Trump, el anarquista de la democracia que ha bloqueado el sistema. Por Stefano Fontana

epa08926600 (FILE) - US President Donald J. Trump participates in an election eve campaign rally on behalf of Republican Georgia Senators Kelly Loeffler and David Perdue at Dalton Regional Airport in Dalton, Georgia, USA, 04 January 2021 (reissued 08 January 2021). US President Donald Trump on 08 January 2021 tweeted 'To all those who have asked, I will not be going to the inauguration on 20 January'. EPA/ERIK S. LESSER

Frente a Trump, el sistema de poder americano ha cerrado filas y ha desterrado de la democracia americana al presidente combatiente, como si ese sistema de poder fuera la democracia americana, cuando en realidad es sólo un sistema de poder. El sistema está hecho de muchas piezas, y junto a los medios de comunicación impone falsedades masivas, con la cultura impone nuevos derechos que no son tales, junto con la policía y el sistema legal calumnia y censura gravemente a los que no se alinean con esos nuevos derechos, coloca a sus propios exponentes de referencia en posiciones clave -como la Corte Suprema de los Estados Unidos- para jugar en el mismo bando, implementa una red de vigilancia de los ciudadanos aunque la sociedad moderna sea líquida, inventa nuevos dogmas falsamente democráticos y condena por herejía a los que no los cumplan, liquida a sus adversarios por el color de su corbata o su peinado, pretende ser pacifista pero en cambio es belicoso, pretende ser patriótico pero en cambio trata bajo la mesa con sus enemigos. El sistema es un sistema, una red que, como diría Gramsci, “piensa con mil cerebros”, al unísono y, cuando llega el momento, todo encaja en la convergencia y el enemigo es aplastado.

Trump en un cierto momento se ha salido del camino marcado y ha contradicho el sistema que en América es principalmente liberal, pero que también involucra a la contraparte republicana. Ha sido un anarquista de la democracia americana, un desviado, un hereje, un rebelde, un resistente. Se ha atrevido a meter las manos en la Corte Suprema, se ha atrevido a condenar el aborto y a cortar la financiación de Planned Parenthood, se ha atrevido a retirarse de muchos organismos de la ONU, se ha atrevido a distanciarse de los acuerdos de París y a condenar el ambientalismo ideológico al estilo de Al Gore, se ha atrevido a criticar a China y a pensar en un acuerdo comercial que no dependiera de ella, se ha atrevido a volver a nombrar a Dios en público, se ha atrevido a decir que la globalización que mata a las naciones es una nueva camisa de fuerza, se ha atrevido a demoler todos los lugares comunes que los medios de comunicación difunden diariamente como un nuevo evangelio, y finalmente se ha atrevido a negarse a utilizar el Coronavirus como una oportunidad para un nuevo control social y limitación de la libertad.

Contra todo esto el sistema se ha bloqueado, se ha cerrado como los dedos de una mano aplastando una patata. Nancy Pelosi ya había anunciado antes de las elecciones que Biden ganaría en cualquier caso. Para lograr su objetivo esta vez, el sistema también ha utilizado las armas del fraude y la malversación, presa de la ansiedad ante el enorme valor de la disputa en cuestión. Posteriormente ha utilizado los eventos en el Capitolio para denunciar una sedición inexistente y pintar los cuatro años de mandato de Trump como una interrupción de la democracia que los americanos estaban finalmente recuperando gracias a Biden. Más bien ha sido lo contrario: en los cuatro años de Trump la democracia había respirado… quizá demasiado para el sistema.

Hoy todo el mundo habla de la crisis de la democracia americana. El sistema ha recuperado el palacio, pero queda una América despreciada, sumariamente etiquetada como populista y nacionalista, retrógrada y vociferante, que se siente (democráticamente) excluida. Es la América de los “descartados” de los que tal vez el Papa Francisco -el Papa de los “descartados”- no se preocupará, dada la oferta expresa de colaboración hecha al Presidente Biden y, por lo tanto, al sistema.

Frente a esta división del país, lo más importante es entender que la crisis de la democracia americana es el resultado de una cierta forma de entender la democracia en sí misma. La democracia tiende naturalmente a crear un sistema oligárquico, y de hecho todas las democracias occidentales son sólo eso, especialmente en el actual bloqueo del sistema. Esto sucede porque se refiere a una libertad original considerada como absoluta, por lo tanto no relacionada, por lo tanto comprable. Si la libertad se basa en principios no negociables no puede ser comprada. Si se basa sólo en sí misma puede ser comprada en el mercado político. El sistema ya ha implementado una amplia gama de estrategias para comprar esa libertad, estrategias que pasan por el respeto formal a la democracia. Cuando Juan Pablo II y Benedicto XVI hablaron de la democracia como un posible sistema totalitario se referían a esto. El cierre en forma de pinza del sistema de la democracia americana muestra que ya no era democracia porque tenía como presuposición una idea de libertad como algo comprable.

Por otro lado, ¿qué ha hecho Trump que sea importante en los últimos cuatro años, aunque lo haya hecho con sus particulares corbatas y su pelo amarillento al estilo del dueño de un concesionario? Ha presentado argumentos que fundamentan la libertad en sí misma y, por lo tanto, la hacen incomprensible para el sistema: la vida, Dios, la nación como comunidad natural, la fe, la ley natural. Estas son las armas con las que buscó combatir el sistema y revitalizar la democracia. Era un rebelde. Veremos si era un caso aislado o no.

Stefano Fontana

(brujulacotidiana.com)