Donde no hay teología y santidad se suple con ideología y demagogia que, inevitablemente, desembocan en el abandono de la noción clásica de autoridad[1], basada en la filosofía del ser y el derecho natural, para degenerar en la justificación del despotismo absolutista, ahora totalitarismo, propio del Estado moderno: «La autoridad, no la verdad, hace la ley»[2], escribía Hobbes. Así, es preciso resaltar los caminos que se han de recorrer por fuerza, con la finalidad de que se produzca la curación de la Iglesia de la herejía modernista, lo que conducirá a un renacimiento espiritual sólido, fecundo y duradero, capaz de ser la alternativa a la degradada civilización occidental que ha optado por su desaparición por vía de suicidio[3].

No se debe olvidar que por grave que sea la situación actual, la Iglesia, como «Cuerpo Místico de Cristo»[4], posee en sí misma los anticuerpos necesarios y precisos para volver a ser resplandeciente en la verdad y belleza, atributos de Dios[5], que conforman su verdadero culto saturado de trascendencia. La Iglesia no es una obra humana, inmanente, sino que nace del Corazón traspasado de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz, en él mora, se alimenta y de Él recibe todo su ser. Este origen y conexión sobrenatural que la une al Esposo divino son los fundamentos de la esperanza cierta que anima a todo verdadero hijo suyo, e impiden que el dolor y la tristeza, por profundos y justificados que sean, se transformen en desánimo y pesimismo.

  1. Necesidad de volver a la definición tradicional de verdad

Es necesario convencerse de que la ruina y destrucción de la Iglesia, particularmente desde 1965 aunque para analizar sus orígenes habría que remontarse a los inicios del siglo XX, no atañen solo a la fe, al campo de lo sobrenatural, sino que, atacan primariamente a la esfera natural de la razón. Bien lo diagnóstico el insigne Cornelio Fabro: «La crisis actual de la teología, y reflejamente de la Iglesia posconciliar, es de naturaleza metafísica»[6]. Puesto que, según Santo Tomás, creer es lo propio del intelecto[7], está claro que toda perturbación sustancial que afecte a este, inevitablemente, repercutirá también en la fe.

El fin propio de la inteligencia, en el que descansa, es la verdad, que Santo Tomás define magistralmente como «adaequatio rei ad intellectum»[8]: adecuación del entendimiento con la realidad. De este hacerse una misma cosa la inteligencia con lo real derivan, para el juicio humano, sus leyes inmutables: el principio de no contradicción, el de causalidad y el de finalidad. La dinámica del conocimiento que Santo Tomás puso claramente de manifiesto se origina y fundamenta en la apertura de la realidad extramental, en la apertura al ente.[9] Se podrían realizar numerosas consideraciones de naturaleza filosófica tocantes a este texto[10]; sin embargo, lo que a nosotros nos concierne en esta hora es, sencillamente, ratificar, frente a toda la confusión del pensamiento moderno, que el conocimiento se origina, como sostenía Aristóteles, del asombro al constatar que algo existe, no de la duda cartesiana de la memoria[11]. El conocimiento es apertura al ser y a sus leyes, que la inteligencia halla fuera de sí, no producción y posición de estos. La inteligencia está abierta al ente por naturaleza, y es relativa a él, del mismo modo que le sucede a la vista con los colores.

El descarrío del pensamiento moderno se explica, en último análisis, por la solución errónea que se da al problema de la relación que media entre el ser y el pensamiento, es decir, al problema de quien fundamenta a quien. De si es el primero el que fundamenta al segundo, o sea el pensamiento quien obedece y se conforma con la realidad o de si, como pretende el idealismo, sucede lo contrario[12].

Es cuanto puso en evidencia San Pío X, con gran profundidad teórica, en sus intervenciones contra el modernismo[13]. El mal radical que aqueja al individuo, y por extensión a la sociedad civil y a la sociedad eclesial se cifra en el individualismo, subjetivismo y sentimentalismo característicos de la Modernidad, como afirma Juan Fernando Segovia siguiendo la tesis de Zigmunt Bauman: «La tolerancia absoluta de todo y para todo, es el valor dominante. Lo único que no se tolera en tiempos posmodernos son las convicciones firmes, las que no se sujetan a consenso, pues la época liquida, no tolera lo sólido y lo vomita»[14].

Consecuentemente, la inteligencia renuncia a su poder de conocer las cosas como son en sí mismas, independientemente del espíritu que las piensa. Se priva del trampolín de la realidad, por ello se confiesa incapaz de elevarse hasta el Principio de la realidad, pero al exiliarse de la realidad, la inteligencia se repliega automáticamente sobre sí misma. No existiría para ella sino lo que en ella se manifiesta, no ya las cosas mismas, sino las ideas que se hace de las cosas. Así no está ya sujeta a lo real, ni al Principio de la realidad. La inteligencia no depende ya más que de sí misma, de su facultad de producir ideas, entidades infinitamente maleables, que están ya sometidas a su poder creador. Se trata del voluntarismo nominalista de Ockam: el mundo es lo que yo pienso del mundo[15].

Si no se reconoce el primer acto de la inteligencia en su apertura a lo real, si la inteligencia no acepta que la realidad constituya la norma de su actividad, entonces, se pone en discusión que la verdad es la conformidad del pensamiento con lo real[16]. El modernismo al divorciarse de lo real y del principio de la realidad sostiene que no puede seguir habiendo una sola verdad eterna y necesaria en el campo de la fe ni en el de la vida social y política[17]. Así, formas y categorías son producciones del pensamiento sobre las que este se enseñorea y de las cuales puede liberarse cuando lo desee. Continua el profesor Segovia: «Si la ética es la ciencia del bien y el bien es el fin al que tiende todo hombre, lo que apetece todo ser, no habiendo fin humano y no habiendo sujeto de actividad finalista, no hay ética. Y si no hay norma moral, no hay norma jurídica ni norma política. Esta es la inicial confusión que nos lleva a la idea del hombre en la posmodernidad»[18].

Urge más que nunca poseer ideas claras sobre lo que Hegel denomina el «comienzo» del pensamiento, sin tal claridad de fondo resulta imposible construir nada estable, nada perdurable, inmutable[19]. En aras del bien de la Iglesia y de la salvaguarda del orden natural, se debe remachar con fuerza y de todas las maneras posibles este punto tan esencial, adoptando la postura que sea obligada contra los desde hace más de cincuenta años minan impunemente el dogma, la verdad y la moral precisamente en su raíz, y ponen en ello las bases para la realización del proyecto satánico: «seréis como dioses, conocedores del bien y del mal»[20]. Julio Alvear profundiza: «Es a partir de la conciencia subjetiva del hombre que la Modernidad reivindica el derecho a pensar y creer lo que se quiera, lo que tiene siempre, directa o indirectamente, su punto de partida en la libertad moral autónoma e independiente»[21].

La herejía modernista parte del subjetivismo y vuelve a él destronando a Dios y sus dogmas inmutables poniendo al hombre en su lugar[22]. Puesto que la conciencia humana carece de toda conexión con cualquier cosa que la sobrepase, no podrá alcanzar a Dios sino en sí misma. Aceptar la revolución del pensamiento moderno significa, en el ámbito teológico, minar en su base la posibilidad de comprender la doctrina católica «eodem sensu eademque sententia», una obligación insoslayable para todo católico.

Lo cierto es que hay que volver a la definición tradicional de la verdad como «adecuación del entendimiento con la realidad», la conformidad del juicio con el ser extramental y sus leyes inmutables. Los dogmas suponen esta definición. No es una decisión arbitraria, sino por su misma naturaleza, por lo que nuestra inteligencia se adhiere al valor ontológico y a la necesidad absoluta de los primeros principios como leyes de la realidad. Solo así se podrá mantener la definición tradicional de la verdad que los dogmas presuponen. Esta razón, fuerte y humilde al mismo tiempo, es, con todas las consecuencias que se derivan de ella, «conditio sine qua non» para poder edificar sobre la roca de la eternidad, de la estabilidad, no sobre la arena de la temporalidad, del devenir, y no hay enemigo peor que quien lo niega o intenta disimularlo. He aquí el primer punto de partida irrenunciable para una verdadera reforma de la Iglesia.

  1. Necesidad de volver al fundamento de la fe católica

La esencia del acto de fe estriba en la adhesión de la inteligencia a las verdades reveladas por Dios en virtud de Aquel que revela, de ahí que no se crea porque el contenido de la fe sea evidente, ni porque esté en consonancia con las aspiraciones y exigencias propias y del tiempo concreto, como postula el historicismo[23]. La razón formal de la fe es que Dios revela algo, un contenido intelectual, y que, a Él, que no puede engañarse ni engañarnos, se le debe el homenaje del intelecto. Las verdades fundamentales de la fe están por encima de la razón, aunque el mismo ejercicio de la razón colabora a su mejor conocimiento[24]. A este respecto escribe Eduardo Vadillo: «La objetividad de la fe hace referencia necesaria al realismo cognoscitivo: el hombre es capaz de conocer la verdad y expresarla. Si se niega el aspecto cognoscitivo de la fe, en realidad se sitúa la relación con Dios como algo ajeno al conocimiento»[25].

La revelación divina es transmitida e interpretada con nitidez por el Magisterio infalible de la Iglesia, al cual debemos asentir humilde y filialmente, tanto si se expresa en la forma ordinaria como si lo hace en la extraordinaria, siempre en continuidad con la Tradición, que, por definición, no puede ser dinámica, arbitraria, contradictoria[26]. Es imposible que la Iglesia se haya podido equivocar al enseñar una verdad y celebrar un venerable rito litúrgico durante siglos (en realidad, durante más de mil años, desde San Gregorio Magno[27]). O lo que equivale a lo mismo, al condenar un error y rechazar una liturgia protestantizada también durante siglos, como hizo con el sínodo jansenista de Pistoya en 1786[28]. Debido a este origen divino, la fe goza de una certeza que no alcanza a tener el conocimiento humano más evidente, una certeza que se debe, insistimos, a Aquel que se revela, no a la evidencia intrínseca de lo que revela. Y a causa, asimismo, de este origen divino, quien niegue un solo artículo de fe socava los fundamentos de la propia fe, como explica claramente Santo Tomás: «Quien no se adhiere a la enseñanza de la Iglesia como a regla infalible y divina (…) carece del hábito de la fe, pues acepta las verdades por motivos distintos de la fe. Está claro que quien se adhiere a la enseñanza de la Iglesia como a una regla infalible acepta todo lo que la Iglesia enseña. En caso contrario, si de cuanto enseña la Iglesia acepta o no acepta lo que quiere, no se adhiere a la enseñanza de la Iglesia como a una regla infalible, sino que sigue su voluntad»[29].

No cabe duda de que, respecto a la naturaleza estable de la verdad y de Aquel que revela, nadie, sea quien sea, puede arrogarse jamás en la Iglesia, la autoridad de enseñar algo distinto u opuesto a cuanto la Iglesia recibió de Nuestro Señor Jesucristo y ha transmitido a lo largo de los siglos[30]. San Vicente de Lerins respondía así a los que pudieran temer, ante tamaña afirmación, que no se diera jamás progreso dogmático alguno en la Iglesia: «Más se objetará: ¿no se dará, según eso, progreso alguno de la religión en la Iglesia de Cristo? […], pero para que tal, sea verdadero progreso de la fe, no una alteración de la misma, a saber: es propio del progreso que cada cosa se amplifique en sí misma, y propio de la alteración es que algo pase de ser una cosa a ser otra»[31].

El segundo punto de partida para resolver la crisis actual es devolver a la Iglesia su fecundidad apostólica desembarazándose de todas las posiciones que introducen una mutación respecto de las enseñanzas del Magisterio constante, ordinario o extraordinario[32]. El dogma ha conocido un gran desarrollo en la Iglesia, pero eso se ha debido a las potencialidades que le son intrínsecas, pues las circunstancias externas, como la amenaza de las herejías, nunca pasan de ser meros factores ocasionales[33]. Tal desarrollo ha consistido, en una penetración en la verdad revelada y acogida, extrayendo de ella, con ayuda de la razón rectamente entendida, todas las consecuencias lógicas. En cambio, lo que está sucediendo hoy, -piénsese, en la cuestión de la libertad religiosa confundida con el irenismo, el relativismo o el sincretismo- constituye un cambio originado por la acogida de la mayor parte de los católicos, incluida la jerarquía, de los principios axiales del pensamiento moderno[34]. En el caso en cuestión, el principio de la libertad irrestricta de conciencia, los pontífices lo condenaron repetidamente desde que surgió en el siglo XVIII con la Ilustración y prosiguió en el XIX con el liberalismo[35].

