LA DIVINA ELECCIÓN DE LA NAVIDAD. La felicitación de nuestro Observatorio

Queridísimos…

La inminencia de la Santa Navidad nos sitúa ante el misterio de la Encarnación del Verbo Eterno en el seno de la Santísima Virgen María.

El Hijo del Padre asume una naturaleza humana en la unidad de su Persona Divina y se hace hijo de María.

Ese Niño que adoramos en la gruta de Belén es el Logos Eterno en el que todo ha sido creado; la Divina Sabiduría tiene, así, cuerpo y alma humanos.

Esta verdad tan grande, tan extraordinaria hasta el punto de dejarnos sin palabras, es el corazón dogmático de la Navidad y, también, la roca verdadera en la que se apoya la Doctrina social de la Iglesia. En Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios, se funda el derecho natural que, en el Logos Creador, tiene su razón última y en el que también se revela la misericordia de Dios para los hombres y la presencia personal de Dios en el mundo.

Al encarnarse, Dios declara la atención y el cuidado que presta al hombre en la totalidad de su alma y su cuerpo, de tal modo que a los ojos del cristiano ningún ámbito de la vida queda sustraído a Cristo.

La Divina Elección de nacer en una familia constituida por el matrimonio de José y María imprime a la realidad natural de la familia y el matrimonio el sello de la inmutabilidad divina. La Segunda Persona de la Santísima Trinidad nace en un pueblo (el de Israel), en una tribu (la de Judea), en una casa (la real de David), dentro de una tradición patria, con una genealogía. El Hijo de Dios no es un apátrida, no es un desarraigado, no tiene una identidad líquida. Como hombre, tiene una identidad étnica, religiosa y familiar concreta.

He aquí que la familia, la patria, el derecho natural, la unidad de la persona humana y de la vida social del hombre, en la llamada a una conformidad total a la ley de Dios, habitan en el misterio de la Santa Navidad.

En este 2020 tan difícil, que la luz del Niño que nace nos ilumine a todos y nos dé la fuerza de testimoniar públicamente esa Verdad Eterna que cada hombre, cada familia, cada cuerpo social y cada Estado debería reconocer como su propia Ley y su propio Rey. Que el Señor nos conceda la gracia de ser “hombres de buena voluntad” a los que les es prometida la paz: “Glória in excélsis Deo et in terra pax homínibus bonæ voluntátis”.

A todos, mis mejores deseos de una Santa y serena Navidad y de un Feliz Año Nuevo.

Don Samuele Cecotti

Vicepresidente del Observatorio

 

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