IGLESIA Y POLÍTICA EN LA PANDEMIA: AMPLIA ENTREVISTA A MARCELLO PERA. Entrevista realizada por Samuele Cecotti.

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[La entrevista se publica contemporáneamente en www.lanuovabq.it y www.loccidentale.it]

 

Desde hace más de dos meses estamos sufriendo una crisis que, si bien en principio era sanitaria, se ha vuelto cada vez más sistémica y es capaz de destruir ilusiones decenales, revelando, al mismo tiempo, la enfermedad espiritual que corroe hasta la médula unas realidades que, en apariencia, eran sólidas, a saber: la Unión Europea, la condición de Estado y la democracia italiana, nuestra civilización (antaño cristiana) en su cultura de masas y en su ideología de fondo, y la misma Iglesia católica.
En esta Italia confinada han surgido nuevas ilusiones que ocupan el espacio dejado por las antiguas, que se han disuelto; ilusiones que, sin embargo, son efímeras y que están destinadas, también ellas, a disolverse en cuando la crisis económica que sobrevendrá a la sanitaria haga sentir sus garras.
De lo que se trata, entonces, es de comprender la crisis cultural y espiritual, antes que sanitaria y socioeconómica, de una civilización para, así, poder razonar sobre el “día después” de la crisis, sobre cómo salir de ella, cómo reconstruir y qué hay que reconstruir.
Nuestro Observatorio ha puesto en marcha, partiendo del documento del arzobispo Crepaldi, una mesa de trabajo sobre el “día después” del coronavirus para pensar, de un modo católico, en una respuesta a la crisis partiendo del patrimonio filosófico y teológico de la Doctrina social de la Iglesia.
Hemos hablado de ello con el profesor Marcello Pera, filósofo ilustre, anteriormente catedrático de Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Pisa, uno de los pensadores más autorizados del conservadurismo liberal italiano, senador de la República en cuatro legislaturas, Presidente del Senado desde 2001 a 2006, uno de los intelectuales laicos más sensibles a la Tradición Católica, capaz de entrelazar con el papa Benedicto XVI un diálogo filosófico que ha desembocado en publicaciones y que aún sigue vigente.

Presidente, el arzobispo Crepaldi ha hablado de una Unión Europea que “ha muerto por coronavirus”. Usted, en cambio, ha antedatado la defunción y considera que el virus, lo único que ha hecho, es poner de manifiesto que dicha muerte ya había sucedido. ¿Quién ha matado a la UE? ¿De qué ha muerto? ¿Y cuándo?

Creo que fundamentalmente estamos de acuerdo. Sin el coronavirus, el certificado de defunción de la Unión Europea no existiría. Hemos podido comprobar que la Unión no es un Estado federal ni confederativo, como es bien sabido, y tampoco una comunidad, porque no se hace cargo de las dificultades que afectan a sus miembros, y a algunos de ellos de manera muy especial. Lo que se ha visto, más bien, es la voluntad hegemónica de algunos Estados de dictar las reglas al resto. Exactamente como sucedió con Grecia, sólo que esta vez el hecho ha sido menos cruento. Observo, además, que han sido precisamente los europeístas, los que siempre llevan en el pecho la medalla de honor y, satisfechos de sí mismos, se dan palmadas en los hombros, quienes han roto el juguete. En el mejor de los casos han transformado la Unión en un banco, en una aseguradora, un instituito que concede préstamos… y que cada cual se ahogue cuando le toque devolver el suyo. Al no haber puesto nunca en riesgo su identidad y su destino, Europa, ante esta primera prueba seria y dramática, se ha hundido. Un revoltijo de Estados que están juntos si es útil, pero que en la mayoría de los casos se desafían entre ellos: ayer, sobre el islam y la inmigración; hoy, sobre el coronavirus.
El problema, por tanto, es la identidad misma de Europa (antes incluso que la de la UE), su reconocerse o no civilización cristiana y, por tanto, su capacidad de alteridad respecto a la umma islámica o a las civilizaciones orientales. Pero, ¿sigue siendo Europa (antes incluso que la UE) una civilización cristiana? A la Europa actual, al menos en la autoconciencia que de ella tiene la cultura prevalente, ¿no se la considera precisamente como una emancipación del cristianismo, una liberación de la identidad histórica cristiana en aras de un universalismo tendencialmente “ahistórico”, apátrida y “arreligioso”?