Frente a ello es menester volver a meditar, palabra por palabra, la doctrina que San Vicente de Lerins, expresó con extraordinaria actualidad: «Por otra parte, si comienzan a mezclarse las cosas nuevas con las antiguas, las extrañas con las domésticas, las profanas con las sagradas, forzosamente se deslizará esta costumbre, cundiendo por todas partes, y al poco tiempo nada quedará intacto en la Iglesia, nada inviolado, nada íntegro, nada inmaculado, sino que al santuario de la verdad casta e incorrupta sucederá el lupanar de los errores torpes e impíos. La Iglesia de Cristo, en cambio, custodio solícito y diligente de los dogmas a ella encomendados, nada altera jamás en ellos, nada les quita, nada les añade, no amputa lo necesario, ni aglomera lo superfluo, no pierde lo suyo, ni usurpa lo ajeno. La Iglesia Católica en todo tiempo con los decretos de sus concilios, provocada por las novedades de los herejes, esto y nada más que esto: lo que había recibido de los antepasados en otro tiempo por sola tradición, lo transmite más tarde a los venideros también en documentos escritos, condensando en pocas letras una gran cantidad de cosas, y a veces, para mayor claridad de percepción, sellando con la propiedad de un nuevo vocablo el sentido no nuevo de la fe»[36].

  1. Conclusión: abandonar el antropocentrismo moderno por el teocentrismo tradicional

Hay que reconocer que la solución de todos los problemas que afligen a la Iglesia y al mundo posmoderno se encuentra exclusivamente en la fidelidad incondicionada a cuanto la Iglesia nos ha transmitido sin alteraciones hasta hoy. Es decir, la recuperación de la Iglesia histórica, o, dicho de otro modo, de la Tradición como fidelidad a lo transmitido en la historia[37]. Solo así, con un acto de humilde y confiado abandono en Dios, desafiando todos los cálculos humanos, previsiones sociológicas y posibilismos políticos, será posible no solo la restauración, sino, además, la verdadera reforma de la Iglesia que lleve consigo toda esa vivacidad y dinamismo que sin duda necesita ahora más que nunca. No se tema repetir todo cuanto la Iglesia ha enseñado siempre, no importa que dichos principios les parezcan ayunos de sentido común a las cada vez más deformadas mentalidades modernas[38]. Es menester ser fieles a Nuestro Señor Jesucristo y a su Santa Iglesia, no al mundo moderno-posmoderno y sus expectativas[39]. La única obra verdadera de caridad que le podemos hacer a esta humanidad extraviada es la de ser fieles a la Tradición Católica, la de volver a enseñar sin miedo todo lo que se nos ha transmitido[40], apoyándose exclusivamente en la asistencia divina.

Antaño profetizaba Isaías: «Ay de aquellos que van a buscar socorro en Egipto, poniendo la esperanza en sus caballos, y confiando en sus muchos carros de guerra, y en su caballería, por ser muy fuerte, y no han puesto su confianza en el Santo de Israel, ni han recurrido al Señor. Pero he aquí lo que me ha dicho el Señor: de la manera que ruge el león sobre su presa, y por más que vaya contra él una cuadrilla de pastores no se acobarda a sus gritos, ni se aterrará por muchos que sean los que le acometan, así descenderá el Señor de los ejércitos para combatir sobre el monte Sión y sobre sus collados. Como un ave que revolotea en torno a su nido, del mismo modo amparará a Jerusalén el Señor de los ejércitos, la protegerá y la librará, pasando de un lado a otro, y la salvará»[41].

Solo con el coraje de la fidelidad a lo que el mundo reputa como estulticia, ignorancia y fanatismo, pero que, por el contrario, resulta ser «fuerza y sabiduría de Dios»[42], será como se instaure el Reinado Social del Corazón de Jesús y no los sucedáneos que vienen resultando un fracaso estrepitoso y sin paliativos[43]. Frente a las terribles amenazas y las desoladoras realidades que tenemos a la vista en una Iglesia y un mundo cada vez en mayor estado de disolución, no hay más que un camino por recorrer: fe, más fe. «No temas, ten fe»[44]. Este acto de fe intrépida es lo único que podrá hacer resurgir a la Iglesia más bella y esplendente después de la terrible prueba final de la que nos habla el Catecismo de la Iglesia Católica[45] y que cada día se hace más palpable.

Por Gabriel Calvo Zarraute

infovaticana.com

 

 

[1] Cf. Ana Isabel Clemente, La auctoritas romana, Dykinson, Madrid 2013, 43.

[2] Thomas Hobbes, Leviatán, Gredos, Madrid 2014, 93.

[3] Cf. Douglas Murray, La extraña muerte de Europa. Identidad, inmigración, islam, Edaf, Madrid 2019, 337; César Vidal, Un mundo que cambia. Patriotismo frente a la agenda globalista, TLM Editorial, Tenessee 2020, 216

[4] Cf. Pío XII, Mystici corporis, n. 11, 1943.

[5] Santo Tomás, Compendio de teología, lib. 2, cap. 9.

[6] Cornelio Fabro, La aventura de la teología progresista, EUNSA, Pamplona 1976, 317.

[7] Cf. S. Th., II-II, q. 2, a. 2.

[8] I Sent, d. XIX, q. 5, a. 1.

[9] De Ver, q. 1, a. 1.

[10] Cf. Francisco Canals, Sobre la esencia del conocimiento, PPU, Barcelona 1987, 256; Roger Verneaux, Epistemología general, Herder, Barcelona 2005, 119.

[11] Cf. Frederick Copleston, Historia de la filosofía, Ariel, Barcelona 2011, vol. I, t. I, 250.

[12] Cf. Santiago Cantera Montenegro, La crisis de Occidente. orígenes, actualidad y futuro, Sekotia, Madrid 2020, 183.

[13] Tanto en el campo filosófico y teológico con la encíclica Pascendi (1907) y el decreto Lamentabili (1907), como en el político con Notre charge apostolique (1910). Pues del mismo modo que el naturalismo en teología es el modernismo, el liberalismo no es más que el modernismo en política.

[14] Juan Fernando Segovia, «La ética posmoderna de los derechos humanos», en Verbo, n. 593-594, 226.

[15] Cf. Étienne Gilson, La filosofía de la Edad Media. Desde los orígenes patrísticos hasta el fin del siglo XIV, Gredos, Madrid 2017, 616-622.

[16] Cf. Antonio Millán-Puelles, Fundamentos de filosofía, Rialp, Madrid 468.

[17] Dominique Bourmaud, Cien años de modernismo. Genealogía del concilio Vaticano II, Ediciones Fundación San Pío X, Buenos Aires 2006, 318.

[18] Juan Fernando Segovia, «La ética posmoderna de los derechos humanos», en Verbo, n. 593-594, 219.

[19] Cf. Antonio Truyol y Serra, Historia de la Filosofía del Derecho y del Estado, Alianza, Madrid 2005, vol. 3, 142.

[20] Gn 3, 5.

[21] Julio Alvear, La libertad moderna de conciencia y de religión. El problema de su fundamento, Marcial Pons, Madrid 2013, 27.

[22] Cf. Reginald Garrigou-Lagrange, Las formulas dogmáticas. Su naturaleza y su valor, Herder, Barcelona 1965, 7; Ramón García de Haro, Historia teológica del modernismo, EUNSA, Pamplona 1982, 201; cf. Santiago Casas (Ed.), El modernismo a la vuelta de un siglo, EUNSA, Pamplona 2008, 311.

[23] Cf. Jesús García López, Escritos de antropología filosófica, EUNSA, Pamplona 2006, 56.

[24] Cf. Dom Columba Marmión, Jesucristo vida del alma, Editorial litúrgica, Barcelona 1960, 149.

[25] Eduardo Vadillo, Breve síntesis académica de teología, Instituto Teológico San Ildefonso, Toledo 2009, 166.

[26] Cf. Reginald Garrigou-Lagrange, El sentido común, la filosofía del ser y las fórmulas dogmáticas, Palabra, Madrid 1980, 369 y ss.

[27] Cf. Klaus Gamber, La reforma de la liturgia romana, Ediciones renovación, Madrid 1996, 22.

[28] Cf. Hubert Jedin, Manual de Historia de la Iglesia, Herder, Barcelona 1978, vol. VI, 759.

[29] S. Th, II-II, q. 5, a. 3.

[30] Cf. Isidro Gomá, Jesucristo Redentor, Casulleras, Barcelona 1944, 614.

[31] San Vicente de Lerins, Conmonitorio, cap. 23, 1-2.

[32] Cf. Rodrigo Menéndez Piñar, El obsequio religioso. El asentimiento al Magisterio no definitivo, Instituto Teológico San Ildefonso, Toledo 2020, 25.

[33] Cf. Francisco Marín-Sola, La evolución homogénea del dogma católico, BAC, Madrid 1952, 291.

[34] Cf. Victorino Rodríguez, Temas-clave de humanismo cristiano, Speiro, Madrid 1984, 129.

[35] Cf. Guillermo Devillers, Política cristiana, Estudios, Madrid 2014, 239.

[36] San Vicente de Lerins, Conmonitorio, cap. 32, 15-16.19.

[37] Cf. Juan Cruz, Filosofía de la Historia, EUNSA, Pamplona 2002, 93-94.

[38] Cf. Gabriele Kuby, La revolución sexual global. La destrucción e la libertad en nombre de la libertad, Didaskalos, Madrid 2017, 44.

[39] Cf. Douglas Murray, La masa enfurecida. Cómo las políticas de identidad llevaron al mundo a la locura, Península, Barcelona 2019, 341.

[40] «Os he transmitido lo que recibí» (1ª Cor 11, 23).

[41] Is 31, 1. 4-5.

[42] Cf. 1ª Cor, 1, 24.

[43] Cf. Jean Ousset, Para que Él reine. Catolicismo y política por un orden social cristiano, Speiro, Madrid 1972, 17.

[44] Mc 5, 36.

[45] CEC 675-677.

El Vaticano, en manos de la industria anticonceptiva. Por Riccardo Cascioli.

La Quinta Conferencia Internacional del Vaticano, que se celebrará del 6 al 8 de mayo bajo el tema “Explorar la mente, el cuerpo y el alma – Unidos para prevenir y unidos para curar”, ya ha provocado un considerable escándalo. En primer lugar, por la presencia de algunos oradores, entre lo bizarro y lo vergonzoso: la primera categoría incluye a Chelsea Clinton (hija de la ex pareja presidencial estadounidense), la ex modelo Cindy Crawford y cantantes de rock como Joe Perry del grupo Aerosmith; a la segunda pertenece el gurú de la Nueva Era Deepak Chopra, la conservacionista Dame Jane Goodall, fanática defensora del control de la natalidad y la reducción de la población (en Davos, hace un año, dijo que la población mundial debería reducirse a los niveles de hace 500 años, es decir, entre 420 y 560 millones) y sobre todo los mayores partidarios de la vacunación masiva, desde el inmunólogo Anthony Fauci hasta los máximos responsables de Pfizer y Moderna, Albert Bourla y Stéphane Bancel, pasando por el director de Google Health, David Feinberg.

¿Qué hace toda esta gente en el Vaticano (aunque sea virtualmente, dados los límites establecidos por el Covid), hablando de salud, invitados por el Consejo Pontificio de la Cultura que dirige el cardenal Gianfranco Ravasi? Es una cuestión aún más urgente si se tiene en cuenta que estas conferencias internacionales nacieron en 2011 para promover la investigación con células madre adultas, una respuesta a la tendencia del mundo industrial y científico que se centraban en cambio en las células embrionarias. Sobre todo, es inevitable juntar el entusiasmo del Vaticano por las vacunas (incluyendo la promoción del adoctrinamiento vacunal en la iglesia, como revelamos ayer) y la presencia de las dos empresas farmacéuticas que se reparten la mayor parte del pastel de las ganancias de las vacunas. Como mínimo, una coincidencia inoportuna.

