La misa de rito antiguo es buena para la Doctrina social. Por Stefano Fontana

El Summorum pontificum había dado esperanza a muchas personas comprometidas con la Doctrina social de la Iglesia y que han seguido participando en la misa de Pablo VI. La Doctrina social de la Iglesia no es ajena a la liturgia. La centralidad de Dios, incluido su reinado social, resulta más evidente en la forma extraordinaria del rito romano que en el Novus Ordo. Sin embargo, el último motu proprio de Francisco busca una “nueva” Doctrina social de la Iglesia, en la que lo divino retrocede y desaparece el primado de la Iglesia sobre el mundo.

El motu proprio Traditionis custodes de Francisco tiene muchos aspectos que hay que considerar desacertados. Algunos de ellos son ya visibles; otros, los veremos en el futuro. Mientras tanto, tal vez sea oportuno señalar uno que atañe a la Doctrina social de la Iglesia.

Cuando el papa Benedicto XVI publicó en 2007 el motu proprio Summorum pontificum, que confirmaba el rito antiguo de la Santa Misa como expresión extraordinaria de la única lex orandi de la Iglesia romana, muchas personas comprometidas en la Doctrina social de la Iglesia se alegraron. Pero atención: muchos de ellos mantuvieron la intención de seguir participando en la celebración de la misa según el Novus Ordo incluso después de la publicación de Summorum pontificum. La fidelidad a la misa de Pablo VI no les impedía sentir gratitud hacia Benedicto XVI por este paso. De hecho, eran conscientes de que la Doctrina social de la Iglesia no es ajena a la liturgia, dado que nada en la vida de la Iglesia y del cristiano es ajeno a la liturgia. Este es el sentido del lema Lex orandi-lex credendi.

La actitud apenas descrita exige una explicación. ¿Por qué muchos católicos comprometidos en la Doctrina social de la Iglesia habían acogido con esperanza la apertura de Benedicto XVI al rito antiguo? ¿Qué vínculo veían entre este paso y la promoción de la Doctrina social de la Iglesia?

La Doctrina social de la Iglesia tiene una relación muy estrecha con la tradición; de hecho, pertenece a la tradición de la Iglesia, dado que no nació en 1891 con la Rerum novarum, sino que lo hizo con el Evangelio. Juan Pablo II aclaró esta relación en sus encíclicas y, sobre todo, en Laborem exercens, de 1981. Si la Doctrina social de la Iglesia hubiera perdido este nexo íntimo con la tradición, habría perdido su naturaleza de anuncio de Cristo en las realidades temporales y asumido el rostro de un nuevo y generalizado humanismo solidario. En otras palabras, habría emprendido el camino hacia su desaparición.

En la Iglesia, junto a los pontífices cuya intención era mantener la Doctrina social de la Iglesia dentro de la tradición -sobre todo Juan Pablo II y Benedicto XVI-, había otras fuerzas que querían su desaparición, transformándola en ética social y en promoción de lo humano como humano. Según la primera versión -la tradicional- la Iglesia tenía una última palabra sobre la vida política, que solo ella podía decir y sin la cual la vida política no podía sostenerse. De ahí que su función pública fuera religiosa y no solo ética y humanista. Para la segunda versión, en cambio, la Iglesia no podía interesarse por la dimensión política de la vida comunitaria sin descender al nivel de la fraternidad y la solidaridad ética, dejando de lado la dimensión religiosa.

Se entiende entonces que los comprometidos con la línea tradicional de la Doctrina Social de la Iglesia vieran con interés Summorum pontificum. En la liturgia del Vetus Ordo la centralidad de Dios Todopoderoso y su señorío sobre la creación, incluido su reinado social, eran más evidentes que en el Novus Ordo. En el Novus Ordo, no solo por los abusos y falsificaciones que hubo, la dimensión antropológica emerge de manera particular y la relación entre la Iglesia y el mundo aparece más bien como igualitaria, en lugar de caracterizarse por la primacía de la Iglesia sobre el mundo. Lo humano se convierte en el criterio de lo divino. El papel público de la Iglesia se entiende como una ayuda al mundo para que sea mundo más que como una salvación, y el papel de la Iglesia en las relaciones sociales adquiere más la característica de la caridad, descuidando a veces la verdad.

Simplificando con un ejemplo, se puede decir que un partidario del “cambio antropológico” de la teología, inaugurado por Karl Rahner, también puede leer la misa de Pablo VI como una aplicación de dicho cambio y, por ende, conforme a él. Ciertamente,  no diría lo mismo sobre la misa de rito antiguo. Entre ambas se encuentra el personalismo cristiano, si no el verdadero cambio antropológico.

Creo que así se explica la simpatía de cierto mundo católico comprometido con la Doctrina social de la Iglesia por el Summorum pontificum de Benedicto XVI, y su decepción por el nuevo motu proprio de Francisco. Al tiempo que afirma querer custodiar la tradición, este último da paso a los que desde hace tiempo quieren introducir la Doctrina social de la Iglesia en una “nueva tradición” caracterizada por la disminución de lo divino y el aumento de lo humano.

Stefano Fontana