La luz brilla en las tinieblas. Cardenal Van Thuan: historia de una esperanza

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Publisher: Ediciones Palabra
Pages: 268
Price: €17,50

Esta biografía escrita por el periodista español Miguel Angel Velasco, especializado en información religiosa y hagiografía contemporánea, colma a su manera un vacío editorial: a pesar de las investigaciones de los últimos años no existen, al día de hoy, biografías razonadas sobre la vida y el magisterio del cardenal Van Thuȃn, especialmente en lo que atañe a la última parte de su vida, a la difusión de la fama de santidad y al inicio de la causa de beatificación. Lo que se sabe del gran cardenal entre el gran público es fruto, en general, de historias anecdóticas y relativamente breves, como si su vida se redujera a un único episodio -por muy significativo que sea- de sus años de cárcel, o a un coloquio con Juan Pablo II, o a una cita explícita de Benedicto XVI. En realidad, el cardenal Van Thuȃn ha vivido, por así decir, varias vidas: la primera, que inicia con la vocación, muy temprana, y llega hasta el seminario y la ordenación sacerdotal en Vietnam; la segunda, que incluye los años como obispo junto a una larguísima detención en la cárcel sin proceso (13 años); y, por último, la tercera que coincide con su liberación, la expulsión de su amado país, la llegada a Roma y al servicio universal a la Iglesia en calidad de presidente del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz, la enfermedad, la púrpura cardenalicia y la muerte. En este periodo de tiempo, 78 años, el mundo cambió extraordinariamente: el comienzo de su vida coincide con una época llena de totalitarismos; después llegaría la Segunda Guerra Mundial y, posteriormente, el proceso de descolonización que afectó también de una manera determinante a su país de nacimiento; al cabo de los años llegó el 1989 con la caída de la URSS -pero no del régimen vietnamita- y, por último, el inicio de la denominada globalización mundial. También en la Iglesia ha habido cambios significativos si se toma en consideración el periodo que va desde Pío XII a Juan Pablo II; en medio, el vigésimo primero Concilio Ecuménico de la Cristiandad. Por lo tanto, si se intenta enmarcar la parábola biográfica del cardenal Van Thuȃn en este escenario bastante estructurado se inicia, quizás, a ver lo complejo que es llevar a cabo un trabajo minucioso sobre una figura histórica que ha vivido, de una manera u otra, en contacto con todos estos acontecimientos. La clave de lectura elegida por el autor -recordando las recientes reflexiones del Papa Francisco sobre el martirologio olvidado de nuestros tiempos- es precisamente la del “mártir” y del “martirio”: y si etimológicamente “mártir”, del griego, quiere decir “testimonio”, entonces el cardenal, maestro y profeta de esperanza en la oscuridad de las estructuras de pecado humanas, debe ser incluido sin duda alguna en la categoría de los testimonios más altos del Cristianismo del siglo XX. Así se explica la cita del prólogo del Evangelio de San Juan elegida por Velasco como título de la obra (cfr. Jn 1, 5), que propone la luz de Cristo victoriosa sobre las tinieblas del mundo y sus príncipes, en base también -el escritor español lo dice claramente al principio- a las impresiones recogidas por haber conocido personalmente al cardenal Van Thuȃn, una verdadera, e imprevista, “gracia”(pág. 17) en su vida.

Sin embargo, este hecho no le hace abandonar el papel de investigador, por lo que en la reconstrucción minuciosa de la vida del cardenal se citan prácticamente todos los documentos -periodísticos y otros más especializados- publicados en mérito, incluidos los de nuestro Observatorio (cfr. páginas 95, 96 y 97). Por consiguiente, el cardenal es descrito con la ayuda de otros testigos que le conocieron personalmente, como un “Evangelio vivo(pág. 68), al igual que San Juan Pablo II y Santa Teresa de Calcuta, los santos más seguidos y amados hoy en día, indudablemente, por los jóvenes. El motivo es que, precisamente como ellos, quien se acerca a la figura carismática de este indómito pastor vietnamita, siempre con la sonrisa en los labios, sencillo y sabio, no puede no enamorarse de él al instante al captar de inmediato la intrínseca coherencia entre sus escritos y su vida, sus predicaciones y sus obras: una cualidad que, sobre todo hoy, los jóvenes y en general “los alejados” de la fe miran enseguida como característica-primera de credibilidad personal. Viene a la mente la célebre observación de Pablo VI cuando dijo que hoy el mundo no tiene necesidad de maestros, sino de testigos porque, también cuando sigue a los maestros, lo hace en la medida en que estos se revelan testigos convincentes de lo que afirman. Es inútil añadir que “la madera” del cardenal Van Thuȃn era precisamente ésta: como emerge precisamente por las declaraciones en el proceso de beatificación, “santo” y “santidad” son las palabras más a menudo utilizadas para describir la identidad última y más genuina de este pastor humilde enamorado de Jesucristo.