Peor aún es la impresión que crea el cartel que anuncia las Jornadas: una pirueta digna de Oliviero Toscani con la referencia al detalle de la Creación de Adán, de Miguel Ángel, en la que las dos manos que se tocan (los brazos son uno de color y otro blanco para ser políticamente correctos) están cubiertas por guantes de látex. Sea cual sea la intención de quienes lo concibieron y de quienes lo aprobaron, es objetivamente una manifestación de ateísmo práctico. Incluso Dios debe protegerse del virus, con aquello que la ciencia haya decidido que es necesario. Es la demostración más clara de lo que venimos diciendo desde hace tiempo: que para muchos pastores de la Iglesia la salud ha sustituido a la salvación como principal preocupación. Y la vacuna, por supuesto, es la verdadera salvación.

Esto bastaría e incluso sobraría para horrorizarse ante esta deriva de la institución eclesiástica.

Pero hay otro aspecto, quizá más impactante aunque menos evidente. Y uno lo descubre tratando de responder a una sencilla pregunta que surge espontáneamente al observar la grandeza de la Conferencia: ¿quién paga? El organizador vaticano de la Conferencia, monseñor Tomasz Trafny, ha dejado claro que todo es a coste cero para la Santa Sede: pagan una serie de organizaciones, fundaciones e industrias vinculadas al tema de la promoción de la salud y la investigación médica. Moderna también está en la lista de patrocinadores, lo que se explica por sí mismo. Pero el verdadero patrocinador clave, aquel sin el cual la conferencia no habría sido posible a este nivel, es la Fundación John Templeton, una de las 25 mayores fundaciones de Estados Unidos.

¿Y qué hace la Fundación John Templeton? ¿Por qué está tan interesada en la Iglesia? Porque está muy involucrada en programas de planificación familiar (léase control de la natalidad) en países en desarrollo, especialmente a través de la participación de las llamadas “Faith-based Organizations”, es decir, organizaciones benéficas de base religiosa. Aunque para salvar las formas y para no herir demasiado las sensibilidades –dada la implicación de organizaciones islámicas, católicas, protestantes y judías- se matiza el lenguaje con el que se presentan los distintos proyectos, la realidad es que la Fundación John Templeton es uno de los principales actores en la difusión de anticonceptivos en el mundo. La lista de beneficiarios de los distintos proyectos de la Fundación incluye también a varias organizaciones nacionales africanas de Cáritas: aunque en la presentación de los proyectos no queda claro a qué nivel participan las organizaciones católicas, sí está claro que el concepto de planificación voluntaria promovido por la Fundación John Templeton y otras similares vinculadas a las Naciones Unidas difiere considerablemente del concepto de paternidad y maternidad responsables que enseña la Iglesia.

John Templeton también es miembro de la Coalición de Suministros de Salud Reproductiva, una coalición de fundaciones, organizaciones, industrias farmacéuticas y gobiernos que trabaja en colaboración con el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) para difundir todos los anticonceptivos modernos. Es una coalición que mueve unos 3.000 millones de dólares al año en anticonceptivos. Por supuesto, no es ninguna sorpresa encontrar en el elenco de miembros a la Fundación Bill y Melinda Gates –seguramente la más generosa del mundo en la financiación de la cultura y la práctica de la anticoncepción- y a la Federación Internacional de Planificación Familiar (IPPF), la mayor multinacional del aborto y la anticoncepción, en la lista de socios de esta coalición.

El hecho de que la especialidad de la Fundación John Templeton sea precisamente el alistamiento de las religiones en la labor de difusión de la anticoncepción también deja claro por qué financia generosamente la Conferencia Sanitaria del Vaticano. Y, como admite cándidamente monseñor Trafny, los que pagan también eligen a los oradores.

Y si el tema pasa a ser la anticoncepción, no puede escapar al hecho de que la industria farmacéutica Pfizer no sólo es la fabricante de la vacuna anti-Covid más popular (de uso obligatorio en el Vaticano), sino que también es la “reina” de los anticonceptivos inyectables de larga duración, es decir, inyecciones que impiden la ovulación durante 13 semanas, pero con efectos secundarios que han demostrado ser desastrosos para las mujeres del Tercer Mundo, con altas tasas de mortalidad: se trata de la infame (en los países pobres) Depo Provera, protagonista desde los años 70 de salvajes programas de control de la natalidad en África, Asia y América Latina (véase también Riccardo Cascioli, Il complotto demografico, Piemme 1996), a la que se sumó en 2015 Sayana Press. La sustancia, el procedimiento, la eficacia y los efectos secundarios son en todos los aspectos similares a los de Depo Provera, con la única diferencia de que esta última se inocula mediante una inyección intramuscular, mientras que Sayana Press con una inyección subcutánea que, por tanto, puede autoinyectarse fácilmente.

Por lo tanto, hay relaciones muy peligrosas establecidas por la Santa Sede, que hacen más fácil entender la razón de que algunos prelados se abran a la anticoncepción en los países en desarrollo. Una contradicción flagrante con el Magisterio de la Iglesia, y un grave peligro para la libertad de la Iglesia, un problema del que los anteriores pontífices eran muy conscientes. Tanto es así que en noviembre de 2012 el Papa Benedicto XVI firmó un Motu Proprio en el que aclaraba lo que incluso el sentido común debería sugerir, a saber, que las organizaciones caritativas católicas no pueden ser financiadas para sus actividades por “organismos o instituciones que persigan fines contrarios a la doctrina de la Iglesia”. El documento, un texto legislativo, se llamaba Intima Ecclesiae Natura y partía de la preocupación de que todas las obras de caridad nacidas en el seno de la Iglesia -Cáritas a la cabeza- estuvieran al servicio de la evangelización y, por tanto, no crearan confusión entre los fieles sobre lo que la Iglesia enseña, incluso apropiándose indebidamente de los donativos de los propios fieles (lo que evidentemente ocurrió). El inspirador de aquel documento fue el Consejo Pontificio Cor Unum (hoy diluido en el Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral) dirigido en su momento por el cardenal Robert Sarah, y se dirigía sobre todo a los obispos diocesanos, responsables del control de las organizaciones caritativas en su propio territorio.

Sin embargo, apenas ocho años después, resulta que es incluso la Santa Sede la que viola lo que ella misma estableció, atándose de pies y manos a la industria de la anticoncepción.

Riccardo Cascioli

brujulacotidiana.com

El islam radical conquista Holanda: «Existe una sociedad paralela» Por Leone Grotti

«Ni en Arabia Saudita, ni en Kuwait se predica la mutilación genital femenina, pero sí en Holanda». Es la valiente denuncia de la musulmana de etnia hazara Shirin Musa, directora de la asociación Femmes for Freedom. Musa, de origen afgano, emigró con su familia a Holanda desde Pakistán cuando ella tenía solo seis meses. Su familia huía del extremismo islámico y hoy se define orgullosamente «holandesa».

El islam radicalizado en Holanda

En una entrevista publicada en Le Figaro, Musa denuncia hasta qué punto el extremismo islámico está arraigado en Holanda. Si por un lado ve una «emancipación positiva, un renacimiento de las comunidades musulmanes que se sienten europeas y holandesas y desean lo mejor a su país», por el otro «hay una emancipación negativa que tiende al extremismo. También en nuestro país ha habido musulmanes que se han ido para combatir en favor del Estado islámico en Siria. Pero uno de los problemas mayores que tenemos es la financiación extranjera, que envenena las comunidades musulmanas y las radicalizan».

En Holanda, continúa, el problema no es tanto el terrorismo islámico cuanto el «terrorismo íntimo» que se predica en las mezquitas, donde los imames «proclaman que los hombres deben tomar todas las decisiones en la familia, que un hombre tiene derecho a tener varias esposas y que la mutilación femenina es algo bueno. La verdad es que en Holanda se está desarrollando una sociedad paralela y es este estado de cosas lo que yo combato con mi asociación Femmes for Freedom«.

«La tolerancia es excesiva»

En su opinión, la tolerancia hacia quien tiene ideas distintas es un valor, pero en el país que la ha acogido «la tolerancia es excesiva»: «La Haya tiene la mezquita más grande de Holanda, que es salafita. Una serie de investigaciones ha revelado que en los folletos educativos que se distribuyen y en los sermones se predica la poligamia y los matrimonios forzados con menores. Hace tres años se descubrió que se predicaba la mutilación genital femenina. Acusamos al imam y después pedimos a las autoridades municipales que cerraran la mezquita, porque en Holanda la mutilación femenina es un delito grave. Sin embargo, el Ayuntamiento rechazó nuestra petición porque, dijo, se trataba de libertad religiosa y libertad de expresión. En cambio, ganamos el proceso judicial contra el imam, que ha sido condenado a realizar 80 horas de servicios comunitarios y al que se le ha impedido seguir fomentando esa práctica. Tenemos un causa abierta por los mismos motivos contra una mezquita de Utrecht».

«Me acusan de ser islamófoba»

La feminista holandesa explica que los musulmanes tienen todo el derecho de abrir sus mezquitas y escuelas, pero no pueden violar la ley. La paradoja es que, al llevar adelante estas batallas, muchas personas en Holanda la acusan de «racista e islamófoba». «Hay justicieros sociales que nos acusan de alimentar los estereotipos negativos contra los musulmanes y me dicen que soy de extrema derecha. Yo solo creo que cuando se tienen derechos, también se tienen deberes, entres los cuales está el de cumplir la ley».

Holanda es el país de Europa occidental donde más ha disminuido la práctica religiosa en los últimos cuarenta años. La tolerancia extrema de prácticas inaceptables, procedentes de algunas de las ramificaciones más radicales del islam, parece ser una de las muchas consecuencias de ese «hiperindividualismo» que denunciaba a Tempi el cardenal holandés Willem Jacobus Eijk: «La causa principal de esta situación es el hiperindividualismo de nuestro tiempo. El hiperindividualista piensa que no solo tiene el derecho, sino incluso el deber, de crearse una fe a su medida, una filosofia de vida propia, un sentido propio de los valores éticos. El hiperindividualismo es una cultura de la autenticidad, como la definió el filósofo canadiense Charles Taylor, en la que el imperativo es ser uno mismo».

Publicado por Leone Grotti en Tempi.

Porque los trabajadores deben mirar a san José. Por Ermes Dovico

Los Evangelios, aunque con breves rasgos, nos brindan información que a menudo se subestima: una parte importante de la vida terrena de Jesús tuvo lugar en el trabajo. Para expresar el asombro (mezclado con escándalo) por la sabiduría que Jesús manifestó desde el inicio de su vida pública, sus conciudadanos lo llamaron “carpintero” (Marcos 6, 3) o “hijo del carpintero” (Mateo 13, 55). ¿Quién le había enseñado el oficio? Por supuesto, san José.

Esta escuela con su propio padre virginal tuvo por tanto un peso considerable en el crecimiento de Jesús en sabiduría, edad y gracia (que ocurre en la sumisión general a los padres). De ahí el significado salvífico de esta realidad, bien resumida en la exhortación apostólica Redemptoris Custos: “El trabajo humano y, en particular, el trabajo manual tiene en el Evangelio un significado especial. Junto con la humanidad del Hijo de Dios, el trabajo ha formado parte del misterio de la Encarnación, y también ha sido redimido de modo particular. Gracias a su banco de trabajo sobre el que ejercía su profesión con Jesús, José acercó el trabajo humano al misterio de la Redención” (RC, 22).

El Redentor, acercándose al trabajo, lo purificó y santificó, como también lo recuerda el padre Tarcisio Stramare, josefólogo que colaboró ​​con la RC. “La actividad humana no fue excluida por Él de la salvación, porque su solidaridad con el hombre fue total: semejante a nosotros en todo menos en el pecado”. Y sobre el papel del jefe de la Sagrada Familia, añadió: “Bueno, ninguno de los hombres, después de María, ha estado tan cerca de las manos, la mente, la voluntad, el corazón de Jesús como san José. Repitiendo el ejemplo de san José a los trabajadores, Pío XII subrayó precisamente que había sido el santo en cuya vida había penetrado más el espíritu del Evangelio”1.

