El libro negro de la condición de los cristianos en el mundo

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Publisher: Mondadori
Pages: 604
Price: €20,00

En la prensa propagandística italiana, además de los beneméritos informes periódicos de Ayuda a la Iglesia que sufre (AIS), hasta ahora no había un estudio detallado y razonado sobre la creciente difusión mundial de la persecución anticristiana. Pero este vacío ha sido colmado por un ensayo firmado por más de setenta estudiosos de distinta extracción coordinados por el periodista francés de La Croix Samuel Lieven. Los autores analizan, continente a continente (con excepción de Oceanía), la emergencia ‘cristianofobia’, como definió Benedicto XVI la condición de verdadera y propia ‘caza al cristiano’ que desde hace tiempo -por motivos distintos- se observa con inquietante regularidad en muchas, demasiadas zonas críticas del planeta. Ante todo los datos registrados: a día de hoy el Cristianismo es, en absoluto, la fe más perseguida del mundo con una estimación de 150/200 millones de víctimas como media cada año. El panorama -objetivamente retratado- relata que lo que se está llevando a cabo desde principios de siglo, mientras en Occidente se seguía celebrando el final inesperado y pacífico de la Guerra Fría, es una “guerra global contra los cristianos” (pag. 6), citando las palabras del vaticanista del Boston Globe, John Allen. Es una guerra que succede por motivos distintos que no siempre se pueden superponer en las distintas latitudes del globo pero que, a pesar de todo, sigue siendo una verdadera y propia guerra, y no una serie de episodios aislados; esto tal vez sea la causa de la escasa información que dan de ella los principales órganos de comunicación. Y cuando se habla del tema tras sucesos brutales de violencia inaudita como el asalto a la catedral de Bagdad, en Iraq, el 31 de octubre de 2010 (58  víctimas, incluyendo los dos sacerdotes que estaban celebrando la misa) o el pogrom en el estado indio de Orissa, en el verano de 2008, por obra de fundamentalistas hindúes (500 víctimas, miles de heridos, 5.000 edificios destruidos entre los cuales 350 iglesias y escuelas), lo que no suele emerger desde luego es el escenario organizado de la sistemática violencia anticristiana en cuanto tal, como si el elemento religioso no fuera claramente el más importante e incluso la causa misma de la violencia perpetrada. En realidad, “los cristianos están sometidos a forma de vejación, de iure o de facto, en 139 países, casi tres cuartas parte de las sociedades del planeta” (pag. 19) y hay incluso quien ha calculado -el IGFM, es decir, el Internationale Gesellschaft für Menschenrechteque hoy “el 80% de todos los actos de persecución religiosa realizados en el mundo tienen que ver con los cristianos” (ibidem). Más: en su último informe, la USCIRF (United States Commission on International Religious Freedom) “ha individuado a 16 naciones que han llevado a cabo crímenes ‘brutales y sistemáticos’ contra la libertad religiosa, entre los cuales torturas, arrestos y homicidios. En esos países se perseguían muchas comunidades religiosas, pero sólo una está siendo atacada en los dieciséis: la cristiana” (pag. 20). En resumen, si sobre las cifras exactas de la cristianofobia no todos están de acuerdo -hay quien registra un mártir a la hora y quien uno al día-, tal como están las cosas “no hay duda de que hoy en día los cristianos representan la confesión más perseguida del planeta y que este fenómeno está alcanzando dimensiones preocupantes” (ibidem). 

            La pregunta, por lo tanto, surge espontánea: ¿cómo es posible este silencio a nivel internacional? Los autores del estudio sugieren la hipótesis del intelectual francés Règis Debray, el cual ha observado que las persecuciones anticristianas “caen exactamente en la ‘zona ciega’ de la política occidental. Las víctimas son ‘demasiado cristianas’ para suscitar el interés de la izquierda y ‘demasiado extranjeras’ para atraer a la derecha” (pag. 24). Por muy paradójico que sea, la motivación parece tener una base muy lúcida: al estar vinculadas in primis con la dimensión religiosa, las víctimas no atraen el interés de los políticos progresistas y de las izquierdas en general que, por lo menos en Europa, consideran el hecho religioso aún con lentes vetero-marxistas por lo que la fe aparece como un resto del pasado, fruto de la sociedad corrompida, destinada más pronto o más tarde a desaparecer definitivamente. Y, en el otro lado del arco constitucional, es precisamente la procedencia de las víctimas -algo que difícilmente coincide con las lógicas de interés nacional o patrióticas- lo que es a menudo el problema. Así, el resultado final es el que estamos viendo actualmente: el sustancial desinterés de las instituciones electivas, sin importar el color que las representa, ante lo que las organizaciones humanitarias han descrito, en cambio, como “un desastre de proporciones épicas desde el punto de vista de los derechos humanos” (pag. 27).      