En la biografía del autor no falta, de todas formas, la referencia detallada a la dimensión espiritual de su vida sacerdotal, basada principalmente en el primado de la Eucaristía diaria, celebrada también en la cárcel, la oración continua y la devoción mariana: un fe esencial y concreta, muy lejana tanto de la intelectualidad sofisticada como de la búsqueda de milagros sensacionalistas y sorprendentes (cfr. pág. 70). No es casualidad que hoy, sobre todo con sus meditaciones desde la cárcel -pero no sólo-, el “legado” más estudiado de la teología del cardenal Van Thuȃn sea precisamente “la cristianización del momento presente”, es decir, la santificación de la jornada hora tras hora, momento tras momento, dado que es la vocación natural que Dios quiere que todo bautizado viva normalmente, puesto que el pasado no se puede cambiar y el futuro no lo conoce nadie. Y si alguien objetara que, desde luego, no se necesitaba al cardenal Van Thuȃn para descubrir una verdad evangélica de este tipo, sería demasiado fácil responder que hasta ahora precisamente no se han visto otros testimonios en este sentido y que estén a la misma altura, porque una cosa es saber lo que hay que hacer, la otra es hacerlo realmente. Como dijo una vez un predicador: también el demonio en persona conoce la Sagrada Escritura; es más, la conoce a la perfección, tan a la perfección que la cita ante el Hijo de Dios en las célebres tentaciones, sólo que no la sigue, sino que la manipula y hace lo contrario. Viceversa, nuestro cardenal centró su vida precisamente en la imitación del Evangelio sine glossa, que definía “superior a todas las Constituciones” (pág. 75) del mundo -hablando claro- y cuya Magna Carta se encontraba en el Discurso de la Montaña sobre las Bienaventuranzas (cfr. Lc 6, 20-23). No nos detendremos aquí sobre la educación cívico-política del laicado teorizada y actuada por el cardenal Van Thuȃn en los años de su episcopado -reflexiones en mérito se pueden encontrar en otros documentos de este Observatorio-, sino más bien sobre su convicción que la crisis principal que afectaba a la modernidad no era tanto de orden económico o político como espiritual: “¡Hay pocos santos!” (pág. 169), solía repetir públicamente en los últimos años. La verdadera crisis de la humanidad contemporanea sería, en resumen, una crisis de santidad, lo que equivaldría a una crisis social de las virtudes cristianas y por lo tanto, literalmente, una crisis de fe y de la práctica misma del Cristianismo. Era éste, después de todo, el mismo mensaje del Concilio que, al inaugurar una nueva estación misionera de la Iglesia después del neo-paganismo y el materialismo de masa de los grandes totalitarismos, había establecido también los instrumentos sobre como llevarla a cabo. Desde este punto de vista, y contrariamente a cuanto sucedió en otras partes, se  observa una consonancia extraordinaria entre el episcopado polaco -después pontificado- de Juan Pablo II y el del cardenal Van Thuan: ambos vivieron los años del Concilio en primera persona; es más, Wojtyla incluso formó parte de él, y ambos estaban convencido de que más allá de los distintos estados de consagración, la meta última para todos -laicos, religiosos y pastores- era precisamente la santidad, nada menos que la práctica excelsa de las virtudes cristianas. Y éste era el motivo por el cual ambos se lamentaban de que el Concilio siguiera sin ser actuado por muchos cristianos: no porque faltaran las notas a pié de página en este o aquel documento, sino porque el impulso apostólico y la conciencia de la grandeza de la tarea a la que se estaba llamado seguían estando ausentes en muchas, demasiadas comunidades, como si la evangelización del mundo entero fuera responsabilidad de una o dos personas. Del mismo modo, sin ser en absoluto un intelectual, el cardenal Van Thuȃn hizo siempre todo lo posible en Vietnam para transmitir totalmente el magisterio social de la Iglesia a partir de las encíclicas más conocidas (Rerum Novarum, Quadragesimo Anno, Divini Redemptoris), difundiéndolas personalmente, explicándolas y comentándolas y contribuyendo, de este modo, a desarrollar una conciencia de la enseñanza de la Iglesia que, más tarde, daría sus frutos a nivel local (cfr. pág. 186). En resumen, el texto de Velasco proporcionará, sobre todo a los apasionados y devotos de lengua española del cardenal, que son ya muchos, ulteriores ocasiones de reflexión para comprender aún mejor el carisma y la espiritualidad de este extraordinario testigo de esperanza de nuestro tiempo, con el deseo -el autor no lo esconde en absoluto, y sinceramente, tampoco nosotros- que el día que su nombre aparezca en el calendario litúrgico de la Iglesia universal para honrar su memoria y pedir su intercesión no tarde ya mucho en llegar.

 

Omar Ebrahime

 

M. A. VELASCO, La luz brilla en las tinieblas. Cardenal Van Thuȃn: historia de una esperanza, Ediciones Palabra, Madrid, Págs. 268, Euros 17,50.