Es por esta cercanía a Jesús que el papa Pacelli quiso instituir la fiesta litúrgica de “San José Artesano” (hoy memoria de “San José Trabajador”), anunciándola en el discurso del 1 de mayo de 1955. El contexto histórico en el que esto sucedió era influenciado negativamente por la ideología marxista, que miraba a los trabajadores (especialmente a los obreros) con el lente de la lucha de clases, según una perspectiva atea que excluía cualquier referencia al Padre celestial. Por tanto, hacía el juego al diablo, que “siembra cizaña” y “hace todo lo posible para difundir ideas falsas sobre el hombre y el mundo, sobre la historia, sobre la estructura de la sociedad y la economía”. Es cierto que el marxismo, mientras tanto, se ha vuelto más líquido pero las ideologías continúan proliferando. Y el trabajo sigue siendo, junto con la familia, uno de los ámbitos más atacados.

Ayer como hoy, la solución es -como indicó el mismo Pío XII- reconocer el reinado de Cristo sobre la historia y abrirle las “realidades sociales”, único camino hacia la verdadera paz y justicia. Para evitar la contaminación del error entre los eslabones más débiles de la cadena, el pontífice señaló esta precisa urgencia: “La formación religiosa del cristiano, y especialmente del trabajador, es una de las principales tareas de la acción pastoral moderna”. Tal formación no puede limitarse, en las intenciones de Pacelli, a la satisfacción de las obligaciones religiosas, sino que debe llevar al trabajador a profundizar la doctrina de la fe y comprender el orden moral del mundo, establecido divinamente. Y eso debe ser reconocido principalmente por gobernantes y empleadores.

Pío XII exhortaba, en definitiva, a recuperar el sentido cristiano del trabajo, que debe estar orientado a “extender el reino de Dios”. ¿Y qué mejor protector de san José que con su trabajo, y toda su vida, operó únicamente para este fin?

El trabajo, entendido de manera cristiana, hace al hombre partícipe de la obra creadora de Dios. Recordando el relato bíblico de los días de la Creación, san Juan Pablo II escribió que el primer “Evangelio del trabajo” se encuentra en el Génesis. Esa descripción (que nos dice que Dios al final de cada día veía la bondad de su obra) demuestra la dignidad del trabajo y “enseña que el hombre, trabajando, debe imitar a Dios, su Creador, porque lleva consigo -él solo- el elemento singular de la semejanza con Él. El hombre tiene que imitar a Dios tanto trabajando como descansando, dado que Dios mismo ha querido presentarle la propia obra creadora bajo la forma del trabajo y del reposo” (Laborem Exercens, 25). El trabajador es entonces llamado a observar el descanso dominical, que no solo concierne al aspecto físico, sino que involucra toda su dimensión interior. Se trata del reposo en Dios, que el hombre debe buscar en el “séptimo día” pero también en cada jornada laboral, encontrando espacios de tiempo para dedicarlos a la oración.

También en esto san José es maestro, ya que el carpintero de Nazaret no solo utilizó su trabajo para alimentar y servir a Jesús y María, sino que encontró las mayores alegrías del día en adorar al Hijo divino y alabar al Padre. Por tanto, el glorioso patriarca encarnaba a la perfección el principio del ora et labora y, por ello, incluso los contemplativos tienen un modelo en él.

De lo dicho, es evidente que el trabajo, tanto manual como intelectual (ver la alabanza al escriba que se convertie en discípulo del Reino de los cielos, en Mateo 13,52), debe realizarse según la voluntad de Dios y ayudar al hombre a obtener el gozo eterno. Esto también nos recuerda que una de sus dimensiones esenciales, como enfatizó Wojtyla, es la fatiga, que lo vincula admirablemente con la obra redentora. “En el trabajo humano el cristiano descubre una pequeña parte de la cruz de Cristo y la acepta con el mismo espíritu de redención, con el cual Cristo ha aceptado su cruz por nosotros. En el trabajo, merced a la luz que penetra dentro de nosotros por la resurrección de Cristo, encontramos siempre un tenue resplandor de la vida nueva…” (LE, 27). ¿Cómo cambia la perspectiva de nuestros días si miramos el trabajo así, con todos sus esfuerzos y quizás pequeños contratiempos diarios? Entonces realmente se convierte en una expresión de amor, como lo fue para José, y un medio para ir al Paraíso.

Ermes Dovico

brujulacotidiana.com

 

 

[1] San Giuseppe. Dignità. Privilegi. Devozioni, padre Tarcisio Stramare, Shalom, 2008, pág. 121

Experimento Argentina: el neocomunismo al ataque de la propiedad privada. Por Renato Cristin

De los muchos e imperecederos valores de la Doctrina social de la Iglesia, la intangibilidad de la propiedad privada, el incentivo a la empresa privada, la subsidiariedad y la consiguiente crítica al centralismo estatista, están entre los principales, los más radicados en el sentimiento cristiano y los más coincidentes con los fundamentos del sistema económico-social de Occidente. Por más que se quiera deformar dicha Doctrina según intereses político-sociales, estos principios fundamentales (obviamene junto con los pilares teológicos que los presiden) no pueden ser alterados.

Puede por lo tanto sorprender que la Pastoral social, que promueve la Doctrina social de la Iglesia en Argentina, haya invitado como orador de honor al actual presidente argentino, quien, más que ningún otro antes que él, ha –en los relativamente pocos meses desde su investidura– hecho de lo contrario de esos principios el fundamento de su acción de gobierno. Es decir, asombra que la Iglesia respalde una acción, que ya se ha vuelto galopante, de destrucción,  requisa y denigración de la propiedad privada y bienes personales (y a veces incluso públicos), de intimidación y extorsión contra los empresarios (ya sea pequeños o grandes) y ciudadanos particulares, de centralización de la economía y de la sociedad en todos sus aspectos, desde la educación hasta la información.

Pero el asombro se desvanece no bien pensemos en la relación estrechísima, orgánica diría, entre la Conferencia episcopal –lo cual significa entre la cúspide del Vaticano (hasta la más mínima acción de la Iglesia argentina se da con el beneplácito del Papa Bergoglio)– y el movimiento neocomunista que hoy gobierna dicha Nación. Por supuesto, la invitación al presidente Alberto Fernández es institucionalmente legítima, pero su significado político es: la Iglesia apoya, en sentido sustancial y concreto, el accionar del gobierno peronista-kirchnerista y su receta económico social.

La Iglesia, o sea su ápice vaticano, ofrece respaldo y colabora activamente en la elaboración de un programa que implica: a) la estatización de los medios de producción (el plan ideológico de requisar y estatizar empresas en crisis se realiza mediante el intento fraudulento de debilitar a las empresas sanas, precisamente para poderlas luego «recuperar» (expresión diabólica, que se acerca en su sadismo a «el trabajo hace libres», de reminiscencias nacionalsocialistas), asignándolas a estructuras estatales o a grupos de activistas que podrían de pronto encontrarse administrando cualquier propiedad sin tener la menor competencia para ello y sobre todo sin el menor escúpulo moral); b) la colectivización de cuantas más actividades industriales y artesanales posible (los denominados «movimientos populares» o «sociales», que Bergoglio siempre ha ardientemente apoyado, que se organizan en los que en Italia han definido trabajos socialmente útiles o que en el mejor de los casos se transforman en pseudo-emprendedores abusivos y por eso destinados a fracasar y a volver, inexorablemente, a recibir subsidios estatales: este es el círculo maléfico y destructivo de la economía socialista argentina que está vigente hoy); c) la requisición de la propiedad privada (aumentan vertiginosamente los casos de ocupaciones abusivas de terrenos privados, por parte de grupos que en el nombre de supuestos derechos ancestrales –de las que se denominan «poblaciones originarias»– violan los más básicos derechos de propiedad, contando con el aval explícito del gobierno, que a su vez los utiliza como puntas de lanza para socavar principios jurídicos y realidades consolidadas).

Y en el fondo se cierne la epidemia por coronavirus, que el gobierno, por evidente incapacidad, no logra manejar (desde marzo está obligando al país a un confinamiento total, con el resultado de haber puesto una lápida mortal  sobre la economía sin haber contenido la propagación de los contagios) y que, al contrario, por oportunismo político, no quiere resolver, porque ha tomado como pretexto la epidemia para desmantelar el tejido productivo y social del país, mantener en jaque a los ciudadanos, hundir a la clase media y facilitar la difusión de una ideología del terror (según la vieja modalidad staliniana) que paralice a las personas y que, al mismo tiempo, plasme las jóvenes generaciones según los dictados ideológicos de ese chapuceado pero obstinado intento totalitario.

Con lenguaje demagógico de impronta sindical y de matriz claramente izquierdista, el documento oficial de la Pastoral social argentina apunta, usando una fórmula típicamente populista (y que caracteriza además a lo políticamente correcto), a «una cultura del encuentro, a un país para todos», y, adoptando una línea ideológica antioccidental y tercermundista, auspicia un proyecto socio-económico «que nos aleje de un modo neoliberal de producción» y que, por consiguiente, desarrolle experimentos colectivistas en apariencia novedosos pero en realidad viejos y rancios como la ideología bolchevique.

El enemigo es entonces el liberalismo, mientras que el comunismo sería la solución. Pero esto tira por tierra la Doctrina social de la Iglesia, que no puede defender su propia verdad, porque es rehén de un poder –aunque legítimo y sacrosanto– como el papal, que es la máxima autoridad en el campo eclesiástico en general. Vilipendiada por Conferencias episcopales más parecidas a soviets que a organismos religiosos, secuestrada por autoridades vaticanas que razonan en términos ideológicos, la auténtica Doctrina social de la Iglesia no tiene voz, sino la de su texto, pero que está expuesto a interpretaciones tendenciosas.

Pero retrocediendo un paso: ¿cómo pudo suceder que en Argentina se instaurase un gobierno comunista? Los cuatro años del gobierno centrista de Mauricio Macri han pasado infructuosamente, ritmados por eslogans progresistas, sin ninguna reforma económica en sentido liberal, sin una verdadera reconstrucción liberal de la sociedad y sin una efectiva afirmación de valores tradicionales en sentido conservador. Un cuadrienio desperdiciado en una retórica políticamente correcta, tan vacua como para resultar fastidiosa, y sobre todo inutilizado desde el punto de vista de las relaciones de fuerza políticas: un gobierno que en cuatro años no hace nada para que sea enviada a juicio la expresidente Cristina Kirchner, acusada de apropiación indebida y que ha sido rozada incluso por la sospecha de mandante moral del omicidio del magistrado Alberto Nisman, o es connivente con el kirchnerismo, o bien es inepto, y no se sabe cuál de las dos opciones sea peor.

Se trató de un paréntesis fallido, que ha llevado el país al gobierno actual. De hecho, cuando en una situación catastrófica como la argentina se adopta una política económica insensata, que imita la peronista, apunta a hacer la plancha y carece de ese pulso liberal necesario para revitalizar la dimensión productiva y atraer inversiones del exterior, la quiebra es previsible; pero más aún, lo que se genera es un cortocircuito en la mente de los ciudadanos: los electores que querían un cambio liberal en economía y conservador en cuanto a valores, se quedaron no sólo decepcionados sino conmocionados, mientras los que lo temían se envalentonaron, con el resultado de que la coalición centrista-progresista de Macri perdió una parte de su electorado, mientras la de extrema izquierda de Fernández-Kirchner retomaba fuerza, según la más elemental pero también más ferrea lógica política: un voto menos por un lado y el mismo voto sumado por el otro, no da uno sino dos. Si transladamos además esta lógica aritmética a la lógica histórica, el daño producido por la irresponsabilidad del macrismo es colosal, porque objetivamente favoreció el surgimiento de un gobierno que, emulando el chavismo y el castrismo, está intentando la más feroz y más fría operación neocomunista de los últimos decenios en Occidente.