Europa ya no es cristiana, o lo es cada vez menos; no piensa que ha sido bautizada también por el cristianismo, y considera que la religión cristiana impide el progreso. Dice que cree en los “derechos”, pero, en primer lugar, no sabe explicarse a sí misma de dónde viene y, en segundo lugar, cuando se da cuenta de que algunos derechos no son útiles o chochan con otros derechos, sencillamente los ignora. ¿El derecho a la vida? No vale para el aborto. ¿El derecho a la familia y a tener hijos? No vale para las parejas homosexuales. ¿El derecho a la dignidad? No vale para la eutanasia. Etcétera. Estamos en un supermercado, en el que cada un elige lo que le gusta, y mira la etiqueta de procedencia. Si por casualidad encuentra un producto que es “Made in Christendom”, lo descarta, pues no tiene el sello de garantía.
¿Considera correcto afirmar que la UE, más que una traición artificial de Europa, es más bien la expresión institucional coherente y extrema de Europa tal como ha sido pensada por la cultura post-cristiana? La crisis de la UE, ¿es en realidad la crisis de Europa como post-cristiandad?
Sí, es correcto. No hay un plan deliberado, más bien un desarrollo cuasi automático, inercial. A partir del siglo XVII y, sobre todo, del XVIII, la época de la Ilustración, Europa se enfrentó a la gran división entre el saber y la fe, la ciencia, la moral, la política y la religión. Este hecho, que la reforma protestante -en mi opinión- hizo más traumático, nunca se ha asimilado. En el mejor de los casos, saber y fe caminaron por dos vías paralelas, ignorándose; en el peor, se enfrentaron. “Post-cristiana” significa que nuestra cultura prescinde del cristianismo; incluso cuando no lo niega, sí que niega su función moral, política, cultural, además de salvífica. Esto es lo que dice el secularismo actual. Y dado que el secularismo es la cultura oficial de la Unión Europea, esta UE secularizada desconoce sus raíces.
Si la crisis es espiritual, la respuesta deberá estar a la altura. Por consiguiente, la muerte de la UE y la patología de Europa, ¿qué respuesta tienen que encontrar? ¿Debemos rendirnos ante un luto que es inevitable, o es razonable seguir trabajando para la civilización cristiana de Europa?
Si la crisis es espiritual, y lo es, entonces las instituciones no bastan para solucionarla. Se necesita una nueva cultura. Y aquí desearía repetir algo que he dicho muchas veces. El cristianismo no es sólo la fe en el Dios encarnado, crucificado y resucitado, sino que es también la cultura de la centralidad de la persona, en la que se revela su naturaleza de criatura. Es verdad que una cosa está unida a la otra, pero son distintas. Por tanto, si se hace esta distinción, es posible que incluso la persona laica, aquella que a nivel de fe no considera que pertenece a la ecclesia de Dios, se convierta en una aliada al afirmar el cristianismo en el ámbito de la cultura.
Esta pandemia ha visto también cómo se ha eclipsado la presencia pública de la Iglesia. Por primera vez en dos mil años se ha celebrado la Pascua sin el pueblo; desde hace dos meses está prohibido que los fieles vayan a misa; no se celebran matrimonios, primeras comuniones, bautismo y confirmaciones. Incluso los difuntos son enterrados sin exequias. Y todo en el más absoluto silencio… hemos renunciado a todo, incluso a los funerales por nuestros muertos, sin levantar la voz, sin una queja. ¿Cómo interpreta esta afonía de la Iglesia?
Con amargura. La interpreto como el efecto de la secularización de la Iglesia. Si esta mira sólo a su dimensión histórica, temporal, entonces cerrar una iglesia es como cerrar un teatro, reunirse en una iglesia es como juntarse en un cine, ir a misa es como participar en un mitin. Se pierde la dimensión espiritual, el Cuerpo de Cristo. Los fieles saben que en misa, en un bautismo o en un funeral hay un riesgo de contagio, pero también saben cómo calcularlo, reducirlo o evitarlo. Si por su “bien” confían al Estado las decisiones que atañen al ámbito eclesial, entonces el Estado reduce la Iglesia a su sola dimensión institucional pública. Y la Iglesia se adapta a esta representación. Para mí, todo este silencio ha sido causa de asombro; pero también de amargura al ver la diligencia con la que se han apoyado las medidas de seguridad y precaución fijadas por el gobierno. Por desgracia, el ejemplo ha venido desde arriba. El presidente Conte debe haberse quedado estupefacto: creía que estaba autorizado a tratar a la Iglesia como cualquier otro organismo secular y, después, ha visto cómo le han contradicho y criticado con dureza. “Pero, ¿¡cómo!? -me imagino que habrá dicho a sus altos referentes en el Vaticano-, ¿no estábamos de acuerdo?”. Efectivamente, lo estaban, pero después los referentes, empujados por los creyentes, han enmendado el error. O eso espero.
