“Código rojo” debido al clima, pero la alarma de las Naciones Unidas es desmentida por los hechos. Por Riccardo Cascioli.

El VI Informe del IPCC eleva la alarma sobre la emergencia climática con las habituales previsiones catastróficas, si no se toman medidas políticas y económicas inmediatas. Pero los datos desmienten el continuo aumento de las temperaturas, mientras que es útil recordar cómo en 1989 la ONU lanzó la alerta, dando a los gobiernos solo diez años para revertir la tendencia. Han pasado treinta años y esas catástrofes nunca se han hecho realidad.

 

«Che barba, che noia» (Qué fastidio, qué aburrimiento). El eslogan de Sandra Mondaini y Raimondo Vianello encaja perfectamente con la publicación del VI Informe del IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático), el organismo de la ONU que se ocupa del cambio climático. Como se pronosticó ampliamente, la catástrofe climática que ya está en marcha con mares crecientes, temperaturas globales fuera de control, eventos extremos que se vuelven locos, glaciares que se funden y así sucesivamente alarmando. Si esto continúa será el fin del planeta y algunos daños son ya irreversibles, debemos actuar de inmediato para salvar lo que se puede salvar. ¿Cómo? Obviamente, eliminando de inmediato todos los combustibles fósiles, iniciando por el carbón (pero también el metano debe incluirse en la lista de los “impresentables”) y enfocar todo sobre las fuentes renovables como la eólica y la solar. En definitiva, estamos en “código rojo para la humanidad”, como dijo el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, indicando un límite de alarma que no se puede sobrepasar: después del código rojo solo hay desastre.

El Informe del IPCC – es el primero de tres partes, el último de los cuales será publicado en 2022- sucede por cierto para hacer presión sobre la próxima Conferencia Internacional sobre el Clima (COP26) que tendrá lugar en noviembre en Glasgow y cuyo fracaso ya está marcado. “La ciencia ha hablado, ahora le toca el turno a la política”, es el habitual estribillo repetido continuamente, para acreditar la narración según la cual hay un mundo científico que coincide absolutamente en creer que existe una emergencia climática sin precedentes y luego el mundo de los jefes de gobierno que no tienen una voluntad real de tomar las medidas necesarias por siniestros intereses electorales.

Pero, de hecho, esta es una narración, no la realidad. Mientras tanto, ¿cuál ciencia habló? Y aquí debemos recordar que el IPCC no es un organismo científico, como generalmente se cree, sino un organismo político como su nombre lo indica: es un organismo intergubernamental bajo la égida de la ONU. Hay científicos en su interior, pero no solo, ni siquiera son la mayoría: tanto es así que el actual presidente del IPCC, el surcoreano Hoesung Lee (en el cargo desde 2015), es economista y su antecesor Rajendra Pachauri (2002-2015) fue ingeniero. Por tanto, el contraste científico-político es pura mistificación. Además, el IPCC no produce sus propios trabajos científicos, sino que simplemente resume los estudios existentes sobre el clima, y ​​obviamente no todos los estudios, dado que son miles los científicos que niegan la existencia de una emergencia climática.

Desde 1990 el IPCC produce periódicamente informes de evaluación como el presentado recientemente (el anterior fue en 2013-2014) y el objetivo es siempre político: se crea la alarma climática (exceso de emisiones de CO2, dióxido de carbono) para luego presionar a los gobiernos a tomar las decisiones deseadas (eliminación de los combustibles fósiles) y convencer a la opinión pública de que acepte impuestos y limitaciones de libertad que sin un estado de emergencia nunca aceptaría.

Si esto les parece muy similar al mecanismo con el que nació la emergencia Covid y con todo lo que ha seguido, pues bien sepan que no es casualidad: hay un totalitarismo que avanza a grandes pasos explotando precisamente el tema de las supuestas emergencias globales (pero tendremos la oportunidad de retomar este tema) e infundir miedo en la población.

Volviendo al VI Informe de Evaluación presentado, hay un pequeño detalle que omite, a saber, que no hay un crecimiento lineal o tumultuoso en las temperaturas globales (aunque las emisiones de CO2 han aumentado), de hecho hoy estamos exactamente en el mismo nivel en el que nos encontrábamos en la época del último Informe del IPCC (2014), como se muestra en este gráfico, extraído de la base de datos Hadcrut5 editado por la MetOffice británica.

En la práctica, a un aumento de temperatura en el período 2002-2014 le sigue un período multifásico caracterizado por el evento El Niño (2015-2020) y ahora un descenso de las temperaturas que nos devuelve al nivel de 2014. De hecho, 2021, pues tal como está yendo hasta ahora, es un candidato para el año más frío de 2014 y quizás también de 2005. Quienes realmente hacen ciencia deberían preguntarse sobre estos datos, que contradicen las teorías sobre el calentamiento global provocado por el hombre. Y no solo esto: dado que ahora estamos acostumbrados a las crecientes alarmas sobre el clima, retomar los llamamientos del pasado es un saludable ejercicio de realismo.

Recordemos entonces que en 1989, justo antes del primer informe del IPCC, la ONU lanzó la Declaración sobre la emergencia climática, también conocida como “Diez años para salvar el mundo”. El director del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (en inglés, United Nations Environment Programme, UNEP), Noel Brown declaró que “naciones enteras podrían desaparecer de la faz de la tierra debido al aumento del nivel del mar, si no se revierte la tendencia al calentamiento global para el año 2000”. Las inundaciones costeras y la destrucción de cultivos provocarán un éxodo de “eco-refugiados” que provocará un caos político. “Los gobiernos tienen una ventana de diez años para resolver el problema de los gases de efecto invernadero antes de que la situación esté totalmente fuera del control humano”.

El informe del UNEP, en colaboración con la Agencia de Medio Ambiente de Estados Unidos, entró en más detalles: dado que el calentamiento provoca el derretimiento de los casquetes polares y el nivel de los océanos debían aumentar un metro, las Maldivas y otras islas se habrían sumergido en el agua, así como una sexta parte de Bangladesh que, en consecuencia, tendría que hacer frente a 23 millones de personas desplazadas; y Egipto pasaría hambre porque una quinta parte de sus tierras agrícolas en el delta del Nilo quedarían sumergidas, lo que provocaría la pérdida de los alimentos que necesita la población.

Han pasado más de veinte años desde el año 2000 y éstas, como otras predicciones catastróficas, no se hicieron realidad. Tampoco hay razón para creer que las mismas predicciones que se repiten por enésima vez se harán realidad. En cambio, es seguro que el desastre será causado por las costosas políticas climáticas que ya han demostrado ser un fracaso: las enormes inversiones ya realizadas en energías renovables y tecnologías para reducir las emisiones de CO2 están destruyendo las industrias occidentales, trasladando gran parte de la producción a China, en donde no existe ninguna restricción sobre el uso de combustibles fósiles. Con el resultado de que las emisiones globales de CO2 han continuado y seguirán creciendo. Y ciertamente no será la enésima alarma del IPCC la que cambiará la realidad.

Riccardo Cascioli

brujulacotidiana.com