Así es como el variegado sotobosque peronista, que va de los justicialistas ortodoxos a los herederos de los montoneros (contracara argentina de lo que en Italia fueron las «brigadas rojas»), pasando por el frente sindical y por caudillos locales más parecidos a mandamases que a líderes políticos, ha ganado las elecciones (hace exactamente un año), imponiendo ese giro comunista y pauperista que también le agrada a la Iglesia argentina –con pocas excepciones que bien se pueden definir heroicas–, y sobre todo al Papa Bergoglio.

Dice bien el actual pontífice quando afirma que «esta economía mata»; pero se equivoca en su individuación: no es la economía capitalista, en sus varias versiones, desde el liberalismo estadounidense a la economía social de mercado alemana, lo que mata, sino esa economía que Bergoglio desea y que, allí donde se realiza, defiende. Lo que mata es el sistema social-comunista, que sofoca las libertades personales, paraliza la iniciativa privada, destruye la clase media y masacra a la que más tiene, acabando literalmente con vidas humanas, llevando a la desesperación a los productores, sin lograr, por consiguiente, sacar de la miseria a los indigentes totales, y creando, por último, una casta –el partido o movimiento que detenta el poder– de auténticos parásitos que se autoreproducen a costas de quienes, a pesar de todo, producen riqueza; y todo eso en perjuicio –lo cual es el colmo de la perversión– de los verdaderos pobres, a los que seducen pero no ayudan eficazmente a salir de la pobreza. Esta es la economía enferma y tóxica: una economía perversa que a pesar del largo reguero de desastres y crímenes que ha dejado en muchas áreas del mundo, se sigue reproduciendo, como un virus quimera, enfermedad mortal de la mente y de la sociedad.

La nueva enciclica bergogliana Fratelli tutti, que no solamente en el título sino también en los contenidos representa la adaptación teológico-política de la escalofriante consigna marxiana «proletarios del mundo uníos», es la más reciente sinopsis de esa teoría económica, social y religiosa. Si la podamos de las múltiples implicaciones de carácter teológico y cultural, vemos que posee un compacto núcleo teórico y un objetivo preciso: deconstruir el concepto de propiedad privada, debilitándolo y modificándolo en sentido colectivista y anticapitalista.

Si se condicionan la validez y la existencia de la propiedad privada, supeditándolas a objetivos extrínsecos, genéricos y potencialmente instrumentalizables, ésta pierde el carácter de intangible que tiene que tener para seguir siendo tal, propiedad precisamente: lo que es propio no puede ser alienado, sino por medio de una violencia extorsiva. Y es justamente esta inviolabilidad –que en otras épocas y desde otras perspectivas, inclusive para la Iglesia, tenía un sentido de sacralidad que protegía a la propiedad de cualquier ataque–, la que hoy es pisoteada. La encíclica en cuestión se encarga de declarar que «la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada». Mellado el principio de la propiedad, se puede pasar a enunciar e imponer su opuesto: «el principio del uso común de los bienes creados para todos es el primer principio de todo el ordenamiento ético-social, es un derecho natural, originario y prioritario».

Aquí la propiedad privada resulta subordinada a objetivos que parecen celestiales y por lo tanto en sí mismos superiores, pero que son meramente instrumentales. En efecto, afirmando que «todos los demás derechos sobre los bienes necesarios para la realización integral de las personas, incluidos el de la propiedad privada y cualquier otro, no deben estorbar, antes al contrario, facilitar su realización», se teoriza la colectivización de la propiedad, a la que se le concede un espacio residual: «el derecho a la propiedad privada sólo puede ser considerado como un derecho natural secundario y derivado del principio del destino universal de los bienes creados, y esto tiene consecuencias muy concretas que deben reflejarse en el funcionamiento de la sociedad», la cual por lo tanto se organizaría mejor sin el lastre de la propiedad privada.

La «realización integral de las personas» es de hecho una obviedad útil para cualquier demagogia, una bomba de humo para confundir a la razón y mimetizar las finalidades. Subordinar el derecho de propiedad a un propósito tan anodino y manipulable significa anular su validez, plegándolo a cualquier arbitrio ideológico. Y la advertencia que sigue aclara esta intención oblicua: «sucede con frecuencia que los derechos secundarios se sobreponen a los prioritarios y originarios, dejándolos sin relevancia práctica», o sea sucede que la propiedad privada no se deje, no acepte que la supriman o recorten, y que por lo tanto tenga que ser eliminada, con cualquier medio necesario, para instaurar la justicia social correspondiente al derecho prioritario de la socialización de los bienes.

Pero la propriedad privada, en verdad, es un derecho originario: desde el punto de vista antropológico, social e incluso ontológico es el derecho fundamental, porque perimetra la identidad como esfera de propiedad. Y la Doctrina social de la Iglesia no la defiende solamente porque Santo Tomás la estableció como punto firme teológico-moral, en tanto derecho natural, sino también porque la evolución histórica de la Iglesia está entrelazada –en una relación de causalidad recíproca– con la civilización occidental, que tiene en el derecho de propiedad uno de sus principales criterios.

Sólo con una gran mistificación se puede opacar esta postura histórica tradicional de la Iglesia y llegar a la conclusión de que «el derecho de algunos a la libertad de empresa o de mercado no puede estar por encima de los derechos de los pueblos, ni de la dignidad de los pobres». Como si la defensa de un principio fundamental como el de la propiedad fuese un arbitrio o una prevaricación sobre otros derechos supuestamente superiores o como si tal defensa estuviera en contraposición con la devoción hacia Dios y el respeto a las Escrituras.

Del mismo modo se estructura la estrategia del neocomunismo argentino, fruto de cruzas teóricas y mezclas operativas, en el que se condensan las instancias de la teología de la liberación con las del peronismo, el comunismo cristiano y el marxismo cultural, en un caldero en el que el Evangelio y el Capital están sacrílegamente unidos. Si quien forjó materialmente la olla fue el variegado movimiento peronista de izquierda, la llave de este voluminoso recipiente está en manos, eminentemente, del Papa Bergoglio, y el pensamiento de Bergoglio es a su vez la clave para entender la génesis, los mecanismos y desarrollos de este experimento social, económico y religioso.

El programa socioeconómico del Papa y de esa parte de la Iglesia que lo sigue, coincide con el objetivo del gobierno Fernández-Kirchner: reformular incluso legislativamente la estructura de la propiedad privada para luego abolirla como objeto o almenos derogar sus características esenciales concretas. Pero todo deberá ser llevado a cabo con una doble velocidad, en vistas de una síntesis sucesiva (también ésta papal). Por un lado acelerando en el terreno militante y de la propaganda, favoreciendo e incentivando acciones en contra de la propiedad privada (desde la actividad de esos «movimientos sociales» que bajo el manto de los trabajos socialmente útiles crean trabajos económicamente inútiles, hasta las recientes tomas, sobre todo en la Patagonia, por parte de grupos de delincuentes que se autodefinen mapuches pero que en realidad son maleantes sociales instigados por astutos ideólogos vinculados con los reaparecidos «montoneros»); por otro lado, de manera lenta, en el plano político y legislativo (las expropiaciones disfrazadas de nacionalizaciones como la que el gobierno ha intentado hacer con la industria agroalimentaria Vicentin, por el momento se han visto frenadas –por oportunidad contingente, no por convicción teórica– a la espera de una situación más favorable que el gobierno mismo está precisamente preparando, con la bendiciente ayuda de las mayores autoridades morales y religiosas). Pero estas diferencias de velocidades se necesitan para alcanzar mejor el objetivo.

Muchos peronistas hoy critican el comunismo acelerado de los kirchneristas (aunque se trata de luchas entre bandas pertenecientes al mismo siniestro horizonte), de los cuales denuncian algunos excesos en cuanto a acción, aunque sin criticar las premisas teóricas antiliberales, antioccidentales, nacional-autárquicas; pero más adelante, cuando el paraguas protector de Bergoglio se hará más amplio e incisivo, también esta conflictividad interna de la izquierda resultará diluida.

¿Cómo se abrirá ese paraguas? Al cabo de casi ocho años desde su investidura, Bergoglio no ha visitado nunca su País natal, aun habiendo efectuado más de treinta viajes apostólicos a todos los continentes. No lo ha hecho por no dar el más mínimo aval a la presidencia de Macri (adversario de los peronistas filocomunistas y por lo tanto no apreciado desde la orientación papal), pero ahora con la vuelta de un gobierno kirchnerista las condiciones se han cumplido: la parálisis de los desplazamientos causada por la pandemia no permitió que se realizara este año, pero seguramente en la primera mitad de 2021 hará este esperado –y por muchos aspectos histórico– viaje apostólico a Argentina, que para entonces se ya habrá transformado en una república socialista.

Va a ser la apoteosis de la doctrina social de Bergoglio (pero la humillación de la Doctrina social de la Iglesia) y la consagración del experimento socio-económico-religioso neocomunista, en el cual la teología de la liberación puede unirse con el neomarxismo sin tener que renunciar a la religión, y el marxismo puede entremezclarse con la religión sin tener que renunciar al odio de clase, que perdura y es alimentado mientras espera deflagrar, como lo muestra un reciente episodio de matices casi freudianos, en que un alto exponente del Gobierno afirmó, con un abominable desprecio de clase, que el millón de argentinos que algunos días antes habían salido a la calle en las principales ciudades del País para protestar contra los abusos de poder del gobierno, «no son el pueblo», como si hubiera un pueblo auténtico y uno falso: por un lado los peronistas-kirchneristas y por otro sus adversarios. Parece increíble que haya todavía alguien en el mundo capaz de ostentar la impudicia de desempolvar el viejo estribillo leninista y maoista: el pueblo somos nosotros comunistas y todos los demás son enemigos de clase; pero es aun más inquietante que haya alguien que con tal de lograr su objetivo surfee la ola de esa criminal locura ideológica.

 

Publicado originalmente en italiano el 23 de octubre de 2020

Fuente: L’Opinione delle Libertà

Cardenal Sarah: “También la política es un lugar privilegiado para testimoniar la presencia de Cristo”

El cardenal Robert Sarah, ha escrito el prólogo de uno de los últimos libros de Homo Legens, Tomás Moro. La luz de la conciencia. El purpurado guineano destaca el importante papel de los laicos a la hora de testimoniar la fe, también en sectores como la política.

Les ofrecemos el escrito del cardenal Sarah:

Doy gracias al autor por haberme enviado amablemente su obra Tomás Moro. La luz de la conciencia. Al presentar este ensayo deseo, ante todo, felicitar su elección de estudiar la figura de un cristiano laico que en su tiempo ocupó cargos de enorme responsabilidad y los vivió a la luz de su fe en Cristo y en la Iglesia. El ejemplo de Tomás Moro nos sugiere que ningún ambiente está excluido de la presencia de Cristo y que estamos llamados a transformar el mundo a través de la fe. También la política es un lugar privilegiado para este testimonio.

A este respecto me gusta recordar el Concilio Vaticano II, que puso un gran énfasis en el papel de los laicos, los cuales pueden ser testigos de Cristo en el mundo. Tomás Moro fue un gran ejemplo para muchos otros a lo largo de la historia de la Iglesia. Hay que decir que esta tarea peculiarmente laical debe encontrar, también hoy, una expresión adecuada. La Iglesia no puede desarrollar plenamente su misión, que es también la de iluminar el mundo a través de la fe, sin la contribución fundamental de laicos debidamente formados y motivados.

Un segundo aspecto que me gustaría resaltar es la elección del tema de la conciencia. Demasiado a menudo una mentalidad individualista empuja a pensar que la conciencia se identifica con las convicciones del yo. Y son pocas las ocasiones en las que recordamos que la conciencia es, ante todo, un lugar de escucha. Para Tomás Moro esta escucha significó sacrificar su yo, su posición de poder, su vida y, diría también, la de su familia, para ser fiel a la verdad que Dios le manifestó. La raíz de su martirio es la fidelidad a la conciencia, en la que reconoció la voz de Dios. Por esto es santo.