La teología de la historia está inscrita en la Divina Revelación, tanto veterotestamentaria como neotestamentaria. Basta pensar en el poderoso fresco universal que constituye, en el Apocalipsis de Juan, la mirada de Dios sobre la historia del mundo, entendida de manera nueva en el resultado escatológico. Ante la disgregación del Imperio romano, la Iglesia responde con el De civitate Dei de san Agustín. Y después, a lo largo de los siglos, la historia y la metahistoria, el tiempo y el escatón constituyeron una dialéctica feliz para una lectura de los acontecimientos a la luz de la Revelación. Hoy, la Iglesia y sus pastores demuestran sentir casi vergüenza en interpretar lo que nos está sucediendo con una visión que transcienda el orden intramundano, iluminando los acontecimientos a la luz de la Divina Revelación, llevando la hermenéutica de los hechos al terreno teológico. Al actuar así, es decir, autocensurándose en la función teófora de hacer presente en el mundo a Dios y su mirada sobre las cosas, su voz, ¿no se está tal vez condenando la Iglesia a la inutilidad? ¿No sería precisamente esta la contribución específica de la Iglesia al bien común, a saber: manifestar a Dios en el mundo?
Temo que ha sucedido algo irreparable en poco tiempo. La Iglesia ha salido al encuentro de la modernidad, ha coqueteado con el espíritu de los tiempos y se ha representado a sí misma como moderna. Es un hecho traumático porque significa pasar de la dimensión de la salvación, la escatología, a la de la libertad, la ideología. Una Iglesia ideologizada, que se ocupa de justicia social, de derechos del hombre, de progreso civil, ¿qué más tiene que decir? Se transforma en una voz secular entre otras voces seculares. Y camina a remolque del secularismo. El ejemplo más emblemático es la ecología: salvar el planeta o, tal vez, la Amazonia, no es igual que salvar el alma. E intentar salvar el planeta insistiendo acerca de la bondad intrínseca de la naturaleza, o sobre el equilibrio trastornado por el hombre, equivale a profesar una ideología que, además, es falsa desde un punto de vista cristiano: en la teología cristiana no sólo el hombre, sino también la tierra está caída, ya no es el Edén, ya no da sólo buenos frutos, sino que también suministra venenos, como el coronavirus. La tierra caída es, a la vez, amiga y enemiga del hombre. Hacer de ella una mito como si fuera una madre buena que nutre a sus hijos es una forma de paganismo.
La crisis más dura, lo hemos dicho, será la socioeconómica, con las inevitables recaídas político-institucionales. Pero también en este ámbito la verdadera cuestión es, ante todo, cultural, espiritual e ideológica: la idea de hombre y de sociedad, de res publica y de derecho, de trabajo y de relaciones sociales. Hemos visto, por ejemplo, que se ha abierto camino una admiración (y, también, una cierta emulación, por lo menos en intención) por el modelo chino. Un totalitarismo que utiliza las nuevas tecnologías (y la inteligencia artificial en primer lugar) para controlar totalmente a la población, y para llevar a cabo una gestión centralizada y estatal de la vida social y económica. ¿No es inquietante todo esto? ¿Cómo debemos interpretar esta convergencia entre un cierto progresismo radical occidental (por desgracia, también católico) y el socialismo chino?
Sí, el fenómeno es inquietante. China, gracias a una combinación de poder tecnológico y dictadura política, está lanzada a conquistar el mundo, seguramente a alcanzar también la hegemonía sobre América. Me temo que esta historia acabe mal, porque acabará en una guerra que implicará también a Europa, aunque esta al inicio preferirá interpretar el papel de espectador neutral. Sin embargo, dejando de lado el temor a una guerra, me parece que se está cometiendo un grave error político en la actitud, sobre todo italiana, hacia China. Se confunde una relación amigable con una alianza. No se puede decir que, como Trump no me gusta o no me ayuda como yo desearía, entonces cambio mi postura geopolítica. El mundo occidental es una civilización; China es otra. A no ser que se haga una elección ideológica partidista -el comunismo contra la democracia-, no se puede tratar a América como un sujeto fungible. También nosotros somos América.
