CHRISTOPHER DAWSON Y LA HISTORIA DE LA SECULARIZACIÓN MODERNA

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«La historia de la secularización de la cultura moderna debe aún escribirse». Esta afirmación de Christopher Dawson, que se puede leer en la página 53, es un gran verdad y explica al mismo tiempo el origen y la finalidad del libro de donde es extraída: “Gli dei della rivoluzione” (Los dioses de la revolución, ndt), publicado ahora por D’Ettoris, con edición de Paolo Mazzeranghi y prólogo de Mons. Luigi Negri.

La primera edición del libro se remonta a 1972. Seguidamente no se ha añadido mucho más a las obras que ya entonces habían intentado entender la secularización. Su juicio puede considerarse, entonces, todavía válido, sobre todo en un punto: no se ha avanzado ulteriormente para comprender el sentido “religioso” de la secularización que es, en cambio, el objeto del libro de Dawson.

La ingenuidad católica respecto a la secularización ha sido, y sigue siendo, sorprendente. Mientras Dawson escribía este libro, muchos pensadores católicos estaban ocupados en legitimar la secularización como hecho histórico positivo y cristiano. Eran incapaces de reconocer en profundidad el significado negativamente religioso que muchos otros – por suerte -, y no solo Dawson, veían en cambio con claridad. Hoy, cuando la secularización muestra su profunda índole anticatólica, retomar el análisis de Dawson es de fundamental importancia.

Gran parte del libro está dedicado, como es obvio, a la revolución francesa, si bien no faltan interesantes observaciones sobre las revoluciones inglesa y americana e incluso antes, sobre el triste resultado de la gran época barroca de la Contrarreforma: «Si Felipe II hubiera vencido a los holandeses, ingleses y hugonotes, la moderna civilización burguesa no se habría desarrollado nunca y el capitalismo, en la medida en que hubiera existido, habría tenido un carácter totalmente distinto» (p. 47).

La revolución política moderna, según Dawson, fue primero una revolución intelectual y, antes, una revolución religiosa. Locke y Newton expulsaron a Dios de la vida cultural y política, el Jansenismo fue una specie de «jacobinismo religioso» (p. 65), la diáspora hugonote tras el edicto de Nantes le dio a la burguesía un nuevo puritanismo y la revolución inglesa se alimentaba de una «nueva concepción de la vida» (p. 57). Pero fue con la Ilustración cuando nació algo verdaderamente nuevo. «Las ideas liberales de la Ilustración hicieron un llamamiento a fuerzas psicológicas situadas por debajo de la superficie de la conciencia racional, para transformarlas de filosofía a religión y para que dejaran así de ser simples ideas y se convirtieran en artículos de fe» (p. 76). De ello se ocupó Rousseau creando la «religión de la democracia» (p. 76). Él fue el «profeta de un nuevo Evangelio. Vio que todos los males del hombre y todas las desgracias de la sociedad no eran debidas al pecado personal del hombre y a su ignorancia, sino a la injusticia social y a las ideas corruptoras de una sociedad artificial» (p. 76).

Todo esto ya se había ya visto, en menor medida, en la revolución americana. La democracia se convirtió en una fe en la creación de un mundo nuevo, un cambio general y cósmico, un idealismo mesiánico, el nacimiento de una nueva humanidad. Las tendencias milenaristas anabaptistas se consolidaron con el racionalismo y el naturalismo de la Ilustración. Con Paine – explica Dawson – nace un «moderno credo revolucionario».

Sin embargo, es en Francia donde el aspecto religioso de la revolución emerge con fuerza. «Esta nueva unidad religiosa no era puramente ideal. Poseía ya una jerarquía y su organización eclesiástica en el orden de Massoni, que alcanza el ápice de su desarrollo en los dos decenios que precedieron a la revolución» (p. 101). La declaración de derechos dio a la revolución una «fuerza espiritual» y un «nuevo Evangelio» (p. 103).

La construcción de una “Iglesia nacional” fue fruto «del idealismo liberal, que consideraba que la revolución estaba destinada a unir a la humanidad en una nueva unidad espiritual y pedía que la Iglesia se convirtiera en apóstol de este Evangelio filantrópico» (p. 111). Según Fuchet – tal vez no es un azar que fuera un ex oratoriano -, católicos y masones podían unirse para predicar las nuevas grandes verdades religiosas y la iglesia nacional tenía que convertirse en el órgano de este misticismo democrático.

La forma más evolucionada de la nueva religión civil era, sin embargo, la del partido de los Jacobinos: «Desde el inicio poseía su credo en la declaración de los derechos y sus estructuras en el Contrato social y gradualmente desarrolló un culto al libro de la Constitución, como también un ritual de la libertad, dirigiéndose a abstracciones deificadas como la razón, la libertad, la naturaleza y la patria. Si bien este nuevo culto se podía combinar con la religión de la Iglesia, era fundamentalmente distinto y potencialmente hostil a ésta. Como el cristianismo, era una religión de la salvación humana, de la salvación del mundo a través del poder del hombre liberado por la razón. La cruz había sido sustituida por el árbol de la libertad, la gracia de Dios por la razón del hombre y la redención por la revolución» (p. 118).

Según Dawson, Robespierre era un «líder religioso» (p. 129) y «el Papa de la nueva Iglesia» (p. 148); la guerra de la Vandée fue una «guerra civil religiosa» (p. 134); los comisarios enviados a las provincias eran «misioneros» (p. 140) y se inició una «caza inquisitorial a la herejía» (p. 145).

La descripción histórica de Dawson es puntual y muy útil. Sin embargo, para captar plenamente el carácter religioso de la secularización, el análisis histórico debe estar acompañado del filosófico y, sobre todo, de la teología de la historia, hoy más bien ausente.

Stefano Fontana

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DAWSON, Christopher, Gli dei della rivoluzione, a cura di Paolo Mazzeranghi, Prefazione di Mons. Luigi Negri, DEttoris Editori, Crotone 2015.