Santo Tomás Moro es un maravilloso don de la Providencia a los responsables políticos y a toda la humanidad. Recuerda constantemente a todo hombre digno de este nombre que debe seguir siendo verdadero, honesto, fiel a Dios y al discernimiento íntimo de la propia conciencia.

Es lo que san Juan Pablo II quiso recordar al mundo cuando, hablando de santo Tomás Moro, declaró: «De la vida y del martirio de santo Tomás Moro brota un mensaje que a través de los siglos habla a los hombres de todos los tiempos de la inalienable dignidad de la conciencia, la cual, como recuerda el Concilio Vaticano II, “es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella” (Gaudium et spes, 16). Cuando el hombre y la mujer escuchan la llamada de la verdad, entonces la conciencia orienta con seguridad sus actos hacia el bien. Precisamente por el testimonio, ofrecido hasta el derramamiento de su sangre, de la primacía de la verdad sobre el poder, santo Tomás Moro es venerado como ejemplo imperecedero de coherencia moral»[1].

La conciencia no es solo el sentimiento individual inmediato, sino más bien una determinación íntima y fuerte a la que no podemos llegar si no es gracias a un largo trabajo de oración, de profundización, de reflexión y de búsqueda interior.

Mártir de la conciencia, Tomás Moro manifiesta de manera particularmente adecuada para nuestra época, tan reacia a cualquier conformismo, el sentido de la justicia y la fecundidad política, el sentido de la Tradición, de las costumbres y la moral.

Ojalá Tomás Moro pueda de verdad enseñar también al hombre de hoy a abrirse a esta voz de la verdad divina, porque solo esto permite al hombre respetar profundamente a su prójimo. Tomás Moro se convirtió en víctima del poder que aplasta a los débiles porque su conciencia le habló de la voluntad de Dios, que es voluntad de bien, nunca de mal.

Felicito al autor por esta importante obra y deseo que pueda ser motivo de reflexión y de profundización para sus lectores.

Cardenal Robert Sarah

 

 

[1] Juan Pablo II, Carta apostólica en forma de motu proprio para la proclamación de santo Tomás Moro como patrono de los gobernantes y de los políticos, 1. [Texto español disponible en: http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/motu_proprio/documents/hf_jp-ii_motu-proprio_20001031_thomas-more.html].

Seis meses de Tiranía Sanitaria Mundial.

“La historia nos enseña que la humanidad solo evoluciona significativamente cuando está realmente asustada. (…) Una gran pandemia aumentará entonces, mejor que cualquier discurso humanitario o ecológico, la conciencia de la necesidad de altruismo (…) Y, aun si esta crisis -de 2009- no resultara muy grave, no debemos olvidarnos, al igual que con la crisis económica -de 2008-, de aprender la lección, para que, antes de la próxima, que es inevitable, preparemos mecanismos de prevención y de control, y procesos logísticos para una distribución equitativa de medicamentos y vacunas. Para eso, tendremos que instaurar un poder policial mundial, un almacenamiento global y, por ende, una fiscalidad global. De este modo, llegaremos a sentar las bases de un verdadero gobierno mundial, mucho más rápido de lo que lo hubiesen permitido motivos exclusivamente económicos.” Jacques Attali, 03/05/2009[1] Jacques Attali[2] es un prestigioso e influyente intelectual francés de origen judío, socialista, asesor político y financiero al más alto nivel del Estado, cuya participación en la vida política francesa y europea de los últimos cuarenta años ha sido muy importante. Es uno de los principales “gurús” del mundialismo, un promotor entusiasta de la inmigración masiva del tercer mundo hacia los países desarrollados y adversario acérrimo de las fronteras “cerradas”, de los “repliegues identitarios” y de la permanencia de las soberanías nacionales. Es un autor prolífico y un referente ineludible de la prensa francesa y europea cuando se trata de cuestiones económicas, financieras y políticas de actualidad.

En 2009, con motivo de la “pandemia” de gripe A (H1N1), explicó con meridiana claridad el papel que estas “crisis pandémicas” desempeñan en el establecimiento progresivo de un gobierno a escala planetaria, cuya finalidad sería la de administrar eficazmente los recursos globales de la humanidad, tanto a nivel económico como sanitario, para lo cual: “tendremos que instaurar un poder policial mundial, un almacenamiento global y, por tanto, una fiscalidad global”. Son sus textuales palabras.

Y él mismo nos explica que el principal motor para acelerar el proceso de unificación política y económica mundial es el miedo: “la historia nos enseña que la humanidad solo evoluciona significativamente cuando está realmente asustada”. Para la élite iluminista el miedo es la herramienta fundamental con vistas a la implementación de un gobierno mundial unificado. Y las “pandemias”, uno de sus principales disparadores, junto con las guerras y las crisis financieras globales.

Jacques Attali publicó en 2011 un libro intitulado: ¿Quién gobernará el mundo mañana?, en el que preconiza la unificación de la humanidad bajo la dirección de un gobierno planetario, garante de la paz universal, única solución para protegerla del caos generalizado que la amenaza. Transcribo seguidamente la breve presentación del libro, que puede leerse en la página internet de Amazon: [3]

“Mañana, ¿quién gobernará el mundo? ¿EE.UU? ¿China? ¿India? ¿Europa? ¿El G20? ¿La ONU? ¿Las multinacionales? ¿Las mafias? ¿Qué país, qué coalición, qué institución internacional tendrá los medios para controlar las amenazas ecológicas, nucleares, económicas, financieras, sociales, políticas y militares que se ciernen sobre el mundo? ¿Quién podrá valorar el formidable potencial de todas las culturas? ¿Deberíamos dejar el poder sobre el mundo a las religiones? ¿A los imperios? ¿A los mercados? ¿O debería devolverse a las naciones, cerrando las fronteras? Algún día la humanidad comprenderá que tiene mucho que ganar si se une a un gobierno democrático del mundo, yendo más allá de los intereses de las naciones más poderosas, protegiendo la identidad de cada civilización y gestionando los intereses de la humanidad de la mejor manera posible. Un gobierno así existirá algún día. Después de un desastre, o en su lugar. Es urgente atreverse a pensarlo, por el bien del mundo.”

¿Qué más hace falta saber para comprender que la casta de iluminados que dirigen, en buena medida, los acontecimientos mundiales, no se detendrán ante ningún obstáculo, hasta que hayan logrado instaurar su tan anhelado gobierno mundial? Habría que ser muy ingenuo para suponer que semejantes genocidas -todos activos promotores de la eutanasia y del aborto, que despedaza a cincuenta millones de niños cada año[4]- serían incapaces de servirse de medios inmorales para alcanzar su objetivo, como podrían serlo un atentado de falsa bandera[5], el desencadenamiento de una crisis financiera, de un conflicto bélico o de una “pandemia”…

¿Cómo es posible que la gente crea a pies juntillas la narrativa oficial acerca de lo que está ocurriendo? Hay que rendirse ante la evidencia: el grado de lavado cerebral operado por los medios de desinformación del sistema, infundiendo el pánico de manera continua, les ha dado resultado. La mayoría de la gente ha perdido todo rastro de espíritu crítico, de independencia de juicio y de apego a su libertad personal, y está presta a sacrificar todo en aras de conservar su salud y su seguridad física, supuestamente amenazadas por esta “crisis sanitaria global”, completamente ficticia y artificial.

Los mundialistas deben de estar frotándose las manos, al comprobar cuán sencilla les ha resultado la tarea de engañar y de manipular al conjunto de la población mundial en un tan breve lapso de tiempo. Un auténtico juego de niños. “Pan comido”, se dirán a sí mismos, jactanciosos, con una sonrisa socarrona perfectamente justificada. Siendo así las cosas, la consigna será, evidentemente, ne varietur. Les bastará con perseverar en la misma estrategia tan eficaz de hacer cundir el pánico generalizado, de generar miedo, de azuzar el temor, de provocar inquietud, de sembrar incertidumbre, de generar angustia y de suscitar terror en la gente.

Terror sanitario. Terror económico. Terror social. Terror ecológico. Terror bélico. Terror de cualquier tipo, sabiamente orquestado y hábilmente explotado para ajustar aún más las clavijas de un engranaje totalitario, cada vez más sofisticado, de control estatal, sobre una población masificada, amorfa, carente de toda lucidez y con una capacidad de reacción prácticamente nula, fruto del adoctrinamiento mediático sistemático y del poder disuasorio exhibido por el omnipresente aparato represivo estatal.

Volviendo a nuestro personaje de marras, figura emblemática de los iluminados mundialistas, en un reportaje difundido por el canal Public Sénat el 16 de febrero de 2010, intitulado El futuro de Jerusalén, Jacques Attali declaró:[6]

“Podemos soñar con una Jerusalén convertida en capital del planeta, el cual un día estará unificado en torno a un gobierno mundial. Es un lindo lugar para un gobierno mundial.”[7]

El 5 de junio de 2010, en el canal Arrêt sur Images, Attali se refirió nuevamente a la cuestión de la gobernanza global:

“Pienso que hay que apuntar a un gobierno mundial como una estrategia. Además, cuando los gobiernos hablan del G-20, es una ilusión, una especie de retraso antes del gobierno mundial. Hacia ahí nos dirigimos. ¿Lo haremos en lugar de la guerra o después de la guerra? Lo ignoro. Pero ése es el objetivo.”[8]

El 9 de abril de 2011, en el canal Public Sénat, Attali volvió a pronunciarse sobre el tema del gobierno mundial:

“Primeramente, hay algo que puede hacerse en 24 horas: fusionar el Consejo de Seguridad -de la ONU-, el G-20 y el Comité Monetario del FMI. Es decir, las tres instancias clave (…) Es muy simple. Si hoy se fusiona el Consejo de Seguridad y el G-20, tenemos un instrumento de acción. Es muy simple, se puede decidir en 24 horas. (…) Ninguna nación está a la altura de los problemas mundiales. (…) Lo único que podría estarlo, es un Consejo de Seguridad planetario, con un verdadero poder ejecutivo planetario. Eso ocurrirá. La única cuestión es saber si ocurrirá luego de una catástrofe o en lugar de una catástrofe.”[9]

En un reportaje de 1981, publicado en forma de libro, El futuro de la vida, Attali habló acerca de su manera de concebir la libertad, la eutanasia y el suicidio, en el marco de una futura sociedad planetaria regida por una suerte de síntesis monstruosa de capitalismo y socialismo:

“La eutanasia será uno de los instrumentos esenciales de nuestras sociedades futuras. En una lógica socialista, para empezar, el problema surge de la siguiente manera: la lógica socialista es libertad y la libertad fundamental es el suicidio; por ende, el derecho al suicidio directo o indirecto es un valor absoluto en este tipo de sociedad. En una sociedad capitalista, las máquinas de matar, las prótesis que eliminarán la vida cuando sea demasiado insoportable o económicamente demasiado cara, surgirán y serán una práctica común. Entonces creo que la eutanasia, ya sea un valor de la libertad o una mercancía, será una de las reglas de la sociedad futura. Podríamos aceptar la idea de extender la esperanza de vida a condición de que las personas mayores sean solventes y así se pueda crear un mercado. Por mi parte, como socialista, estoy objetivamente en contra de prolongar la vida porque es una ilusión, un problema falso. En todo caso, la eutanasia será uno de los instrumentos esenciales de nuestras sociedades futuras. (…) Desde el punto de vista de la sociedad, es mucho mejor si la máquina humana se detiene abruptamente en lugar de deteriorarse gradualmente. Eso queda claro si recordamos que dos tercios del gasto sanitario se concentra en los últimos meses de vida.”[10]

Hasta aquí, las ideas preconizadas por este gurú del mundialismo, en guisa de caso ejemplar de esta perniciosa corriente ideológica. Del mismo modo podrían citarse las de cualquier otro miembro de la élite “progresista”, pues encontraríamos en todos ellos una convergencia en lo esencial. Este es el mundo globalizado que esta banda de terroristas psicópatas busca denodadamente construir, a expensas de la libertad de las naciones y de sus habitantes, en beneficio exclusivo suyo, de esta élite megalómana e inescrupulosa de millonarios “filántropos” que se arrogarán el derecho a decidir por cada uno de nosotros cómo deberemos vivir, bajo qué condiciones podremos viajar libremente, lo que deberemos pensar, lo que estaremos autorizados a decir y a hacer, qué vacunas recibiremos, cuántos hijos podremos tener y a qué edad habremos de morir…

Llegado a este punto, me parece esencial tener presente que no es posible hacerse una idea cabal de la situación actual sin adoptar una mirada teológica frente a los acontecimientos que se desarrollan ante nosotros, en particular desde el comienzo de esta supuesta “crisis pandémica mundial”. Y una mirada escatológica, para ser más precisos…

El libro del Apocalipsis, en su decimotercer capítulo, describe el panorama que ofrecerá ese mundo unificado política y religiosamente, bajo el mando del Anticristo y del Falso Profeta, ambos al servicio del Dragón, con los “moradores de la tierra” sucumbiendo masivamente ante el engaño universal montado por esta trinidad diabólica. Y quien no se deje arrastrar por su poder seductor, y rehúse recibir “la marca de la bestia” en la mano derecha o en la frente, no podrá “comprar ni vender”, se convertirá en un paria social y sufrirá una persecución despiadada.