También hemos visto, sobre todo en Italia, una tendencia de la política a abdicar de sus responsabilidades y dejar las decisiones en manos de los llamados expertos, en este caso los virólogos. Un desbordamiento mediático, pero también directivo y de toma de decisiones, de técnicos en nombre de “la ciencia” sobre la autoridad política (y el Parlamento en primer lugar). Hemos llegado también a la creación de organismos técnico-gubernamentales para el control de la información (con el pretexto de las fake news), siempre en nombre “de la ciencia”. ¿Cómo es posible esta vuelta hacia atrás de la cultura política italiana? ¿Cómo es posible una idea de ciencia tan burda?
En lo que respecta a los expertos, sería menos severo. Cuando realmente son expertos y se necesita su opinión son útiles, siempre que se sepa como preguntarles; es decir, no hay que preguntarles: “Y ustedes, ¿qué piensan?”, como tampoco hay que dejarles la última palabra, la decisiva, que le compete a quien ejerce la responsabilidad política. No estoy seguro de que este haya sido siempre el modo de actuar de los expertos del presidente Conte. Su último decreto parece el juego del escondite. Peor es el organismo contra las fake news. Un instituto de control contra las fake news gestionado por el gobierno genera, él mismo, fake news. Y tiene una filosofía entre absolutista y paternalista: es el gobierno, no la opinión pública, quien decide qué es la verdad y se la proporciona al pueblo, que no sabría descubrirla por sí mismo. A menudo me pregunto qué cultura tiene Conte, puesto que veo poco del liberal en él.
Para reconstruir Italia y Europa después de esta crisis extraordinaria se deberá pensar primero en qué y cómo se quiere reconstruir. ¿El riesgo es el de encontrarnos todos en una Europa de tipo chino? Tal vez no con un partido único en el poder, pero con una presencia hipertrófica del Estado en la vida socioeconómica, con un control tecnológico sobre los ciudadanos (desplazamientos, operaciones bancarias, adquisiciones, control de las opiniones expresadas en la web), con limitación de las libertades y la realización de ese Estado-Providencia tan querido por la antigua socialdemocracia, pero que siempre ha sido condenado por el Magisterio social.
Ese es el Estado de Orwell. Debemos conjurarlo. Sin embargo, no me parece que sea algo positivo que la mayoría de los italianos, sin ni siquiera saber lo que es realmente, sea favorable a la app que los localiza y los avisa. Parece que están dispuestos a sacrificar mucho por miedo a los riesgos de la salud y la seguridad. Es el clima adecuado para deslizarse hacia el Estado absolutista o totalitario.
La contribución de la Doctrina social de la Iglesia va, sin embargo, en dirección opuesta: naturaleza espiritual de la persona humana (y, por ende, libre y racional), carácter orgánico de la vida asociada del hombre (familia, cuerpos intermedios, comunidad política), actividad económica vinculada a la libre iniciativa empresarial, prestaciones sociales vinculadas a la socialidad libre de los cuerpos intermedios, educación como deber/derecho de los padres, concepción subsidiaria del Estado, reconocimiento de un orden jurídico natural vinculante también para el Estado, valor espiritual del trabajo humano, propiedad privada como derecho natural, papel público de la religión, etc. ¿Qué se opone a una reconstrucción de Italia y de Europa según los principios de la Doctrina social de la Iglesia? ¿Qué fuerzas podrían beneficiarse de la Doctrina social de la Iglesia gracias a su acción político-cultural?
Mire, al final soy y sigo siendo un laico, no me haga fundar el Estado en una doctrina concreta, especialmente si es una tan detallada como la Doctrina social de la Iglesia. El cristianismo es importante en mi vida por algunos principios de salvación. Y creo que lo empobrecería si lo redujera a una serie de fórmulas políticas que, sin embargo, aprecio en su gran mayoría. Es por esto por lo que disiento de la Iglesia sobre las cuestiones relacionadas con los derechos fundamentales del hombre: toda esa masa de derechos que hoy tenemos no puede estar basada sólo en el Evangelio, a menudo es política contingente. ¡Piense en el derecho a la democracia! He leído que hay teólogos que sostienen que puede existir una doctrina moral de la Iglesia, pero dudo que exista una doctrina política. En lo que respecta a este tema, soy deudor de mi antiguo y estimado Agustín, que desconfiaba y era incluso hostil a la idea de una función pedagógica y, más aún, salvífica, de la política. Un mismo principio cristiano en épocas distintas puede tener objetivos distintos. Es mejor no hacer casuística.
¡Gracias!

(Entrevista realizada por Samuele Cecotti)