            Las sucesivas intervenciones de los distintos estudiosos examinan los escenarios conocidos, y también los que no lo son, de este fenómeno global que se extiende de Iraq a Siria, pasando por Arabia Saudita, Turquía, Nigeria y Sudán, sin olvidar las raíces ideológicas de la persecución heredadas del siglo pasado, el que Juan Pablo II llamó significativamente el “siglo de Caín”. En particular, en su contribución, el historiador Andrea Riccardi recuerda precisamente el eco de la gran reflexión wojtyliana sobre el martirio, que había casi desaparecido de la conciencia del cuerpo eclesial, sostenida por la convicción de que “las persecuciones sufridas por los cristianos en el siglo XX fueron tan graves como las de los primeros siglos” (pag. 103). El Papa lo sabía bien, porque provenía de un pueblo que había sido geográficamente, a su manera, el centro de esta violencia de masa del ‘siglo breve’: “durante la Segunda Guerra Mundial más de 6 millones de polacos murieron por la violencia hitleriana, cuya intención era aniquilar física y espiritualmente esa nación. De hecho, murió el 22% de toda la población” (pag. 103). Sin embargo, “la visión wojtyliana del martirio no estaba limitada a Europa y a los totalitarismos. Juan Pablo II quería recuperar la memoria del martirio de los cristianos del siglo XX de cada país, haciendo de esto un objetivo especial del Gran Jubileo del año 2000. Encargó a una comisión creada a este propósito la recogida de documentación e hizo un catálogo con los nombres de los ‘nuevos mártires’. En la Carta apostólica de preparación al Jubileo del año 2000, Tertio Millennio Adveniente, el Papa afirmó con fuerza: ‘Al final del segundo milenio la Iglesia se ha convertido de nuevo en una Iglesia de mártires’. Su intención se consiguió en parte, sobre todo dentro del mundo cristiano […] pero no en los escenarios de la opinión occidental” (pag. 104) como demuestra el dato innegable que, frente a la reanudación de la persecución sin fronteras después del final del comunismo, la opinión pública de nuestras sociedades simplemente parece no tener interés en ella. Incluso cuando la persecución llega a rozar nuestra cotidianidad, como en el caso de los Balcanes, donde los cristianos católicos de Bosnia y los ortodoxos de Kosovo son objeto de graves discriminaciones perpetradas por los musulmanes croatas y albaneses, tal como ilustra la intervención del profesor Roberto Morozzo della Rocca, docente de historia contemporánea en la Universidad Roma Tre. De hecho, al otro lado del Adriático, la guerra de 1991-1995 parece no haber concluido y tras los acuerdos de paz de Dayton continúa bajo otras formas y nuevas modalidades como si no bastara el boletín registrado por el conflicto: 8 sacerdotes asesinados, un número impreciso de religiosas y fieles laicos, 133 iglesias totalmente destruidas y 113 gravemente dañadas, sin contar los monasterios y los cementerios. Ciertamente, en este caso se ve claramente que fueron las renacidas lógicas étnicas y nacionalistas las que favorecieron la nueva oleada de persecuciones que transformó la ex Yugoslavia en un polvorín a punto de estallar de un momento a otro; sin embargo, es un hecho que, sobre todo en Bosnia -como denuncia desde hace años el cardenal arzobispo de Sarajevo Vinko Puljc-, la presencia católica, anteriormente equivalente casi al 17% de la población, ha descendido dramáticamente al 8% y si no se detiene la diaspora de facto favorecida e impulsada por las autoridades estatales, es bastante plausible que el número actual de 400.000 creyentes siga disminuyendo. Con qué consecuencias para el ya frágil equilibrio socio-político, está por ver.         

            En resumen, tampoco en Europa la situación es fácil, por razones también de orden puramente cultural como demuestra el caso de Francia, donde el régimen de laicidad agresiva, fundado institucionalmente sobre la base del pacto de ciudadanía y por la Constitución de la República, han llevado progresivamente a una clara manifestación ideológica de la dimensión pública de la laicidad que no se ve en ningún otro lugar de Occidente (el propio término ‘laicidad’ no tiene equivalentes en inglés o alemán, por ejemplo). De este modo, el estudio tiene el mérito histórico de centrarse, por fin, con la debida atención en la totalidad de las principales situaciones de sufrimiento de las comunidades cristianas hoy en el mundo, y en especial en el área de Oriente Medio y de África Central, sin duda las más golpeadas proporcionalmente y, al mismo tiempo, las más complejas porque las dinámicas sociales internas y las económicas y geopolíticas externas no son siempre claras para el observador que observa los hechos desde aquí y debe dar un juicio en conjunto sobre ellos. En cualquier caso, en vista de los datos referidos, todas las situaciones mencionadas deberían estar siempre en el centro de nuestra oración, tanto personal como comunitaria. Si se me permite poder expresar mi propia opinión en mérito precisamente del planteamiento general propuesto, diría que tal vez son excesivamente optimistas algunas de las consideraciones finales confiadas al padre Timothy Radcliffe, en la parte donde no capta una cierta incapacidad por parte de las sociedades musulmanas a medirse con la moderna codificación de los derechos humanos a nivel internacional (es un hecho que algunos gobiernos locales siguen sin reconocer la Declaración universal de los derechos del hombre de 1948) y la convicción expresada en varias ocasiones, pero no argumentada de manera adecuada, de que son algunos procesos económicos de la globalización los que dañan la condición social de algunas comunidades cristianas en el mundo, mientras parece más bien que en esos contextos el problema sea la aceptación del ‘diversamente otro’ respecto a las ideas y a las costumbres de la mayoría, como también una cierta manipulación política instrumental de la identidad nacional. En cualquier caso, es una obra valiosa que hay que conservar, dar a conocer y tener en la propia biblioteca: para leerla, consultarla y mantener vivo el debate público, en los modos y en las formas en que cada uno pueda en su ámbito cotidiano, antes de que sea demasiado tarde.

                                                                                                                      Omar Ebrahime    

 

AA. VV., Il libro nero della condizione dei cristiani nel mondo (El libro negro de la condición de los cristianos en el mundo), Mondadori, Milano 2015, Pp. 604, Euro 20,00.