El Anticristo aun no se ha manifestado públicamente, y la “vacuna salvadora” decretada por el “filántropo” Bill Gates para toda la humanidad -que nadie debe dejarse aplicar, pues está concebida para causar daño-, no es la “marca de la bestia”. No obstante, todo lo que viene sucediendo desde hace seis meses apunta inequívocamente en esa dirección, es un entrenamiento, un ensayo general, que persigue el objetivo último de instaurar ese Nuevo Orden Mundial a cuya cabeza estará el Hombre de Pecado.

Así pues, esta crisis “plandémica” global nos ha hecho entrar de lleno en la “recta final” que conduce inexorablemente a los tiempos escatológicos anunciados por el apóstol San Juan. El período conocido como “Apocalipsis” se refiere, bíblicamente, a la fase histórica que precederá la Parusía o regreso glorioso de Nuestro Señor Jesucristo, y su duración es de siete años. El libro de Daniel es claro al respecto: habla de una “semana de años”, conocida como la “septuagésima semana”, de su célebre profecía de las “setenta semanas”, en su capítulo noveno.

Esta semana de años aún no ha comenzado y, obviamente, ignoro cuando lo hará. Su inicio estará dado por la venida del profeta Elías para evangelizar al pueblo judío, cuya misión ocupará la primera mitad de la semana. La segunda mitad corresponderá al reinado universal del Anticristo. Esta semana de años -es decir, el Apocalipsis-, como es bien sabido, será un tiempo muy difícil de sobrellevar, para emplear un eufemismo. Nuestro Señor lo expresó con claridad:

“Habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá” (Mt. 24, 21).

Para no sucumbir al desaliento tendremos que armarnos de paciencia y encomendarnos a la protección de Dios, con total fe y esperanza en su misericordia. Jesucristo nos enseñó que, cuando estos tiempos lleguen, a pesar de lo difíciles que serán, lejos de dejarnos arrastrar por el desánimo, nuestra esperanza deberá redoblar, pues esto significa que su glorioso retorno está muy próximo, y con él, nuestra liberación:

“Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca” (Lc. 21, 28).

Por lo tanto, velemos y oremos, para que, en estos tiempos aciagos, podamos perseverar en la fe, en la esperanza y en la caridad, a la espera de que se cumpla la promesa divina:

“Los hombres prudentes resplandecerán como el resplandor del firmamento, y los que hayan enseñado a muchos la justicia, brillarán como las estrellas, por los siglos de los siglos.” (Dn. 12, 3).

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, EN VOS CONFÍO.

INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA, RUEGA POR NOSOTROS.

 

Miles – Christi

LINK

[1]attali.com/…ociete/changer-par-precaution/valeursactuelles.com/…un-gouvernement-mondial-117368

[2] fr.wikipedia.org/wiki/Jacques_Attalien.wikipedia.org/wiki/Jacques_Attali

[3] amazon.fr/…e-Jacques-Attali/dp/2818502098

[4] worldometers.info/abortions/

who.int/…s/440KeyAbortionFactsFinal.pdf

[5] ae911truth.orgyoutube.com/watch?v=VXVsWALNQZM mamvas.blogspot.com/…uropea-de-fisica-desmonta.html

paulcraigroberts.org/…parent-lie-paul-craig-roberts/

europhysicsnews.org/…/pdf/2016/04/epn2016474p21.pdf youtube.com/watch?v=3noExmsCRyg

[6] “On peut rêver d’un Jérusalem devenant capitale de la planète, qui será un jour unifiée autour d’un gouvernement mundial. C’est un joli lieu pour un gouvernement mundial.”

dailymotion.com/video/xc9cec – Ver 12:22 a 12:32.

publicsenat.fr/…ion/l-avenir-de-jerusalem-4289youtube.com/watch?v=pat53lh0Gp0 – Ver 01:58 a 02:08. youtube.com/watch?v=YREF_W5Mpxc

[7] Por supuesto que Jerusalén algún día será nuevamente el centro religioso del mundo, pero esto no sucederá hasta que Israel se haya convertido y que Jesucristo haya regresado a la tierra para dar comienzo a su reino mesiánico, como lo anuncian los profetas: “Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones. Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová.” (Is. 2, 2-3). Pero lo que Attali visiblemente no comprende es que el mundialismo que él y sus secuaces promueven no es más que la preparación del reino mundial del Anticristo, quien se presentará como el Mesías que esperan los judíos. En efecto, Nuestro Señor les advirtió: “Yo he venido en nombre de mi Padre y vosotros no me habéis recibido; otro vendrá en su nombre y vosotros lo recibiréis.” (Jn. 5, 43). Terrible profecía que San Jerónimo comenta diciendo que “los judíos, tras haber despreciado la verdad en persona, aceptarán la mentira aceptando al Anticristo” (Epist. 151, ad Algasiam, quest. II) y San Ambrosio que “eso muestra que los judíos, quienes no quisieron creer en Jesucristo, creerán en el Anticristo” (In Ps. XLIII). Será la misión del profeta Elías anunciar a sus compatriotas la identidad del verdadero Mesías y obtener de Dios su conversión: “He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes de que venga el día de Jehová, grande y terrible. Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición” (Mal. 4, 5-6).

[8] “Je pense qu’il faut viser le gouvernement mundial comme une stratégie. D’ailleurs, quand les gouvernements parlent du G20, c’est une illusion, une sorte de retard avant le gouvernement mundial. On va vers ça. Est-ce qu’on ira à la place de la guerre, ou après la guerre, je ne sais pas. Mais c’est ça qu’il faut viser.” youtube.com/watch?v=v0AKdFpMk2E – Ver 0:25 a 0:39.

dailymotion.com/video/xdovmq – Ver 23:28 a 23:42

[9] “D’abord, il y a une chose qui peut se faire en 24 heures: fusionner le Conseil de Sécurité, le G-20 et le Comité Monétaire du FMI. C’est-à-dire, les trois instances clés (…) C’est tout simple. Si aujourd’hui vous fusionnez la Conseil de Sécurité et le G-20, vous avez un gouvernement mundial efficace. Si vous y mettez le Fond Monétaire, vous avez un instrument d’action. C’est très simple, ça peut se décider en 24 heures. (…) Aucune nation n’est à la hauteur des problèmes mondiaux. (…) La seule chose qui peut l’être, c’est un conseil de sécurité planétaire, avec un vrai exécutif planétaire, ça aura lieu. Toute la question est de savoir si ça aura lieu après une catastrophe ou à la place d’une catastrophe. ” youtube.com/watch?v=OYo93GeDomg – Ver 00 a 00:21 – dailymotion.com/video/xi1z73 – Ver 06:57 a 07: 07 – 07:48 a 07:59 – 08:10 a 08:37.

[10] lesalonbeige.fr/un-ancien-conse/genethique.org/…s-futures-jacques-attali-1981/laissezlesvivre.free.fr/…hanasie/controverse_attali.htmliberation.fr/…sie-des-plus-de-65-ans_1684599

“Para la Iglesia, existe una relación estrecha entre moral y economía”

Los Entrepreneurs et Dirigeants Chrétiens-EDC [Empresarios y Dirigentes Cristianos] acaban de publicar una guía práctica para poner en marcha, con éxito, la “razón de ser” de las empresas. Su responsable, Pierre de Lauzun, presidente de la Comisión economía y finanzas éticas de los EDC nos explica por qué esta guía es un instrumento necesario para plantearse preguntas importantes sobre la empresa respecto a la Doctrina social de la Iglesia.

¿Por qué publicar una guía sobre la razón de ser de la empresa al servicio del bien común?

La ley Pacte de 2019 permite a las sociedades tomar tres medidas: tener más en cuenta los retos medioambientales y sociales; la transformación en sociedades con una misión para quienes lo deseen; definir su razón de ser. Como cristianos esta última noción nos parece especialmente importante porque nos da la posibilidad de preguntarnos sobre la misión real de la empresa, su contribución al bien común en relación con la Doctrina social de la Iglesia y otras consideraciones humanas, morales y humanitarias.

¿Cómo conciliar religión cristiana y empresa?

Para la Iglesia, existe una relación estrecha entre moral y economía. La Doctrina social de la Iglesia habla del bien común, que es mucho más que el interés general. Implica reconocer la responsabilidad de la empresa en la utilización acertada de sus recursos y medios en esta perspectiva del bien común. Para conseguirlo, es positivo presentarse cuál es su “razón de ser”: por qué y para quién actúa, no solo en vista de los objetivos económicos, sino respondiendo a los desafíos éticos (sociales, medioambientales u otros). Su compromiso hacia el conjunto de los socios. No importan solo las ganancias a corto plazo de la empresa o la remuneración de los socios, a pesar de que son importantes, puesto que la gestión de la empresa implica también a sus empleados, sus clientes y sus proveedores. Recordemos lo que dice el papa Francisco en su encíclica Laudato Si: «Para que surjan nuevos modelos de progreso, necesitamos “cambiar el modelo de desarrollo global”, lo cual implica reflexionar responsablemente “sobre el sentido de la economía y su finalidad, para corregir sus disfunciones y distorsiones”» (n. 194).

Entonces, ¿qué incluye la noción de “razón de ser” de una empresa?

Es, dentro de la empresa, lo que permite reunir de la manera más amplia posible a las partes implicadas en relación a una comunidad de intereses y objetivos compartidos. Es lo que permite a la empresa expresar su naturaleza y su proyecto para, así, participar en el bien común. Recordemos que esto se define como «un conjunto de condiciones sociales que permiten, tanto a los grupos como a cada uno de sus miembros, alcanzar su perfección de una manera más completa y natural». Se trata de poner en marcha una buena vida en el marco de la sociedad y de que todos tengamos una conciencia más clara de las exigencias.

Es un proyecto ambicioso…

Ciertamente lo es, pero esto demuestra también el papel múltiple que tiene la empresa. De hecho, la razón de ser de una empresa está, a la vez, en su arraigo (cuál es su historia, su visión estratégica), su unicidad (en qué se diferencia de las demás empresas) y su compromiso (cuál es su misión con respecto a sus colaboradores, proveedores, clientes, el medioambiente, la ética, etc.).

¿No es, sobre todo,  un (nuevo) concepto de marketing?

Sería una pena para una empresa no emprender este trabajo sobre ella misma. Siempre existe el riesgo de hipocresía, o de puro marketing; pero duraría poco porque la verdad acaba siempre saliendo y en términos de imagen podría ser devastador. Si una empresa inicia este camino, lo debe hacer de manera verdadera, sincera y hasta el fondo.

Publicado por Frédéric Paya en Valeurs Actuelles.

Traducido por Verbum Caro para InfoVaticana.

Carta aberta do IPCO à CNBB: virem a página da Teologia da Libertação!

Carta Aberta ao Conselho Permanente da Conferência Nacional dos Bispos do Brasil

Excelências: Chegou a hora de virar a página
da Teologia da Libertação!

“Errar é humano, mas perseverar no erro por arrogância é diabólico”
(Santo Agostinho)

Segundo notícias de imprensa, o Conselho Permanente da CNBB irá discutir, no dia 5 de agosto, a “Carta ao Povo de Deus”, vazada para uma colunista da Folha de S. Paulo e assinada presumidamente por 152 bispos.

A carta é um forte ataque ao atual Governo, baseado muito mais em uma posição ideológica de esquerda do que na doutrina social da Igreja.

Os primeiros nomes dos signatários, que se tornaram públicos, são representativos de uma corrente episcopal cuja doutrina claramente inspirou a redação do documento. São prelados de ascendência alemã, hoje aposentados, que vibraram na sua juventude com a revolução marxista promovida pelos corifeus da Teologia da Libertação. Após o colapso da URSS, esses prelados – e outros da mesma corrente ideológica – se reciclaram com as utopias ambientalistas e indigenistas e, em outubro passado, promoveram o escandaloso culto à Pachamama nos jardins do Vaticano.

Enquanto estavam na ativa e à frente das suas dioceses, esses prelados foram os mentores do Partido dos Trabalhadores, seus maiores promotores, através das Comunidades Eclesiais de Base (CEBs), e seus principais aliados quando o partido conseguiu chegar ao poder e tentou implantar no Brasil o regime socialista com o qual sonhavam.

Descontentes com o “aburguesamento” dos quadros do PT e sua demora em fazer as reformas estruturais que a passagem para o socialismo necessitava, esses prelados aliaram-se ao MST e aos “movimentos populares”, que representavam a ala ardida da esquerda.

Através da Pastoral da Terra, do Conselho Indigenista Missionário (CIMI) e de outros organismos eclesiais, incentivaram e abençoaram as invasões de terras e de prédios urbanos, a destruição de campos de pesquisa científica, as greves e os distúrbios nas ruas, os arrastões e a impunidade para os criminosos, como meio de pressão política sobre a opinião pública nacional e sobre um Governo que, para eles, não estava sendo suficientemente radical em suas reformas.

Mas esse desgosto não impediu esses prelados de manter seu apoio ao sistema petista quando este compensou a relativa lentidão na aplicação das reformas econômicas com uma radicalização apressada da agenda de corrupção dos costumes, mediante a legalização de alguns casos de aborto, o reconhecimento das uniões extraconjugais e de parceiros homossexuais, a paulatina introdução da ideologia de gênero na educação das crianças, o financiamento de expressões “artísticas” imorais e blasfemas etc.

Por fim, quando explodiu o descontentamento da população pelo aparelhamento do Estado, promovido pelo PT, e pela instalação do maior sistema de corrupção financeira da história do Brasil e talvez da história da humanidade, esses prelados fizeram tudo que estava ao seu alcance para salvar esse Governo que eles julgavam ser o mal menor. Mas, acima de tudo, para evitar que a onda conservadora das ruas se traduzisse em um movimento de restauração moral em nosso país, apressando-se a retirar qualquer apoio religioso aos que se levantavam contra o processo de socialização do Brasil.

Entretanto, a atuação militante dessa ala mais à esquerda do episcopado não impediu o impeachment da ex-presidente Dilma Rousseff e a posterior eleição do Sr. Jair Bolsonaro à Presidência da República.

Amargurados pela derrota eleitoral, incluindo o estrondoso fracasso do Sr. Boulos e das outras correntes da extrema esquerda com as quais esses prelados melhor se identificavam, ainda viram ser eleito, escolhido pela maioria dos brasileiros, um homem que representava o oposto ideológico do que defendiam.

Diante do gradual desmantelamento dos fracassados assentamentos de Reforma Agrária, dos guetos indígenas, da omissão diante da criminalidade etc, esses Bispos, minoritários e aposentados, vociferam agora sua frustração, voltando-se raivosamente contra as autoridades federais com o pretexto da má condução da crise sanitária.

Trata-se provavelmente de sua derradeira tentativa (que seria incongruente qualificar de canto de cisne), de persuadir o povo brasileiro da bondade de suas utopias, agora já nas vésperas de deixar o palco e passar a engrossar a longa série dos “iluminados” que fracassaram nessa missão de levar o Brasil para a esquerda.

De tal maneira esses prelados derrotados estão cientes do abismo que os separa das aspirações da maioria da população brasileira que, na sua carta-vitupério, nem sequer tiveram a coragem de afirmar em alto e bom som os princípios comunistas que os animam. Servindo-se de circunlóquios e de outras ginásticas verbais, procuraram exprimir seu pensamento: o Brasil seria uma “sociedade estruturalmente desigual, injusta e violenta”, o sistema do atual Governo colocaria no centro “a defesa intransigente dos interesses de uma ‘economia que mata’, centrada no mercado e no lucro a qualquer preço”, seu desprezo pela educação e a cultura ficaria visível “no desconhecimento e depreciação de processos pedagógicos e de importantes pensadores do Brasil” (não teria sido mais simples e transparente dizer “a ‘pedagogia dos oprimidos’ de Paulo Freire”?), etc.

O fanatismo ideológico desses prelados os leva a ver o cisco no olho alheio e a não perceber a trave no próprio. “Até a religião é utilizada”, afirmam eles incautamente, “para manipular sentimentos e crenças, provocar divisões, difundir o ódio, criar tensões”, como se não fosse precisamente isso que fizeram durante décadas por meios das CEBs e das pastorais de apoio às atividades incendiárias dos movimentos ditos “populares”.

Por terem sido esses prelados os responsáveis em promover, durante décadas, a luta de classes e o comunismo, são eles que se fazem merecedores da apóstrofe que dirigem ao presidente Bolsonaro e ao seu Governo: “Como não ficarmos indignados diante do uso do nome de Deus e de sua Santa Palavra, misturados a falas e posturas preconceituosas, que incitam ao ódio, ao invés de pregar o amor, para legitimar práticas que não condizem com o Reino de Deus e sua justiça?

Na realidade, o que os bispos signatários da «Carta ao Povo de Deus» rejeitam é, sobretudo, o apoio que o Presidente Bolsonaro recebe de católicos conservadores, assim como de lideranças pentecostais que contam com um eleitorado também conservador nos costumes.

Paradoxalmente, os principais responsáveis pela perda de fiéis católicos e pelo crescimento dessas igrejas pentecostais, tão atuantes na política, foram esses mesmos bispos da “esquerda católica”, que hoje se queixam do resultado de seus próprios desatinos.

Os próprios protestantes não hesitam em reconhecer que seu crescimento exponencial se deu no período em que a corrente desses prelados, adeptos da Teologia da Libertação, dirigia a CNBB.

Ao apoiarem o PT, o MST e outros movimentos de esquerda, conferindo um viés político às suas pastorais, esses bispos católicos desagradaram milhões de fiéis que, sentindo-se órfãos de uma verdadeira assistência religiosa, migraram para as seitas protestantes.

Em 2001, o então líder da Convenção Batista do Brasil, o pastor Nilson Fanini, resumiu para a revista americana Time1, em um comentário, ao qual não falta uma nota de sarcasmo, como e por qual motivo isso se deu: “A Igreja Católica optou pelos pobres, mas os pobres optaram pelos evangélicos”. Por quê? Simplesmente porque “essas pessoas estavam famintas de algo mais do que simplesmente comida; os evangélicos supriram melhor as necessidades emocionais e espirituais do povo”, afirmou para a mesma revista o Sr. Henrique Mafra Caldeira de Andrada, diretor do programa protestante no Instituto de Estudos Religiosos de Rio de Janeiro.

Em nome da interpretação marxista da “opção preferencial pelos pobres”, feita pela Teologia da Libertação, as conferências episcopais da América Latina deram apoio à agenda revolucionária de esquerda. O resultado foi o abandono de milhões de almas, sobretudo das pessoas mais simples, nas mãos dos pastores protestantes.

Um estudo do Conselho Episcopal Latino-Americano—CELAM revelou, no fim dos anos 1990, que, já naqueles anos, 8.000 latino-americanos abandonavam a Igreja Católica por dia e passavam para os evangélicos!2

Em apenas quatro décadas — levando-se em conta o crescimento populacional do Brasil —, essa mal interpretada “opção preferencial pelos pobres” de viés esquerdista fez com que os protestantes ganhassem 30 milhões de adeptos e a Igreja Católica perdesse mais de 50 milhões de fiéis, para eles ou para as diversas seitas, ou até para a irreligião.

Essa é a triste evidencia dos fatos. Ela é uma prova flagrante de que foi por terem apoiado correntes revolucionárias e demagógicas que muitos prelados levaram a Igreja Católica a ser desacreditada junto aos pobres e aos excluídos. Os mesmos “excluídos” que esses bispos ‘foice e martelo’ dizem querer libertar!

Em 1975, Plinio Corrêa de Oliveira, inspirador deste Instituto que leva o seu nome, em carta a D. Arns, então Cardeal de São Paulo, lembrou que a população desse Estado, embora continuasse a frequentar os sacramentos e a encher as Igrejas, não acompanhava o clero esquerdista na sua subversão. O que ele notava, àquela altura de nossa história, bem pode ser aplicado à situação atual. Dizia ele: “Atitudes como a dos signatários do documento de Itaici vão abrindo um fosso cada vez maior, não entre a Religião e o povo, mas entre o Episcopado paulista e o povo”. […] “A Hierarquia Eclesiástica, na própria medida em que se omite no combate à subversão comunista, vai se isolando no contexto nacional. E nos parece indispensável que alguém lhe diga que a subversão é profunda e inalteravelmente impopular entre nós, e que a Hierarquia paulista tanto menos venerada e querida vai ficando, quanto mais bafeja a subversão”.

Vossas Excelências não são da mesma geração desses frustrados e fracassados bispos que assinaram a famigerada Carta ao Povo de Deus. Como os jovens israelitas nascidos no cativeiro da Babilônia, os Senhores podem justificadamente murmurar: “Os pais comeram uvas verdes, e prejudicados ficaram os dentes dos filhos” (Jer 31, 29). Em outras palavras, a atual direção da CNBB herdou uma situação catastrófica que foi criada pelos seus antecessores imediatos. Incumbe agora aos Senhores reparar o dano.

Para isso foram sagrados Bispos da Santa Igreja, chamados por Deus à altíssima missão de restaurar o Catolicismo no Brasil, para cujo cumprimento podem contar com o apoio dos fiéis católicos que frequentam os sacramentos, muito mais numerosos do que as minguadas tropas dos militantes das CEBs.

Se Vossas Excelências não abandonarem resolutamente a via errada pela qual se embrenharam seus predecessores e entrarem em clara consonância com as aspirações religiosas profundas do povo brasileiro e, em particular, de seu próprio rebanho católico, o abismo psicológico que hoje separa as ovelhas dos pastores não fará senão crescer, com a perda suplementar de milhões de almas!

Quando os Srs. estudaram no seminário, o latim já tinha sido abandonado no currículo acadêmico. Mas ser-lhes-á fácil compreender a frase, outrora famosa, de Santo Agostinho: “Humanum fuit errare, diabolicum est per animositatem in errore manere”.[3]

Na atual emergência nacional, que requer a união de todos os brasileiros num projeto que atraia a imensa maioria da população, seria realmente diabólico obstinar-se no erro humano que levou à trágica perda de incontáveis fiéis e grave prejuízo para todo o País.

Apelamos, portanto, para o bom senso do Conselho Permanente da Conferência Nacional dos Bispos do Brasil, pedindo a Vossas Excelências que repudiem, com a máxima energia, o documento escandaloso assinado por 152 dos seus irmãos no episcopado e o façam saber do alto dos púlpitos. É preciso ficar claro, à maioria conservadora do público brasileiro, que essa posição minoritária não corresponde à dos bispos do Brasil.

A mais importante reforma que o Brasil tanto necessita – e que espera ver encampada por seus bispos – é a moral: “Buscai em primeiro lugar o Reino de Deus e a sua justiça e todas estas coisas vos serão dadas em acréscimo.”

É com essas esperanças que nos dirigimos respeitosamente a Vossas Excelências, pedindo sua bênção,

In Jesu et Maria,

Eduardo de Barros Brotero
Diretor
INSTITUTO PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA

São Paulo, 4 de agosto de 2020

Festa litúrgica de S. João Maria Vianney, o Cura d’Ars

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